Los muertos no llaman CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

LA CASA VACÍA

La urbanización estaba a veinte kilómetros de Toledo, una de esas cicatrices del boom inmobiliario donde las calles tenían nombre antes que vecinos.

Avenidas con farolas encendidas, parcelas vacías, chalets a medio terminar y rotondas que giraban alrededor de nada.

La ubicación nos llevó a una vivienda al final de una calle sin salida.

Lucía organizó apoyo a distancia. Dos vehículos sin distintivos quedaron en accesos distintos. Ella aparcó tres calles más arriba.

—Llevas micrófono —dijo mientras me colocaba un pequeño transmisor bajo la camisa.

—Esto parece una cita muy complicada.

—Si haces una broma más te dejo aquí.

—Eso también parece una cita.

Me dio un golpe en el pecho con dos dedos.

—No seas idiota.

—Demasiado tarde.

—Si ves a Valcárcel, te retiras. Si hay armas, te tiras al suelo. Si Clara intenta llevarte a otro sitio, no vas.

—¿Algo más?

—Sí. Por una vez, hazme caso.

La miré.

—Lo intentaré.

—Eso es lo más parecido a una promesa que voy a conseguir, ¿verdad?

—Probablemente.

Caminé hasta la casa.

La puerta estaba abierta.

Dentro no había muebles. Solo polvo, cables saliendo de las paredes y el eco de mis pasos.

—¿Clara?

Nada.

Subí a la primera planta.

Una figura apareció al final del pasillo.

Mujer.

Abrigo oscuro.

Cuarenta y muchos.

El mismo rostro de la fotografía de 2009, pero endurecido por diecisiete años que ningún documento reconocía.

Clara Salcedo.

—Señor Vela.

—Me alegra comprobar que está mejor de lo que dice su certificado de defunción.

—No tenemos mucho tiempo.

—Su hermana tiene menos.

Clara se acercó.

Tenía ojeras profundas y una pequeña cicatriz en la barbilla. No parecía una fugitiva de película. Parecía una mujer que había aprendido a sentarse siempre mirando la puerta.

—Valcárcel quiere la copia original —dije.

—Sí.

—¿Qué contiene?

—Todo.

—Eso no es una respuesta.

—Contabilidad, nombres, contratos, grabaciones. Pruebas de las operaciones de Esteban y de otras personas.

—¿Dónde está?

—Segura.

—Su hermana no.

Clara cerró los ojos.

—Irene sabía el riesgo.

—No diga eso. Es la clase de frase que usan quienes ponen en riesgo a otros.

Me sostuvo la mirada.

—Tiene derecho a estar enfadado.

—No he empezado.

—Álvaro…

—No use su nombre todavía.

—Fue él quien me pidió que confiara en usted si todo fallaba.

—Álvaro lleva dieciséis años muerto. Todo falló bastante.

Clara miró al suelo.

—No todo.

—¿Qué significa?

Un ruido afuera.

Motor.

Clara se tensó.

—¿Ha venido solo?

—Sí.

Ella me miró de una manera que dejó claro que no me creía.

—La policía está cerca.

—Le dije solo.

—Y yo llevo dieciséis años descubriendo que la gente que dice «solo» suele tener compañía.

—Lucía está aquí, ¿verdad?

Clara no respondió.

—¿Cómo sabe su nombre?

Otro ruido.

Esta vez una puerta de coche.

Por el auricular escuché la voz de Lucía.

—Mateo, tenemos movimiento al norte. Un vehículo sin matrícula delantera.

Clara vio mi expresión.

—Nos han seguido.

—O la han seguido a usted.

—No.

—La modestia es peligrosa.

Las luces de la planta baja se apagaron.

No había electricidad.

—Eso no es bueno —dije.

Clara sacó una pequeña pistola del bolso.

—Tampoco esto.

—¿Sabe usarla?

—He tenido tiempo para aprender cosas.

Se oyó un golpe abajo.

Luego pasos.

Me acerqué a la escalera.

—Lucía, entra.

No hubo respuesta.

El micrófono había muerto.

Clara me agarró del brazo.

—Hay una salida trasera.

—¿Cómo lo sabe?

—Elegí el sitio.

Bajamos por una escalera sin terminar hasta un garaje. Una puerta metálica daba a un patio trasero.

Al abrirla, dos focos nos deslumbraron.

—¡Al suelo! —gritó una voz.

Policía.

Lucía apareció detrás de un coche con el arma en alto.

—¡Clara, suelte el arma!

Clara la miró.

Y bajó la pistola.

—Lucía.

No era sorpresa.

Era reconocimiento.

Sentí un hueco en el estómago.

—Se conocen.

Ninguna respondió.

—¿Se conocen? —repetí.

Lucía guardó el arma lentamente.

—Mateo…

Clara la interrumpió.

—Fue ella quien condujo el coche la noche en que yo morí.

El patio pareció quedarse sin sonido.

Miré a Lucía.

—¿Es verdad?

—Sí.

Una palabra.

Dieciséis años.

Me alejé un paso.

—Tú sabías que estaba viva.

—Sí.

—Desde el principio.

—Sí.

—Cuando Julián murió y te pregunté quién era Clara, lo sabías.

Lucía bajó la vista.

—Sí.

—Cuando te pedí el expediente de Álvaro.

—Mateo…

—Cuando me viste perseguir a gente que quería matarme.

—No podía decírtelo.

—Claro que podías.

—Había una promesa.

—A un muerto.

—A Álvaro.

—No vuelvas a decirme que lo hacías por él.

Clara se acercó.

—No fue decisión de ella. Fue mía y de Álvaro.

—Qué tranquilizador. Dos personas decidieron qué podía saber yo sobre mi propia vida.

—Te estábamos protegiendo —dijo Lucía.

La miré.

—No vuelvas a decir eso.

Su expresión cambió.

Sabía por qué.

La frase llevaba años persiguiéndonos a todos.

«Por protegerte».

La forma más educada de admitir que alguien no confió en ti.

Una radio sonó.

Uno de los agentes se acercó.

—Inspectora, el vehículo se ha dado la vuelta. Lo hemos perdido en la carretera secundaria.

—¿Descripción?

—Furgoneta gris. Dos ocupantes.

Lucía asintió.

Clara miró hacia la carretera.

—Valcárcel sabe que estamos juntos.

—Lo sabía antes —dije.

—No. Sospechaba. Ahora lo sabe.

—Entonces deje de esconder cartas y explíqueme qué quiere.

Clara guardó el arma.

—La copia original.

—¿Y por qué no la destruye?

—Porque es lo único que me ha mantenido viva.

—No parece estar funcionando con Irene.

El golpe encontró su sitio.

Clara se quedó inmóvil.

Lucía me miró con reproche.

No me importó.

—¿Dónde está? —pregunté.

Clara tardó en responder.

—En una iglesia.

Parpadeé.

—¿Una iglesia?

—Álvaro decía que nadie registra bien los lugares donde espera sentirse culpable.

Pese a todo, casi sonreí.

—Eso sí suena a él.

Clara miró a Lucía.

—Tenemos que ir ahora.

—Primero Irene —dije.

—La copia es la única forma de recuperarla.

—¿Y si Valcárcel ya sabe dónde está?

Clara negó.

—No puede.

Un mensaje llegó a mi móvil.

Número desconocido.

Una fotografía.

Irene, sentada en una silla, los ojos cerrados, una venda en la muñeca.

Debajo, una frase.

AHORA YA SÉ QUE LA HABÉIS ENCONTRADO.

Clara palideció.

Lucía leyó el mensaje por encima de mi hombro.

—Nos han visto.

—Sí.

—¿Desde dónde?

Miré las casas vacías, las calles oscuras, los solares.

—Desde cualquier sitio.

Clara se acercó al teléfono.

—Tenemos que sacar la copia.

—Y cuando lo hagamos —dije—, Valcárcel sabrá exactamente dónde estaba.

Clara me miró.

Comprendió antes de que terminara.

—No quiere que se la llevemos.

—No.

—Quiere encontrar el escondite.

Asentí.

Valcárcel no estaba negociando.

Nos estaba pastoreando.