Los muertos no llaman CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

REQUIENA

Salvador Requena abrió la puerta de su casa con un bastón en una mano y una sonrisa cansada.

—Sabía que vendrías.

—¿Por qué?

—Porque te conozco.

—No tanto como pensaba.

El chalet estaba en una calle tranquila de Pozuelo, rodeado de setos demasiado altos y cámaras demasiado nuevas para un hombre que decía no tener nada que ocultar.

No había avisado a Lucía.

Técnicamente, ella tampoco me había prohibido visitar a Requena.

Solo había utilizado expresiones como «ni se te ocurra», que carecen de precisión jurídica.

Requena caminó hasta el salón con dificultad.

Tenía setenta y un años, el pelo blanco y una delgadez que no recordaba.

En la pared había fotografías con ministros, comisarios, empresarios y jueces.

En una aparecía estrechando la mano de Esteban Llorente.

En otra, sentado junto a Julián en una cena benéfica.

No intentó ocultarlas.

—Si has venido a acusarme, hazlo sentado —dijo—. Las rodillas ya no me aguantan discursos largos.

—No sabía que la conciencia tuviera relación con las rodillas.

—La edad relaciona todo con las rodillas.

Me senté frente a él.

Puse sobre la mesa una copia de la transferencia a Horizonte Trece y otra del poder notarial de Cimientos del Centro.

—¿Te suenan?

Requena no tocó los papeles.

—Sociedades.

—Tus sociedades.

—Horizonte Trece era de mi hermano.

—Tu hermano murió en 2007.

Una sombra de sonrisa.

—Siempre fuiste bueno con los detalles.

—Álvaro era mejor.

La sonrisa desapareció.

—Sí.

—¿Lo mataste?

Requena me miró durante varios segundos.

—No.

—¿Cobraste para tapar lo que investigaba?

Se levantó con esfuerzo y caminó hasta una ventana.

—El mundo no funciona como creíais tú y Álvaro a los treinta años.

—Una frase prometedora.

—Hay favores. Equilibrios. Gente que llama desde arriba y gente que debe favores desde abajo. No es una conspiración. Es peor. Es costumbre.

—Y dinero.

—También.

—Cuatrocientos mil euros.

—No de una vez.

La admisión fue tan tranquila que tardé un segundo en entenderla.

—Entonces cobraste.

—Sí.

No esperaba que lo reconociera.

—¿Por qué?

—Porque pensé que podía controlar hasta dónde llegaría.

—Esa es una forma muy elegante de decir corrupción.

—No busco elegancia.

—¿Qué hacías para ellos?

—Avisos. Información. Qué unidad investigaba qué. Quién podía ser un problema. Algún expediente que debía ir más despacio.

—¿Y el de Clara?

Requena se volvió.

—Clara no era un expediente. Era una bomba.

—¿Qué descubrió?

—Mucho más de lo que Esteban creía. No solo sus operaciones. La estructura entera.

—¿Quién la controlaba?

—Nadie controlaba nada. Esa era la gracia.

—No me vengas con filosofía.

—No es filosofía. Esteban compraba servicios. Otros también. Políticos, constructores, fondos, gente que necesitaba permisos, recalificaciones, información o protección. Cada uno conocía una parte.

—¿Y tú?

—Más de la que debería.

—¿Quién era N.?

Por primera vez pareció sorprendido.

—¿Dónde has visto eso?

—Responde.

—No.

—¿No lo sabes o no vas a decirlo?

—Las dos cosas pueden parecerse mucho cuando quieres seguir respirando.

Me incliné hacia delante.

—Tejada está muerto. Julián está muerto. Alguien ha intentado quemarnos vivos. No parece que callarse esté funcionando muy bien.

Requena bajó la mirada a sus manos.

—No ordené matar a Álvaro.

—No he preguntado eso ahora.

—Pero has venido por eso.

Tenía razón.

Siempre había sido bueno leyendo interrogatorios. Incluso cuando ya no tenía placa.

—Quiero saber qué ocurrió aquella noche.

Requena respiró hondo.

—El hombre al que condenasteis estaba allí.

—Miguel Cárdenas.

—Sí.

—Disparó contra nosotros.

—Sí.

—Encontraron el arma.

—Sí.

—Balística dijo que una bala suya mató a Álvaro.

Requena negó lentamente.

—Balística dijo lo que yo necesitaba que dijera.

Sentí que algo se desplazaba dentro del pecho.

—¿Qué hiciste?

—Había tres armas aquella noche. La de Cárdenas. La tuya. Y otra.

—No consta.

—Porque yo hice que no constara.

Me puse de pie.

—¿De quién?

—César Valcárcel estaba allí.

Mi mano se cerró sin querer.

—No.

—Sí.

—Yo lo habría visto.

—Viste sombras, disparos y a tu compañero sangrando. No viste todo.

—¿Valcárcel disparó a Álvaro?

—Sí.

—¿Por orden de quién?

Requena tardó en contestar.

—Esteban Llorente.

El nombre quedó entre nosotros.

—¿Y tú lo sabías?

—Después.

—¿Cuánto después?

—Antes de que fueras al hospital.

Lo agarré por la camisa.

El bastón cayó al suelo.

—Álvaro murió en mis brazos.

—Lo sé.

—Me miró mientras se ahogaba en su propia sangre.

—Lo sé.

—Y tú viniste al hospital a decirme que habíamos atrapado al culpable.

Requena no intentó apartarme.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque si aparecía Valcárcel aparecía Esteban. Si aparecía Esteban, aparecían las sociedades. Si aparecían las sociedades, salía mi nombre. Yo tenía mujer, dos hijos y treinta años de carrera.

—Álvaro tenía treinta y cinco años de vida.

—Lo sé.

—No digas eso.

Lo solté.

Requena cayó sentado.

Durante un momento solo escuchamos su respiración.

—¿Clara? —pregunté.

—Descubrió la contabilidad paralela. Julián quiso convencerla de que se callara. Esteban quiso eliminarla.

—Pero sobrevivió.

Requena me miró.

—Así que ya lo sabes.

—Sé que alguien fingió su muerte.

—Álvaro.

—¿Él solo?

—No.

—¿Quién lo ayudó?

—No lo sé. Cuando descubrí que la muerte era falsa, Clara ya había desaparecido.

—¿Y no se lo dijiste a Esteban?

—No inmediatamente.

—¿Por qué?

—Porque Álvaro me pidió cuarenta y ocho horas.

Aquello no encajaba.

—¿Álvaro acudió a ti?

—Sí. Pensaba que yo aún era policía antes que otra cosa.

—¿Y lo eras?

Requena sonrió con tristeza.

—Durante unas dos horas.

—¿Qué te pidió?

—Que protegiera su operación. Que desviara recursos para que Clara pudiera salir del país.

—¿Aceptaste?

—Sí.

—Y luego lo vendiste.

No respondió.

—¿Cuándo avisaste a Esteban?

—No lo hice.

—¿Entonces cómo supo?

—Alguien más filtró el plan.

—¿Quién?

—No lo sé.

—Requena.

—No lo sé, Mateo.

Parecía sincero.

Eso me inquietó más.

—La noche de la nave —continuó—, Valcárcel estaba allí porque pensaba que Álvaro llevaba los documentos. Tú eras una distracción.

—¿Qué?

—Álvaro filtró que tú transportabas una copia.

Me quedé quieto.

—Yo no llevaba nada.

—Por eso eras una buena distracción.

—Me dispararon.

—Eso no estaba previsto.

Reí una vez.

No había humor.

—Nada estaba previsto excepto mentirme.

Requena miró el suelo.

—Álvaro te mantuvo fuera porque sabía que eras incapaz de fingir desconocimiento si te interrogaban.

—Qué detalle.

—Te quería como a un hermano.

—No utilices eso para justificarlo.

—No lo justifico.

Me acerqué a la ventana.

El jardín estaba vacío. Lloviznaba.

—¿Quién es N.? —pregunté otra vez.

Requena tardó demasiado.

—Lo llamaban el Notario.

—¿Era Alcázar?

—No.

—¿Quién?

—Nunca lo supe con certeza. Alcázar recibía instrucciones. Tejada también. Esteban decía que era mejor no saber quién estaba por encima.

—¿Por encima de Esteban?

—Sí.

—¿Y tú aceptaste trabajar para alguien que ni conocías?

—Acepté trabajar para Esteban. Cuando entendí que había otro nivel ya era tarde.

—Siempre era tarde contigo.

Un ruido seco llegó desde el jardín.

No sonó como un disparo.

Sonó como una rama al romperse.

Requena abrió mucho los ojos.

La ventana estalló.

La bala le entró por el cuello.

Cayó hacia atrás.

Me tiré al suelo.

Una segunda bala atravesó una lámpara.

Rodé detrás del sofá y saqué el arma que llevaba desde hacía años sin querer usarla.

Requena emitía un ruido húmedo.

Me arrastré hacia él.

La sangre salía demasiado rápido.

—No —intentó decir.

Presioné la herida con una mano.

—Aguanta.

Sus ojos buscaron los míos.

—La carta… —susurró.

—¿Qué carta?

—Dieciocho… junio…

Tosió sangre.

—¿La que retiró Tejada?

Su mano se cerró sobre mi muñeca.

—No era… Tejada.

—¿Quién?

No llegó a responder.

Su cuerpo se aflojó.

Me quedé un segundo más, la mano sobre una herida que ya no podía cerrar.

Luego me levanté.

Corrí hacia el pasillo, salí por la cocina y crucé el jardín.

Al fondo de la calle arrancaba un Jaguar negro.

Disparé una vez.

La bala golpeó el muro de una finca.

El coche aceleró y desapareció.

Me quedé bajo la lluvia con el arma levantada.

César Valcárcel volvía a dejarme vivo.

Esta vez entendí por qué.

No me estaba cazando.

Me estaba utilizando para encontrar a Clara.