Los muertos no llaman CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

LA COPIA ORIGINAL

La iglesia estaba en Carabanchel, en una calle estrecha entre una frutería y un taller de motos.

San Gabriel Arcángel no aparecía en ninguna guía turística. Era un edificio de ladrillo de los años sesenta, con vidrieras sencillas y una cruz metálica que parecía haber sobrevivido a varias modas arquitectónicas por pura obstinación.

Llegamos poco antes de las tres de la madrugada.

Un sacerdote anciano nos esperaba en una puerta lateral.

—Clara —dijo.

—Padre Tomás.

No preguntó por qué una mujer oficialmente muerta desde 2009 aparecía acompañada de una inspectora y un detective con sangre seca en la manga.

Eso me hizo respetarlo.

—Álvaro dijo que quizá vendrías algún día —comentó mientras nos guiaba por un pasillo.

—¿Conoció a Álvaro? —pregunté.

El sacerdote me miró.

—Más de lo que a él le habría gustado admitir.

—Últimamente todo el mundo parece conocerlo más que yo.

—Los muertos se vuelven muy sociables cuando empezamos a preguntar por ellos.

Tampoco estaba mal para un cura.

Bajamos a una pequeña cripta usada como almacén. Había sillas plegables, figuras de belén, cajas de velas y un armario de madera.

Clara retiró una placa interior.

Detrás había una caja metálica.

—¿Cuánto tiempo lleva ahí? —preguntó Lucía.

—Desde 2010.

—¿Y nadie la encontró?

Padre Tomás se encogió de hombros.

—La gente busca dinero en bancos, no en parroquias.

Clara abrió la caja.

Dentro había dos discos ópticos, una memoria USB, varias fotografías y un sobre sellado.

Lucía se puso guantes.

—No tocamos nada hasta documentarlo.

—No tenemos tiempo —dijo Clara.

—Precisamente por eso no vamos a arruinar diecisiete años de pruebas.

Llamó a una fiscal de confianza y a dos agentes de delitos económicos.

Yo miré el sobre.

En el frente ponía:

PARA MATEO. SOLO SI TODO FALLA.

Reconocí la letra.

Álvaro.

Sentí que el aire cambiaba.

—¿Eso estaba aquí desde el principio?

Clara asintió.

—Sí.

—¿Y ha esperado dieciséis años para dármelo?

—La instrucción era clara.

—Álvaro murió. Yo casi muero. Usted fingió su muerte. Julián, Tejada y Requena están muertos. ¿Qué parte no considera «todo»?

Clara sostuvo el sobre.

—No sabía si podía confiar en usted.

Me reí.

Fue una risa desagradable.

—Perfecto. Al menos es honesta.

Lucía intervino.

—Mateo.

—No. Tú no.

Se calló.

Me arrepentí inmediatamente, pero no lo suficiente para decirlo.

Los agentes llegaron veinte minutos después. Documentaron la caja, clonaron los dispositivos y etiquetaron cada elemento.

Uno de los discos contenía hojas de cálculo y copias de contratos. El segundo estaba cifrado.

—Este nunca pude abrirlo —dijo Clara—. Esteban decía que era «la llave del negocio».

—¿Valcárcel sabe que existe? —preguntó Lucía.

—Sí.

—¿Cómo?

—Porque lo vio la noche en que Álvaro sacó los archivos.

—Entonces sabrá si le damos una copia.

—Exacto.

—¿Contraseña?

—No la sé.

El teléfono de Clara vibró.

Todos nos quedamos quietos.

No era un móvil moderno. Era un aparato pequeño, sin aplicaciones, probablemente comprado con identidad falsa.

Un mensaje.

A-3. KM 38. ÁREA DE SERVICIO CERRADA. 06:00. CLARA SOLA. LA CAJA COMPLETA.

Lucía leyó.

—No vas sola.

—Si ve policía, Irene muere.

—Si vas sola, quizá muráis las dos.

Clara me miró.

—Valcárcel trabajó años diseñando operativos de seguridad. Sabe cómo piensa la policía.

—También sabemos cómo piensa él —dijo Lucía.

—No. Creen que quiere los archivos.

—¿Y qué quiere?

Clara señaló la caja.

—Saber dónde estaba la copia original.

—Ya lo sabe —dije.

Todos me miraron.

—La fotografía que nos envió desde Toledo demuestra que tenía vigilancia. Si nos ha seguido desde allí, ha visto entrar a Clara en esta iglesia.

Clara palideció.

—No necesariamente.

—Sí.

—¿Por qué no ha entrado?

—Porque no necesita hacerlo. El edificio está lleno de cámaras de la calle. Puede esperar a que saquemos la caja y luego atacarnos donde tenga ventaja.

Lucía fue hacia la puerta.

—Cerrad accesos. Revisad perímetro.

Su radio sonó antes de que pudiera terminar.

—Inspectora, tenemos novedad sobre Irene Salcedo.

Lucía activó el altavoz.

—Dime.

—La hemos localizado en una clínica privada de Aranjuez. Ingresó hace cinco horas con documentación a nombre de otra mujer. Sedada. El personal dice que dos hombres la dejaron afirmando que había sufrido una crisis nerviosa.

Clara se apoyó en la pared.

—¿Está viva?

—Sí. Estable. Tiene un golpe en la cabeza y marcas de sujeción.

Cerró los ojos.

Por primera vez desde que la conocía dejó de parecer alguien preparado para huir.

Pareció simplemente una hermana.

—Valcárcel nunca necesitó intercambiarla —dije.

Lucía asintió.

—Solo necesitaba obligarte a sacar la caja.

El teléfono de Clara vibró otra vez.

Una fotografía.

La puerta de la iglesia, tomada desde el otro lado de la calle.

Nosotros entrando.

Debajo, una palabra.

GRACIAS.

Padre Tomás hizo la señal de la cruz.

—Eso —dije— probablemente no ayude.

El cura me miró.

—A mí sí.

Lucía dio órdenes por radio.

Yo cogí el sobre de Álvaro.

—¿Puedo abrirlo ahora o seguimos esperando al apocalipsis?

Clara asintió.

—Ábralo.

Me aparté a un banco de la cripta.

Rompí el sello.

Dentro había tres páginas.

La letra era de Álvaro.

Y durante unos segundos no fui capaz de leer la primera línea.