Los muertos no llaman CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

LOS TERRENOS

Llegué a Vicálvaro doce minutos antes que Lucía.

La nave estaba al final de una calle industrial donde las aceras habían perdido la pelea contra las malas hierbas. A un lado había talleres mecánicos; al otro, solares cercados con vallas publicitarias de promociones que prometían «una nueva forma de vivir» desde hacía al menos diez años.

La dirección que Tejada había escrito en la tarjeta correspondía a un edificio de ladrillo gris con las ventanas de la planta superior tapiadas.

La puerta principal tenía un candado nuevo.

Eso me gustó menos que si hubiera estado abierto.

Aparqué enfrente y esperé.

Tres minutos.

Cinco.

A los seis bajé del coche.

Lucía apareció detrás de mí con su vehículo particular y una expresión que ya traía preparada.

—Te dije que no entraras.

—No he entrado.

—Estás junto a la puerta.

—Es una distinción importante.

—En tu caso, unos treinta segundos.

Se acercó al candado. Llevaba vaqueros, una cazadora oscura y el pelo recogido. Sin la gabardina y sin el entorno policial parecía otra persona, más joven y al mismo tiempo más cansada.

—He comprobado la propiedad —dijo—. Norba Gestión se disolvió en 2012. La nave pasó por dos sociedades y ahora pertenece a un fondo que ni siquiera sabe que existe.

—Qué reconfortante.

—Tengo una unidad de camino.

—Tejada quería verme aquí a las siete. Si alguien lo mató para impedirlo, quizá también haya enviado a alguien a limpiar esto.

Lucía miró el candado.

—Y por eso no vamos a tocar nada.

Escuchamos un ruido dentro.

Algo metálico.

Nos miramos.

Lucía sacó su arma.

—Quédate detrás.

—Ya no eres mi jefa.

—Nunca lo fui y aun así debería haberte despedido varias veces.

Rodeamos el edificio. La puerta lateral estaba entreabierta.

—Eso no estaba así cuando llegué —dije.

—¿Seguro?

—Llevo diez minutos mirando el sitio porque me prohibiste entrar. Algo tenía que hacer.

Entramos.

La nave olía a polvo, humedad y aceite viejo. Había palés rotos, restos de estanterías y una carretilla elevadora sin ruedas. Nuestras pisadas resonaban demasiado.

—¿Policía? —gritó Lucía.

Nadie respondió.

En la oficina del fondo encontramos un archivador abierto.

No vacío.

Abierto.

Eso era peor.

Alguien había revisado papeles recientemente. El polvo estaba removido y había huellas de barro junto a una estantería.

Seguí las marcas.

Terminaban frente a la pared.

—Lucía.

Empujamos la estantería entre los dos. Detrás había una placa de madera cortada con demasiada precisión para ser un arreglo improvisado.

La retiré.

Un hueco.

Dentro, carpetas.

Cientos.

Planos parcelarios, contratos de opción de compra, informes de recalificación, copias de transferencias, escrituras privadas, listados de reuniones.

Lucía se quedó inmóvil.

—No toques.

—Esta vez iba a decirlo yo.

Se puso guantes y me lanzó otro par.

—Solo lo mínimo. Documentamos y esperamos al equipo.

Había carpetas con códigos y años. 2006. 2007. 2008. 2009.

Una llevaba las iniciales C.S.

Clara Salcedo.

Lucía la fotografió antes de abrirla.

Dentro había un informe de cuarenta páginas firmado por Clara como directora financiera. Describía pagos a intermediarios a través de sociedades instrumentales. Dinero que salía de Llorente Orbea y terminaba en cuentas vinculadas a funcionarios, concejales, asesores y empresas sin actividad real.

No era un informe formal.

Era una reconstrucción.

Alguien había cogido piezas de distintas contabilidades y las había unido para mostrar el circuito completo.

—Ella lo preparó para denunciarlo —dije.

—O para chantajearlos.

—¿Tú qué crees?

Lucía pasó una página.

—Creo que los muertos no tienen presunción de santidad.

Una transferencia llamó nuestra atención.

Cuatrocientos mil euros a Horizonte Trece S.L.

Beneficiario final: Salvador Requena.

Lucía dejó de pasar páginas.

—Esto no prueba que él recibiera el dinero personalmente.

—No.

—La sociedad podría ser de cualquiera.

—Claro.

—Necesitamos Registro Mercantil, bancos, cadena de custodia.

—Lucía.

—¿Qué?

—Sé que era tu jefe también.

—Precisamente por eso no voy a decidir que es culpable porque aparezca un nombre en una carpeta escondida.

Asentí.

Era lo correcto.

Me molestó que fuera lo correcto.

Seguimos revisando.

Otra carpeta contenía mapas de tres zonas del sur de Madrid. Parcelas agrícolas compradas en 2007 y 2008. Al margen, fechas de juntas municipales y notas sobre planes urbanísticos que no se hicieron públicos hasta meses después de las adquisiciones.

Información privilegiada.

En una hoja aparecía la frase: «S.R. garantiza protección. N. autoriza estructura.»

—¿N.? —pregunté.

Lucía negó.

—No lo sé.

Fotografié la página.

—No deberías hacer eso.

—Entonces deténme.

—No me tientes.

Algo golpeó fuera.

Un portazo.

Después un motor.

Lucía apagó la linterna.

—¿Has llamado al equipo?

—Hace siete minutos.

—¿Cuánto tardan?

—Demasiado.

Dos vehículos se detuvieron frente a la nave.

Oímos pasos.

Tres personas, quizá cuatro.

Lucía me hizo un gesto hacia el fondo.

La puerta principal se cerró de golpe.

Luego llegó el olor.

Gasolina.

—Mierda —dije.

Un líquido empezó a correr por debajo de la puerta lateral.

El fuego apareció un segundo después.

No fue una explosión. Fue peor. Una línea naranja recorrió el suelo y trepó por restos de cartón y madera seca. En menos de veinte segundos, la entrada quedó convertida en una pared de humo.

—¡Atrás! —gritó Lucía.

Corrimos hacia la parte posterior.

Había una ventana alta a tres metros del suelo.

Lucía arrastró una mesa debajo.

—Sube.

—Tú primero.

—No empieces.

El humo descendía del techo.

Subí, golpeé el cristal con una silla y solo conseguí una grieta.

Lucía disparó una vez.

El cristal estalló.

—Eso era mi idea —dije.

—La tuya tardaba demasiado.

Pasé por el hueco y caí a un patio lleno de chatarra. Me corté la mano con el borde, pero no lo noté hasta después. Ayudé a Lucía a bajar.

Detrás de nosotros, algo explotó dentro de la nave.

Un hombre apareció junto a una furgoneta.

César Valcárcel.

No llevaba gafas esta vez.

Le vi los ojos.

Fríos. Concentrados.

No parecía sorprendido de vernos vivos.

Levantó un arma.

Lucía disparó primero.

La bala golpeó la chapa de la furgoneta a centímetros de su cabeza.

Valcárcel respondió.

Nos tiramos al suelo.

El proyectil golpeó un contenedor.

Corrí hacia la esquina intentando cerrarle el paso.

Lucía me agarró del abrigo.

—¡Mateo, no!

Valcárcel retrocedió y desapareció detrás de un coche.

Un motor rugió.

El Jaguar negro atravesó la salida lateral y se perdió calle abajo.

Las sirenas empezaron a escucharse a lo lejos.

Me incorporé, tosiendo.

—Las carpetas.

Lucía levantó una que había metido debajo de la cazadora.

C.S.

—Aprendo de los malos ejemplos —dijo.

—Eso te convierte en una de nosotros.

—No vuelvas a decir algo tan ofensivo.

Los bomberos llegaron primero. Luego una patrulla. Después otra.

Mientras nos revisaban por inhalación de humo, Lucía habló con sus superiores. Yo observé el incendio.

Las llamas salían por el tejado. Todo lo que quedaba dentro se estaba convirtiendo en una versión más fácil de negar.

—Tejada sabía que estaba aquí —dije.

Lucía se sentó a mi lado en el bordillo.

—Sí.

—Y alguien sabía que Tejada iba a hablar conmigo.

—Sí.

—Eso significa que vigilaban su despacho o su teléfono.

—O a ti.

Miré hacia la calle por la que había desaparecido Valcárcel.

—Me dejó verlo.

—¿Qué?

—En la estación. Ahora aquí. No intenta pasar desapercibido.

—Porque cree que puede intimidarte.

—No. Quiere que lo siga.

Lucía respiró hondo.

—No conviertas todo en un acertijo personal.

—Un hombre me sigue con un Jaguar negro, incendia una nave donde estoy dentro y luego se queda lo bastante cerca para que le vea la cara. No es discreto por accidente.

—Quizá sea un psicópata con problemas de autoestima.

—También.

Uno de los técnicos nos llamó.

Antes de levantarme miré la carpeta de Clara.

Dentro estaba la primera prueba real de que Álvaro había investigado algo que nunca llegó a un expediente oficial.

Y la primera prueba de que Salvador Requena, el hombre que había cerrado su caso, había cobrado de la empresa que Álvaro investigaba.

La lluvia empezó de nuevo.

El agua cayó sobre el humo y lo empujó hacia el suelo.

Durante unos segundos olió igual que dieciséis años atrás.

La misma mezcla de cemento mojado, pólvora y algo quemado.

Volví a ver a Álvaro en el suelo de otra nave.

Sacudí la cabeza.

Lucía lo notó.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Mientes peor cuando estás cansado.

—Entonces hoy soy transparente.

No insistió.

A veces la amistad consiste en saber cuándo una persona no quiere que la salven.