CAPÍTULO 8
IRENE
Encontré a Irene Salcedo antes que a Clara.
No fue difícil una vez que supe que existía.
Profesora de Historia en un instituto de Alcalá de Henares, cuarenta y seis años, divorciada, una hija universitaria.
No tenía redes sociales abiertas, pero sí aparecía en fotografías de actividades escolares y en un boletín municipal sobre un concurso de debate.
La misma mirada que Clara.
Más redonda la cara, el pelo más claro, pero los ojos eran idénticos.
Esperé frente al instituto a que terminara las clases.
A las dos y media salió con una bolsa de tela y un paraguas rojo.
Me vio antes de que yo dijera nada.
Su reacción me confirmó que sabía quién era.
—No debería estar aquí.
—Eso me dicen mucho.
—Mi hermana le pidió que dejara de buscarla.
La palabra «hermana» quedó entre nosotros.
—Entonces está viva.
Irene cerró los ojos un instante.
Había cometido el error sin querer.
—No he dicho eso.
—Lo ha dicho bastante bien.
Miró alrededor. Dos alumnos pasaron junto a nosotros hablando a gritos.
—No aquí.
Caminamos hasta un bar cerca de la estación. Ella pidió una infusión. Yo café.
—No voy a decirle dónde está —dijo.
—No se lo he preguntado todavía.
—Lo hará.
—Probablemente.
—Clara no mató a nadie.
—Tampoco he dicho eso.
—La policía lleva días removiendo el pasado. Sé cómo funciona esto.
—Yo ya no soy policía.
—Eso no me tranquiliza.
—A mí tampoco.
Irene sostuvo la taza con las dos manos.
—Mi hermana era de las buenas.
—¿Qué significa eso?
—De las que creen que si encuentran algo ilegal basta con enseñarlo y el mundo se arregla.
—Conozco el tipo.
—Álvaro también era así.
Sentí la palabra como un golpe pequeño.
—¿Lo conoció?
—Sí.
—¿Cuánto?
Irene me estudió.
—Más de lo que usted cree.
—Eso parece ser un tema recurrente.
—Venía a casa. Mi madre creía que era novio de Clara.
—¿Lo era?
Irene bajó la vista.
—No al principio.
Aquello dolió de una manera absurda.
Álvaro y yo nos contábamos casi todo.
O eso pensaba.
—¿Cuánto duró?
—Meses. Poco. No podían permitirse más.
—¿Por qué?
—Porque cuando Clara descubrió las cuentas dejó de ser una persona. Se convirtió en un problema.
Irene me contó que Clara había empezado a sospechar durante el verano de 2009. Algunas operaciones no cuadraban: sociedades que compraban terrenos sin capital suficiente, consultorías que cobraban millones sin empleados, préstamos que desaparecían en cuentas extranjeras.
Al principio pensó que era evasión fiscal.
Luego encontró los nombres.
Funcionarios.
Empresarios.
Un magistrado.
Dos policías.
—¿Requena? —pregunté.
Irene me miró.
—No recuerdo los nombres. Clara nunca me enseñó las listas completas.
—Pero conocía a Requena.
—Después.
—¿Cómo conoció a Álvaro?
—Intentó denunciarlo de forma anónima. Él recibió parte de la información.
—Álvaro estaba en Judicial, no en delitos económicos.
—Por eso creyó que podía confiar en él. La denuncia llegó desviada a su unidad por error o por suerte.
—Con Álvaro era difícil distinguirlo.
Irene sonrió por primera vez.
—Clara decía lo mismo.
La sonrisa desapareció.
—Cuando Esteban empezó a sospechar que alguien filtraba documentación, Julián la avisó.
—¿Julián estaba metido?
—Sí.
—¿Hasta dónde?
—Más de lo que quería admitir y menos de lo que Esteban necesitaba.
—Explíquelo.
—Julián era socio. Sabía que había pagos, favores, información privilegiada. Miraba hacia otro lado. Pero no sabía que la red incluía asesinatos o policías comprados. Cuando entendió hasta dónde llegaba, ya llevaba años beneficiándose.
—Entonces ayudó a Clara por culpa.
—Y por miedo.
—La culpa dura menos.
—A veces dura diecisiete años.
Pensé en el mensaje de voz.
«Perdóname».
—¿El accidente?
Irene respiró hondo.
—Yo ayudé.
—¿Cómo?
—Ropa, dinero, documentación. Clara vino a casa una noche y me dijo que iba a morir oficialmente. Pensé que estaba loca. Después apareció Álvaro.
—¿Él organizó la falsa muerte?
—En parte.
—¿Quién puso el cuerpo?
Irene palideció.
—No lo sé.
—Alguien murió en ese coche.
—Álvaro dijo que no era así.
—¿Qué dijo exactamente?
—Que no preguntara.
—Eso no suena a él.
—A la gente le gusta creer que conoce a los muertos mejor de lo que los conoció en vida.
No respondí.
Tenía razón y la odié un poco por eso.
—¿Dónde estuvo Clara?
—Portugal. Después Francia. Bélgica. Cambiaba cada pocos meses.
—¿Quién pagaba?
—Al principio Álvaro. Después Julián.
—¿Durante diecisiete años?
—No. Clara acabó creando otra vida. Julián solo mantenía una vía de emergencia.
—¿Por qué vuelve todo ahora?
Irene miró por la ventana.
—Porque Julián recibió una carta.
—¿De quién?
—No lo sé. Vino a verme hace un mes. Estaba aterrorizado. Dijo que Esteban estaba enfermo y estaba «cerrando las cuentas».
—¿Qué significa?
—Comprar silencios. Borrar documentos. Hacer desaparecer problemas antiguos.
—¿Clara sería el último?
—Eso dijo Julián.
—¿Vio la carta?
—No. El sobre, sí. Llevaba un sello en relieve, como de notaría. Un símbolo.
Cogió una servilleta y dibujó un círculo atravesado por una línea vertical.
El mismo que aparecía en una esquina de una de las copias de la libreta de Álvaro.
—¿Qué significa?
—Clara decía que era una marca interna. Los documentos que llevaban ese símbolo no podían circular por correo ni mensajería. Se entregaban en mano.
—¿Quién los firmaba?
—Nunca lo supo.
Guardé la servilleta.
—Necesito hablar con Clara.
—No puedo ayudarle.
—Irene.
—Si pudiera localizarla, también podrían hacerlo ellos.
—Valcárcel ya está siguiendo mis pasos.
La taza quedó suspendida a medio camino de su boca.
—¿César Valcárcel?
—Lo conoce.
—No personalmente.
—Pero sabe quién es.
—Era el hombre de Esteban. El que arreglaba cosas.
—¿Qué clase de cosas?
—Las que no se ponían por escrito.
—Me sigue porque cree que voy a llevarlo hasta Clara.
Irene me sostuvo la mirada.
—Entonces está haciendo exactamente lo que quiere.
—¿Qué quiere?
—Que usted la encuentre.
—¿Por qué yo?
Irene abrió el bolso.
Sacó una fotografía.
Álvaro y yo aparecíamos sentados en la terraza de un bar. Yo llevaba una camisa que había olvidado que existía. Él estaba riendo con una cerveza en la mano.
La fecha impresa en el margen era junio de 2010.
—¿Quién hizo esto?
—Clara.
—¿Por qué?
—Porque Álvaro quería dejar constancia de que usted no sabía nada.
Me quedé mirando mi propia cara, dieciséis años más joven.
—¿Nada de qué?
Irene guardó silencio.
—¿De la falsa muerte? —pregunté.
—De todo.
—¿Por qué necesitaba demostrarlo?
—Porque temía que acabaran culpándole.
—¿Quién?
—La gente que ya sabía su nombre.
Sentí frío pese a la calefacción del bar.
—¿Mi nombre estaba en las listas?
—No sé.
—Entonces ¿qué sabe?
Irene se levantó.
—Que Álvaro confiaba en usted lo suficiente para mentirle.
—Eso no tiene sentido.
—Para él sí.
—Quiero ver a Clara.
—Ya se lo he dicho.
—Y yo le digo que Julián está muerto, Tejada está muerto y alguien ha intentado quemarnos vivos a una inspectora y a mí. Clara puede esconderse otros diecisiete años o puede ayudar a detener a quien está limpiando la lista.
Irene se puso el abrigo.
—Mi hermana lleva diecisiete años pagando por haber hecho lo correcto.
—Álvaro pagó más.
Fue cruel.
Lo supe al decirlo.
Irene se quedó quieta.
—No vuelva a usar a Álvaro para obligarme.
—Tiene razón.
—¿La tengo?
—Sí.
No estaba acostumbrado a disculparme tan rápido. Ella tampoco parecía esperarlo.
—Si Clara quiere hablar conmigo, sabe cómo encontrarme —dije.
Irene asintió.
Antes de irse dejó la fotografía sobre la mesa.
—Quédese esto.
—¿Por qué?
—Porque Clara guardó la copia durante años. Si se la ha hecho llegar a Julián, quería que usted la viera.
—¿Cómo sabe que venía de ella?
Irene miró la imagen.
—Yo hice la otra copia.
—¿Qué otra copia?
—La que no le han dado todavía.
Se fue.
En la servilleta quedó el símbolo del círculo y una mancha de té.
Miré la fotografía de Álvaro.
Por primera vez entendí que la historia no había empezado con el asesinato de Julián.
Ni siquiera con la falsa muerte de Clara.
Había empezado antes, cuando alguien decidió que ciertos negocios necesitaban una policía, unos abogados y unos muertos propios.