Los muertos no llaman CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

EL HOMbrE DEL JAGUAR

La matrícula del Jaguar me llevó a una empresa de seguridad llamada Argenis Protección.

No fue difícil. Las empresas que viven de vigilar a otros suelen dejar demasiados rastros públicos: contratos, concursos, licencias, sanciones, fotografías de ejecutivos entregando placas a empleados del mes.

La empresa me llevó a un nombre.

César Valcárcel.

Cincuenta y cuatro años. Antiguo guardia civil. Especialista en protección de personas y seguridad corporativa. Dos sanciones internas en los noventa. Una excedencia. Después, contratos privados para constructoras, bancos y políticos.

Encontré una fotografía suya en una noticia de 2018 sobre un congreso de seguridad.

Era el hombre de las gafas.

También encontré algo mejor.

En 2010 Argenis había tenido como principal cliente a Grupo Llorente Orbea.

Imprimí todo y lo extendí sobre la mesa de Álvaro, la que llevaba dieciséis años usándose de archivador sentimental.

A las cuatro de la tarde Lucía llamó.

—He encontrado una cosa.

—Dime.

—Álvaro pidió información sobre tres sociedades: Albor Sur, Teseo Desarrollo y Norba Gestión.

Miré la libreta.

Las tres estaban allí.

—¿Motivo?

—No figura. La consulta está registrada como apoyo a otra investigación.

—¿Cuál?

—No existe.

—¿Cómo que no existe?

—El número de diligencias remite a un expediente vacío.

—Eso no pasa.

—Ya.

—¿Quién tenía acceso para borrarlo?

—Mucha gente. Pero hay una firma de supervisión.

Esperé.

—Comisario Salvador Requena.

El nombre me devolvió dieciséis años atrás.

Requena había sido nuestro jefe. El hombre que habló en el funeral de Álvaro. El que me visitó en el hospital con una bolsa de naranjas y una botella de colonia que nunca usé. El que me puso una mano en el hombro y me dijo que habíamos hecho todo lo posible.

El que me convenció de que el caso estaba cerrado.

—Está jubilado —dijo Lucía.

—¿Dónde vive?

—Ni se te ocurra.

—Lucía.

—Mateo, si estás pensando lo que creo que estás pensando, para. Primero traes lo que tengas y lo vemos juntos.

—Claro.

—No me mientas.

—Entonces no me preguntes cosas cuya respuesta conoces.

Requena vivía en Pozuelo, en un chalet demasiado grande para una pensión pública.

No fui a verlo.

Primero quise hablar con Ramón Tejada.

El antiguo director jurídico de Llorente Orbea tenía ahora un despacho en Serrano. Me recibió porque le dije que investigaba la muerte de Julián y porque la curiosidad suele vencer al miedo hasta que es demasiado tarde.

El despacho tenía paredes cubiertas de libros que nadie parecía haber abierto. Tejada rondaba los sesenta, llevaba un traje azul oscuro y unas gafas finas que se quitaba cada vez que quería ganar tiempo.

—Julián llevaba años fuera de mi vida —dijo.

—Pero seguían en contacto.

—Navidades. Algún consejo de administración. Nada relevante.

—¿Y Clara?

Su cara cambió.

No mucho.

Lo suficiente.

—Clara murió.

—Eso pone en los periódicos.

—Y en el Registro Civil.

—¿Quién identificó el cadáver?

Tejada se quitó las gafas.

—No lo recuerdo.

—Usted era abogado de la empresa.

—Han pasado diecisiete años.

—Los muertos importantes suelen quedarse más tiempo.

—No entiendo qué insinúa.

Saqué la fotografía del restaurante.

La dejó sobre la mesa sin tocarla.

—¿Quién hizo esta foto?

La miró apenas un segundo.

Suficiente.

—No lo sé.

—Miente mal.

—Señor Vela…

—El tercer hombre es Salvador Requena, ¿verdad?

Tejada se levantó.

—He dicho que se vaya.

—Aún no lo había dicho.

—Pues lo digo ahora.

Guardé la fotografía.

Antes de salir me giré.

—Julián está muerto. Si alguien está limpiando aquello, usted está en la lista.

Por primera vez dejó de parecer abogado.

Pareció un hombre que recordaba una puerta cerrándose.

—No sabe con qué está jugando.

—No. Por eso pregunto.

Tejada bajó la voz.

—Clara no robó dinero.

—¿Quién ha dicho que lo hiciera?

—Eso fue lo que se contó dentro. Que descubrió una irregularidad, se asustó y se llevó documentación para cubrirse.

—¿Y la verdad?

Tejada miró hacia la puerta.

—Descubrió dónde estaba el dinero.

—¿Qué dinero?

—El que no existía oficialmente.

Volvió a ponerse las gafas.

—Todo el mundo ha contado mal la historia.

—Cuéntemela bien.

—No aquí.

Cogió una tarjeta y escribió una dirección.

—Mañana. Siete de la mañana.

—¿Por qué tan temprano?

—Porque a esa hora todavía hay gente que cree que puede empezar de nuevo.

Guardé la tarjeta.

—¿Quién es Valcárcel?

Tejada se quedó blanco.

No había esperado el nombre.

—Váyase.

—¿Trabajaba para Esteban?

—Váyase.

—¿Mató a Clara?

—He dicho que se vaya.

Me acompañó hasta la puerta y la cerró antes de que pudiera hacer otra pregunta.

En el ascensor llamé a Lucía.

—Ramón Tejada sabe algo.

—Qué revelación. Es abogado.

—Ha quedado conmigo mañana a las siete.

—¿Dónde?

Le di la dirección.

—Es una nave en Vicálvaro —dijo después de teclear algo—. Propiedad de Norba Gestión hasta 2012.

Miré la libreta de Álvaro en mi mochila.

—Una de las sociedades que investigaba.

—No vayas solo.

—No pensaba hacerlo.

—Eso sí que me preocupa.

Colgué.

A las seis y cuarto de la mañana siguiente, Ramón Tejada cayó desde la terraza de su piso.

La policía lo llamó suicidio durante exactamente cuarenta y tres minutos.

Luego encontraron sangre ajena en el pasillo.

Lucía me llamó a las siete menos cinco.

—No vengas a Serrano.

—Ya estoy en el coche.

—Entonces cambia de dirección.

—¿Ha muerto?

—Sí.

—¿Suicidio?

—No.

Hubo un silencio.

—La cita —dije.

—Lo sé.

—Voy a Vicálvaro.

—No.

—Él quería enseñarme algo.

—Y alguien lo ha matado por eso.

—Buen motivo para mirar.

—Mateo…

—¿Vienes o no?

Lucía soltó una palabrota.

—Mándame ubicación. Y no entres hasta que llegue.

—Por supuesto.

Colgué.

Mentira número tres.