CAPÍTULO 9
EL COMISARIO RETIRADO
Antes de ir a casa de Requena quise saber qué clase de jubilado necesitaba tres sociedades instrumentales y una finca en Segovia.
Lo seguí durante un día.
Los detectives privados dedicamos una parte considerable de nuestra vida a observar cómo otras personas hacen cosas aburridas. La mayoría de los secretos no se descubren en habitaciones de hotel. Se descubren esperando cuarenta minutos dentro de un coche mientras alguien compra pan.
Requena salió de su chalet de Pozuelo a las nueve y cuarto.
Conducía un Volvo gris.
Desayunó en un club privado cerca de la Castellana.
Se reunió con un hombre que reconocí como un antiguo magistrado de la Audiencia Provincial.
Almorzó en un restaurante donde el menú del día costaba más que mi licencia anual.
Por la tarde visitó una clínica de cardiología y después una iglesia donde permaneció quince minutos.
A las siete entró en un restaurante discreto de Chamberí.
Veinte minutos después llegó Esteban Llorente.
No necesité una cámara sofisticada. Mi móvil bastó.
Los fotografié entrando por separado y saliendo juntos una hora más tarde.
Esteban caminaba apoyado en un bastón. Había envejecido mucho respecto a las fotos de 2009. Estaba más delgado, la piel tirante sobre los pómulos. Requena lo sostuvo del codo al bajar un escalón.
Viejos amigos.
O viejos cómplices.
Llamé a Lucía.
—Requena y Esteban se ven.
—¿Dónde estás?
—En Madrid.
—Gracias por la precisión cartográfica.
—Tengo fotos.
—No hagas nada.
—Nunca hago nada.
—Mateo.
—Mañana te las paso.
—No sigas a Esteban.
Miré cómo subía a un Mercedes con chófer.
—¿Por qué supones que iba a hacerlo?
—Porque ya has arrancado el coche. Te oigo.
Colgué.
Seguí a Esteban hasta un hotel de cinco estrellas cerca de Colón. El chófer lo dejó en la puerta y se llevó el coche.
Esteban entró solo.
Esperé.
Quince minutos después llegó una mujer con abrigo claro y gafas grandes.
Elena Orbea.
La vi entrar en el hotel.
Mi primer impulso fue llamar a Lucía.
El segundo, subir detrás de ella.
Ganó el segundo.
En recepción dije que tenía una reunión con el señor Llorente. La recepcionista pidió mi nombre. Inventé uno. No funcionó.
—El señor Llorente no tiene registrada ninguna visita.
—Soy muy informal.
—Lo siento.
Me senté en el bar.
Pedí agua con gas porque un whisky a las ocho de la tarde habría confirmado demasiadas cosas sobre mí.
Cuarenta minutos después Elena salió del ascensor.
Estaba pálida.
La intercepté en la puerta.
—Tenemos que hablar.
—¿Me estás siguiendo?
—Hoy sigo a todo el mundo.
—Déjame en paz.
—¿Qué haces con Esteban?
Se detuvo.
—No es asunto tuyo.
—Tu marido acaba de ser asesinado. Su antiguo socio se reúne con el policía que tapó una investigación vinculada a ese asesinato. Tú vienes a verlo en secreto. Empieza a ser asunto mío.
Elena me miró con odio.
—No tienes ni idea.
—Explícame.
—No puedo.
—Entonces tendré que inventarlo y suelo ser pesimista.
Echó a andar. La seguí hasta una calle lateral.
—Esteban tiene a mi hijo —dijo.
Me detuve.
—¿Qué?
—No secuestrado. No así.
Se llevó una mano a la frente.
—Daniel trabaja para una empresa de Esteban en Londres. Lleva cuatro años. Hace inversiones, estructuras… yo nunca he entendido exactamente qué hace.
—¿Y?
—Tiene deudas. Operaciones firmadas a su nombre. Esteban dice que puede demostrar que Daniel participó en movimientos ilegales. Que si hablo con la policía lo destruirá.
—¿Es verdad?
—No lo sé.
—¿Daniel sabe algo?
—Cree que su padre murió por un robo.
—¿Y qué quería Esteban hoy?
—Saber si Julián te había dado algo.
—¿Qué le dijiste?
—Que no.
—¿Te creyó?
—No.
Elena se llevó una mano a la boca.
—Julián llevaba meses preparando esto. Me dijo que, si le pasaba algo, confiara en ti.
—¿Por qué no me lo dijiste la primera noche?
—Porque también me dijo que no confiara en nadie.
—Eso me incluye.
—Sí.
—Sensato.
Abrió el bolso y me dio una pequeña tarjeta de memoria.
—La encontré detrás de un cajón en su despacho. La policía registró el despacho, pero esto estaba pegado con cinta por debajo.
—¿La has mirado?
—No tengo dónde. No quiero dejar rastro.
—¿Esteban sabe que la tienes?
—Ahora cree que la tienes tú.
—Magnífico.
—Lo siento.
—No. Esto simplifica las cosas.
—¿Cómo?
—Ya me quería muerto. Ahora al menos tiene un motivo concreto.
Elena no sonrió.
—Mateo, Julián no era valiente.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Pasó años justificándose. Decía que si se enfrentaba a Esteban perderíamos todo, que Daniel pagaría por sus errores, que nadie creería a Clara, que la policía estaba comprada. Siempre había una razón para esperar.
—Esperar es una manera elegante de elegir.
—Al final intentó hacer lo correcto.
—A veces el final es lo único que cuenta.
Me miró con una tristeza que no era solo por Julián.
—¿Tú crees eso de verdad?
No respondí.
Volví al coche.
Inserté la tarjeta en un portátil sin conexión a Internet que usaba para revisar material delicado.
Había un único archivo.
Una fotografía.
Una escritura notarial de 2008.
Constitución de una sociedad: Cimientos del Centro S.L.
En el margen aparecía el símbolo del círculo atravesado.
El notario autorizante se llamaba Federico Alcázar.
Busqué el nombre.
Había muerto en 2014.
Su protocolo profesional, sin embargo, seguía custodiado.
Y los muertos, aunque no llaman, dejan papel.