Los muertos no llaman CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Los protocolos notariales no se consultan como una revista.

Necesitas justificar interés, identificar el documento y convencer a varias personas de que no eres un curioso con demasiado tiempo libre.

Yo solo cumplía una de las tres condiciones.

Lucía consiguió el resto.

—Me debes una —dijo mientras esperábamos en una sala del Archivo de Protocolos.

—Te debo tantas que ya es deuda soberana.

—Esta lleva intereses.

—Eso lo hace usura.

—Denúnciame.

La archivera que nos atendió se llamaba Mercedes Sanz y tenía la clase de paciencia que solo desarrollan las personas obligadas a explicar durante décadas que un documento de ciento veinte años no puede doblarse «un poquito» para hacer una foto mejor.

El protocolo 1847 de Federico Alcázar correspondía a la constitución de Cimientos del Centro S.L.

Capital social: tres mil euros.

Objeto: asesoría patrimonial y gestión inmobiliaria.

Socio único: una fundación panameña.

Administrador: Ramón Tejada.

Pero el documento incluía una diligencia posterior casi escondida entre anexos.

Un poder especial a favor de Salvador Requena para operar cuentas y representar a la sociedad ante entidades financieras.

Lucía leyó la página dos veces.

—Esto lo conecta directamente.

—Y conecta a Tejada.

—No necesariamente a Esteban.

—Mira el domicilio social.

Era el mismo edificio donde Llorente Orbea había tenido su primera sede.

Seguimos tirando del hilo.

Cimientos del Centro había comprado en 2008 varias parcelas por precios ridículos. Un año después, tras una recalificación, las vendió a una filial de Llorente Orbea por quince veces su valor.

La diferencia había financiado pagos a consultoras y asesores que después aparecían en el informe de Clara.

—¿Y el símbolo? —pregunté a Mercedes.

La archivera observó la copia de la escritura.

—No es una marca notarial oficial.

—¿La ha visto antes?

Dudó.

—En documentos del señor Alcázar, sí. Algunas escrituras privadas anexas llevaban algo parecido.

—¿Qué significaba?

—No lo sé. Él tenía un cliente al que identificaba internamente con un signo, no con un nombre.

—¿Por qué?

—Eso debería preguntárselo a él.

—Está muerto.

—Entonces será difícil.

Mercedes abrió un índice antiguo y recorrió columnas con el dedo.

—Hay referencias al mismo símbolo en doce protocolos entre 2006 y 2010.

—¿Podemos verlos?

Lucía enseñó la autorización.

Mercedes nos miró como si acabáramos de pedirle que bajara doce cajas de ladrillos.

—Pueden.

Pasamos seis horas revisando papeles.

Las sociedades cambiaban.

Los administradores también.

Jubilados, empleados de gestorías, pequeños empresarios, personas sin capacidad económica para las operaciones que firmaban.

Pero el patrón era constante: comprar suelo barato, moverlo entre sociedades, obtener decisiones administrativas favorables y venderlo con beneficios enormes a empresas concretas.

En seis operaciones aparecía Llorente Orbea.

En otras, grupos distintos.

Aquello era más grande que Esteban.

—No es una trama de una empresa —dijo Lucía—. Es una infraestructura.

—Un servicio.

—Exacto.

—Alguien montaba sociedades, compraba información, pagaba intermediarios y protegía las operaciones.

—Y luego podía ofrecerlo a distintos clientes.

En el último protocolo apareció una nota manuscrita de Alcázar:

«Instrucciones recibidas de N. No archivar copia de la carta.»

Solo una inicial.

N.

Pensé en la frase de Irene. En el símbolo. En la fotografía del restaurante.

—¿El Notario? —dije en voz baja.

Lucía levantó una ceja.

—¿Qué notario?

Había hablado demasiado.

—Nada.

—Mateo.

—Una idea.

—No me gustan tus ideas cuando vienen acompañadas de silencios.

—Primero quiero comprobarla.

—Eso dijiste la última vez y acabamos saltando por una ventana.

—Pero funcionó.

—Mi hombro todavía discrepa.

Mercedes regresó con una carpeta pequeña.

—He encontrado algo extraño.

Dentro había una relación de retirada de documentos privados. El 18 de junio de 2010, dos días después de la última anotación de Álvaro y el mismo día de su muerte, alguien había retirado una carta anexada a uno de los protocolos.

La firma era ilegible.

Pero la autorización figuraba a nombre de Ramón Tejada.

—Tejada sacó una carta del archivo el día que murió Álvaro —dije.

—O alguien usó su autorización.

—¿Qué carta?

Mercedes negó.

—No consta copia.

—Alcázar dejó escrito que no la archivaran.

—Entonces probablemente era correspondencia de cliente. No formaba parte del instrumento público.

—¿Quién podía ser N.?

Mercedes juntó los labios.

—No puedo especular.

—No le pido una declaración. Le pido memoria.

Miró a Lucía.

Lucía no dijo nada.

—El señor Alcázar hablaba de un cliente muy importante —dijo Mercedes finalmente—. Yo era auxiliar entonces. No trataba con él directamente. Pero cuando venía, se despejaba el despacho. No esperaba en recepción.

—¿Nombre?

—Nunca lo escuché.

—¿Aspecto?

—Mayor que Alcázar. Siempre de traje. Pelo blanco incluso entonces.

—¿Algo más?

Mercedes pensó.

—Llevaba un alfiler en la solapa. Una balanza.

Lucía y yo nos miramos.

—¿Juez? —pregunté.

—O notario. O abogado. O alguien al que le gustaban las balanzas.

A la salida del archivo recibí un mensaje de un número desconocido.

Una sola frase.

DEJA LOS PROTOCOLOS EN PAZ.

Se lo enseñé a Lucía.

—¿Sigue siendo solo una idea? —preguntó.

Guardé el móvil.

—Ahora es una idea con teléfono.

—Dámelo.

—¿El teléfono?

—El número.

—Es oculto.

—Déjame hacer mi trabajo.

—Eso intento.

—No. Tú intentas hacer el mío, el tuyo y el de la víctima a la vez.

Salimos a la calle.

La tarde se había vuelto gris.

A unos cincuenta metros había un coche parado.

No era el Jaguar.

Un utilitario blanco.

El conductor levantó un teléfono hacia nosotros.

—Lucía.

Ella se giró.

El coche arrancó de inmediato.

No vimos la matrícula completa.

—Nos están fotografiando —dijo.

—Llevan días haciéndolo.

—No. Antes te seguían a ti.

Miró el edificio del archivo.

—Ahora saben que la policía está dentro.

—¿Eso es malo?

—Significa que van a acelerar.

—¿Qué?

Lucía me sostuvo la mirada.

—La limpieza.