Los muertos no llaman CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

EL HOSPITAL

La policía llegó a la casa de Requena siete minutos después.

La ambulancia tardó nueve.

Ninguna de las dos cosas importó.

Requena estaba muerto.

Yo pasé la noche en una sala de interrogatorios explicando por qué estaba en su casa, por qué llevaba un arma, por qué había disparado hacia la calle y por qué el fallecido tenía mi huella ensangrentada en media camisa.

No mencioné todo lo que Requena me había dicho.

Mencioné suficiente.

Lucía entró a las tres y veinte de la mañana con dos cafés.

—Uno es para ti —dijo—. El otro también, si prometes no hablar durante cinco minutos.

—Acepto.

Bebí en silencio.

Ella se sentó enfrente.

Esperó exactamente dos minutos.

—No puedo aguantar cinco —dijo.

—Lo sabía.

—Balística preliminar: calibre nueve milímetros. Compatible con la bala de Tejada.

—¿Y Julián?

—También.

—Misma arma.

—Probablemente.

—Te encanta esa palabra.

—Es la diferencia entre investigar y escribir novelas.

—¿Cámaras?

—Un vehículo negro sale de la zona dos minutos después del disparo. Matrícula robada. Coincide en modelo con el Jaguar que vimos en Vicálvaro.

—Valcárcel.

—Probablemente.

—Otra vez.

Lucía bebió café.

—¿Qué te dijo Requena?

Se lo conté casi todo.

Los pagos.

Valcárcel en la nave de 2010.

Esteban como ordenante.

Álvaro como responsable de la falsa muerte de Clara.

No le conté dos cosas.

La primera: que Requena había dicho que Álvaro recibió ayuda.

La segunda: que sus últimas palabras fueron sobre la carta del 18 de junio.

No sabía por qué me guardé esos detalles.

Quizá porque la desconfianza, cuando lleva años instalada, aprende a alimentarse sola.

Lucía dejó el vaso sobre la mesa.

—Si es cierto, cambia el caso de Álvaro por completo.

—Ya estaba cambiado.

—No para un juez.

—No estoy pensando en un juez.

—Ese es otro de tus problemas.

La puerta se abrió. Un inspector joven asomó la cabeza.

—Romero, tenemos algo del Jaguar.

Salimos.

El coche de Valcárcel había aparecido abandonado en un aparcamiento de Las Rozas. Una patrulla lo encontró con las puertas cerradas y el motor frío.

Fuimos allí.

El interior olía a cuero y producto de limpieza.

En el maletero había una manta, bridas, dos matrículas falsas, guantes y una bolsa de deporte vacía.

En el asiento trasero, un pendiente de mujer.

Lo reconocí.

Irene llevaba uno igual cuando hablamos en Alcalá.

—Mierda.

Lucía siguió mi mirada.

—¿Lo conoces?

—Es de Irene Salcedo.

—¿Estás seguro?

—No al cien por cien.

—Eso me gusta. Estás aprendiendo.

Llamó a la unidad que vigilaba su domicilio.

La respuesta tardó menos de un minuto.

Irene no había ido a trabajar.

Su teléfono llevaba apagado desde la noche anterior.

En casa no respondía nadie.

Fuimos a Alcalá.

La puerta no estaba forzada. Dentro todo parecía normal hasta que llegamos a la cocina.

Una taza rota en el suelo.

Una silla caída.

Una pequeña mancha de sangre junto a la nevera.

Lucía se puso guantes.

—Secuestro.

—Valcárcel.

—Probablemente.

—Empiezo a odiar esa palabra.

En la mesa había un sobre con mi nombre.

MATEO VELA.

Lucía lo fotografió antes de abrirlo.

Dentro solo había una tarjeta.

TRAEME A CLARA.

Un número de teléfono debajo.

—No vas a llamar —dijo Lucía.

Ya estaba marcando.

Contestó al segundo tono.

—Señor Vela.

Reconocí la voz de Valcárcel. Era la primera vez que la escuchaba con claridad.

—Quiero hablar con Irene.

—No.

—Entonces no tenemos nada que hablar.

—Clara sabe lo que quiero.

—Yo no.

—La copia original.

Miré a Lucía.

—¿De qué?

Valcárcel soltó una pequeña risa.

—No juegue a ser más ignorante de lo que es.

—La mitad de mi carrera se basa en eso.

—Clara tiene un archivo que pertenece a otras personas.

—Las cosas robadas suelen acabar cambiando de dueño.

—Si mañana a las seis de la mañana no tengo una llamada de Clara, su hermana tendrá un accidente.

—Ya fingieron uno una vez. Empieza a ser repetitivo.

Silencio.

Había acertado algo.

—No sabe de qué habla —dijo.

—Entonces explícamelo.

Colgó.

Lucía me miró.

—Necesitamos localizar a Clara antes que él.

—Eso lleva intentando hacer desde el principio.

—Y ahora tiene a Irene.

—O quiere que creamos que la tiene.

Lucía señaló el pendiente.

—La sangre de la cocina es real.

—Sí.

—¿Qué estás pensando?

Miré el mensaje.

—Que Valcárcel podía haber matado a Irene.

—No le sirve muerta.

—Exacto.

—¿Y?

—Que alguien que mata a tres personas sin dudar no necesita dejar un pendiente para demostrar un secuestro. Lo dejó porque quiere que sigamos un guion.

—El guion sigue siendo encontrar a Clara.

—Sí.

Lucía respiró hondo.

—¿Sabes cómo hacerlo?

Pensé en la fotografía que Irene me había dado.

En Clara detrás de una cámara en 2010.

En las llamadas desde números ocultos.

En la mujer que había acudido a mi despacho.

—No.

Mi teléfono sonó.

Número oculto.

Lucía y yo nos miramos.

Contesté en manos libres.

—¿Sí?

Una mujer habló.

—No entregue nada a Valcárcel.

Clara.

—Tiene a su hermana.

—Lo sé.

La voz se quebró por primera vez.

—Entonces dígame dónde está.

—No por teléfono.

—No tengo tiempo para sus precauciones.

—Y yo llevo diecisiete años viva gracias a ellas.

—Su hermana quizá no tenga diecisiete horas.

Silencio.

—Le enviaré un lugar —dijo—. Solo usted.

—No.

—Entonces Irene muere.

Lucía me miró.

—¿Cuándo?

—Una hora.

La llamada terminó.

Treinta segundos después llegó un mensaje con una ubicación.

Una urbanización a medio construir cerca de Toledo.

Lucía leyó la pantalla.

—No vas solo.

—Ya lo sé.

—¿De verdad?

—Esta vez sí.

—Estoy preocupada.

—Yo también.

No le dije que no era por la trampa.

Era por Clara.

Llevaba diecisiete años hablando con un fantasma.

Por fin iba a verlo respirar.