Los muertos no llaman CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

La carpeta de Clara sobrevivió al incendio con las esquinas chamuscadas y un olor que se quedó dos días en mi despacho pese a que, técnicamente, la carpeta ya no estaba allí.

Lucía la había entregado a Científica y había conseguido que la investigación de Tejada, Orbea y la nave pasara a una unidad conjunta de Homicidios y Delitos Económicos.

Eso significaba dos cosas.

La buena: más recursos.

La mala: más personas sabiendo qué buscábamos.

Lucía apareció en mi despacho al día siguiente a las diez de la mañana.

Llevaba una carpeta azul y dos cafés.

—Uno es soborno —dijo, dejando uno sobre mi mesa.

—¿Y el otro?

—Para que no robes el mío.

—Conoces mis puntos débiles.

—Llevo veinte años recopilándolos.

Se sentó en la mesa de Álvaro.

No dije nada.

Ella sí se dio cuenta.

—¿Te molesta?

—No.

—Eso ha sonado exactamente como sí.

—La silla no tiene memoria.

—Tú sí.

Abrí el café.

—¿Qué has encontrado?

Lucía sacó copias.

—El informe de Clara coincide con movimientos bancarios reales que hemos podido verificar. Algunas sociedades ya no existen, pero las operaciones sí. Norba compró terrenos en Getafe, Parla y Valdemoro antes de cambios urbanísticos. Luego vendió a filiales de Llorente Orbea con plusvalías enormes.

—Y parte del margen volvió en sobornos.

—Eso parece.

—¿Requena?

—Horizonte Trece estaba administrada formalmente por su hermano.

—Su hermano murió en 2007.

Lucía me miró.

—Exacto.

—Entonces la sociedad siguió funcionando con un muerto de administrador.

—Durante tres años.

—Elegante.

—No tanto. Alguien presentó documentos falsificados. Estamos buscando al gestor.

—¿Qué hay de Clara?

Lucía sacó otro grupo de papeles.

—He revisado el expediente del accidente de 2009.

—¿Y?

—Está limpio.

—Eso no suena bien.

—No. Los expedientes reales nunca están tan limpios.

Me pasó una copia del atestado.

Accidente nocturno. Vehículo fuera de la vía. Incendio. Cuerpo calcinado. Identificación por pertenencias y «elementos odontológicos compatibles».

—¿Compatible? —pregunté.

—No dice quién comparó la ficha dental.

—¿ADN?

—No se hizo.

—En 2009 ya se hacía.

—Sí, cuando había dudas. Aquí no constan dudas.

—¿Quién identificó el cuerpo?

—Un médico forense que murió en 2013 y un agente de tráfico jubilado.

—¿Familia?

—Su hermana, Irene, reconoció objetos personales. No el cuerpo.

—Entonces Clara pudo no estar en el coche.

—Pudo.

—¿Y la fallecida?

—Buena pregunta.

Lucía sacó una fotografía forense borrosa del vehículo. Había poco que ver. Un amasijo negro entre árboles.

—El coche estaba a nombre de Clara —dijo—. El cadáver era femenino. Edad aproximada compatible. No hubo denuncia de otra desaparecida que encajara en esa zona.

—Alguien tuvo que poner un cuerpo.

—Si fue falso, sí.

—¿Quién investigaba el accidente?

Lucía me señaló una firma.

Subinspector Eduardo Benavides.

El nombre me sonó.

—¿Benavides de Tráfico?

—Después pasó a Información. Se jubiló hace cinco años.

—¿Relación con Requena?

—Trabajaron juntos en los noventa.

Me recosté en la silla.

—Todo vuelve a Requena.

—Todavía no todo.

—Dame tiempo.

Lucía ignoró el comentario.

—Hay una cosa más. La bala que mató a Tejada es del mismo calibre que la que mató a Julián. Nueve milímetros parabellum.

—Eso reduce los sospechosos a media España.

—Las marcas de estriado son compatibles.

—¿Misma arma?

—Aún no es concluyente, pero probablemente.

—Valcárcel.

—Tenemos su huella parcial en una puerta lateral de la nave.

—Entonces detenlo.

—Trabajó para esa empresa durante años. Su defensa dirá que estuvo allí cien veces.

—Intentó quemarnos vivos.

—Y si logramos demostrarlo, me encantará explicárselo a un juez.

Lucía cerró la carpeta.

—Vas a hacer algo que no te va a gustar.

—Eso depende.

—Irte a casa. Dormir cuatro horas. Ducharte.

—Eso no parece una diligencia.

—Hueles a incendio, café y dos días sin dormir.

—Es mi perfume.

—Mateo.

—¿Sí?

—En serio.

La miré.

Detrás del cansancio había preocupación.

No profesional.

Eso siempre había sido más difícil de manejar.

—Dormiré —dije.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente.

—No sé por qué sigo preguntando.

Se levantó.

—Y no vayas a hablar con nadie del accidente sin decírmelo.

—Por supuesto.

—Acabas de mentir.

—Estoy mejorando.

Dormí cuarenta minutos en el sofá del despacho.

A las tres de la tarde estaba camino de Guadalajara.

No iba a ver a Benavides.

Todavía.

Quería comprobar otra cosa.

Mistral Capital era una de las sociedades receptoras de dinero que aparecía en el informe de Clara. Su administrador formal en 2009 era Eusebio Navarro, nacido en 1936.

Vivía en una residencia moderna a las afueras de Guadalajara.

Cuando le enseñé el nombre de la empresa se echó a reír.

—Yo no he tenido una empresa en mi vida.

—Según el Registro Mercantil ha tenido diecinueve.

—Pues deberían pagarme mejor.

Era un hombre pequeño, delgado, con una memoria que alternaba precisión quirúrgica y lagunas de décadas.

—¿Firmó documentos para un gestor llamado Abel Mur? —pregunté.

—Claro. Abel me llevaba los impuestos. Era buen chico.

—¿Le hacía firmar papeles de sociedades?

—Papeles, sí. Sociedades no sé. Uno firma muchas cosas cuando confía.

—¿Recuerda a alguien que trabajara con él?

Eusebio pensó.

—Un hombre de traje. Siempre de traje, hasta en agosto. Tenía una cicatriz aquí.

Se tocó la ceja izquierda.

Le enseñé una foto de Valcárcel.

Negó.

—No. Este era más fino. Hablaba bajito. Abel lo llamaba don Salvador.

Guardé el teléfono.

—¿Requena?

—No sé el apellido.

—¿Sigue vivo Abel Mur?

El anciano dejó de sonreír.

—Murió.

—¿Cuándo?

—Hace años. Se cayó por las escaleras del despacho. Una pena. Tenía hijos.

Busqué la noticia en el móvil.

Marzo de 2011.

Accidente doméstico.

Otro muerto.

—¿Alguna vez le preguntó para qué eran los papeles? —dije.

Eusebio miró hacia la ventana.

—Una vez. Abel me dijo que ayudaba a gente importante a que las cosas no existieran.

—¿Qué quiso decir?

—Yo pensé que hablaba de impuestos.

—¿Y ahora?

El anciano me sostuvo la mirada.

—Ahora usted está aquí.

Antes de irme me agarró la muñeca.

—Joven.

Hacía tiempo que nadie me llamaba así.

—No sé en qué se está metiendo. Pero cuando un hombre elegante te pide que firmes algo y no te explica qué es, nunca es porque quiera regalarte dinero.

—Lo recordaré.

En el coche llamé a Lucía.

—He hablado con Eusebio Navarro.

Hubo un silencio.

—Te dije que durmieras.

—Dormí.

—¿Cuánto?

—La cantidad es irrelevante.

—Mateo.

—Conocía a Requena. Aparecía con el gestor que montaba las sociedades pantalla.

Lucía dejó de discutir.

—¿Puede declarar?

—Sí. Pero tiene noventa años y la memoria de una ruleta.

—Aun así lo necesitamos.

—El gestor murió en 2011. Caída por unas escaleras.

—Voy a pedir el expediente.

—Y otra cosa.

—¿Qué?

—Requena no solo cobró.

Miré la residencia por el retrovisor.

—Ayudó a construir la maquinaria.