Los muertos no llaman CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Dormí treinta y siete minutos.

No porque quisiera, sino porque el cuerpo decidió apagarme mientras estaba sentado frente al ordenador. Desperté con la mejilla sobre una carpeta y una marca de espiral en la cara.

A las ocho llamé a un cerrajero al que había utilizado en dos investigaciones de seguros. No le enseñé la llave. Le mandé una foto.

—Parece de consigna antigua —dijo—. O de caja privada. ¿Tiene marca?

—Solo el número.

—Mire la cabeza. ¿Alguna letra pequeña?

Usé la cámara del móvil como lupa.

Había dos caracteres casi borrados: C.A.

El cerrajero tardó diez minutos en identificar al fabricante. Una empresa cerrada hacía años que había suministrado cerraduras a estaciones, trasteros y consignas privadas.

Una búsqueda en registros de comercio me llevó a una antigua estación de autobuses en Méndez Álvaro que había dejado de operar con ese sistema una década atrás. Parte de las instalaciones se había convertido en un almacén privado.

La caja 314 seguía existiendo.

Llegué al mediodía.

El encargado tenía sesenta años, uñas amarillas y la cortesía de quien ha visto demasiadas mudanzas como para interesarse por una más.

—¿Documentación?

Le enseñé mi licencia.

—Esto no es la policía.

—Mejor para los dos.

—¿La caja está a su nombre?

—No.

—Entonces no puedo abrirle el acceso.

Puse la llave sobre el mostrador.

—No necesito que la abra. Solo que me diga si corresponde a una de aquí.

La examinó.

—Puede.

—¿Cuánto cuesta que pueda?

Me miró.

—No me soborne.

—No era un soborno. Era una pregunta sobre tarifas.

—Las tarifas están ahí.

Señaló un cartel.

Esperé.

Él también.

Finalmente suspiró.

—Las consignas antiguas no están informatizadas. Si la llave abre, abre. Si viene el titular y se queja, yo no sé nada.

—Empiezo a apreciar su servicio al cliente.

Bajamos por un pasillo donde el fluorescente transformaba a cualquiera en sospechoso. La caja 314 estaba al final de una fila metálica.

La llave entró.

Giró.

Dentro había un sobre marrón, una memoria USB y una libreta negra de tapas blandas.

No toqué la memoria allí.

Abrí la libreta.

Las primeras páginas contenían fechas, matrículas, iniciales y cantidades. Algunas cifras tenían seis ceros. Otras iban acompañadas de nombres de promociones inmobiliarias de la periferia madrileña.

Albor Sur.

Teseo Desarrollo.

Norba Gestión.

Horizonte Trece.

Varias me sonaban del archivo de Julián.

En la página treinta y dos aparecía un listado de matrículas. Junto a una de ellas, unas iniciales: S.R.

En la página treinta y ocho, un nombre completo.

Federico Alcázar.

Notario.

En la última página encontré una frase escrita con tinta azul:

Si me pasa algo, buscad a M. Vela.

La caligrafía era de Álvaro.

Me senté en el suelo.

Conocía aquella letra. Habíamos rellenado cientos de informes juntos. Él hacía las aes como triángulos. Yo me burlaba. Él decía que escribir bonito era una forma de perder tiempo que podría dedicarse a beber cerveza.

La fecha de la última anotación era el 16 de junio de 2010.

Álvaro murió el 18.

El sobre marrón contenía fotocopias de transferencias bancarias, escrituras parciales y dos fotografías. En una aparecía un edificio en construcción. En otra, una matrícula de coche.

La memoria USB llevaba una etiqueta escrita a mano: Copia B .

Guardé todo en la mochila.

Antes de cerrar la caja comprobé el fondo con los dedos. Vacío.

Al salir del pasillo vi al encargado fumando junto a una puerta lateral.

—¿Ha venido alguien preguntando por esa caja? —le pregunté.

—¿Hoy?

—Alguna vez.

Dudó.

—Un hombre hace meses. Traje oscuro. Quería saber si seguía activa.

—¿Nombre?

—No lo dio.

—¿Edad?

—Cincuenta y pico. Quizá sesenta.

—¿Algo que recuerde?

El encargado se encogió de hombros.

—Conducía un Jaguar negro. De los grandes.

No respondí.

Salí al aparcamiento.

El Jaguar estaba allí.

Negro.

A veinte metros.

Motor en marcha.

El conductor llevaba gafas de sol a pesar del cielo gris.

No miré directamente.

Caminé hacia mi coche como si no lo hubiera visto.

El Jaguar arrancó.

Yo seguí andando.

A mitad de camino cambié de dirección y entré en una cafetería. Crucé el local entre camareros que preparaban el turno de comidas y salí por una puerta de servicio que daba a un callejón.

Escuché el coche pasar por la avenida.

Corrí hasta la calle paralela y levanté la mano a un taxi.

—Atocha.

El conductor me miró por el espejo.

—¿Qué parte?

—La que tenga más salidas.

No hizo preguntas. Madrid forma buenos taxistas.

Llamé a Lucía.

—Necesito hacerte una pregunta.

—Tú siempre necesitas algo.

—¿Conserváis el expediente de Álvaro?

Silencio.

—¿Por qué?

—Porque alguien me ha enviado material que parece suyo.

—¿Qué material?

—Primero la pregunta.

—Sí. Está digitalizado y el original sigue en archivo.

—Quiero verlo.

—No puedes.

—Entonces míralo tú. Busca referencias a Grupo Llorente Orbea, Clara Salcedo, Ramón Tejada y cualquier investigación urbanística en 2009 y 2010.

—Mateo, ¿qué estás haciendo?

Miré por la luneta trasera.

El Jaguar negro apareció dos coches detrás.

—Intentando averiguar por qué murió mi compañero.

—Eso ya lo sabes.

—No. Sé a quién condenamos.

—Es lo mismo.

—No siempre.

—¿Dónde estás?

—En un taxi.

—Eso no es una dirección.

—Es toda la precisión que vas a tener.

—Mateo…

Colgué.

Pedí al taxista que tomara una salida, luego otra y después una tercera. El Jaguar mantuvo la distancia.

—¿Le siguen? —preguntó el taxista.

Lo miré.

—¿Por qué lo dice?

—Porque me ha hecho dar tres vueltas y el mismo coche sigue detrás. No soy nuevo.

—¿Puede perderlo?

Sonrió.

—Eso cuesta suplemento.

—Póngalo en la factura.

En Atocha me dejó junto a una entrada lateral. Entré, bajé a Cercanías, atravesé un andén y subí a un tren segundos antes de que las puertas se cerraran.

El hombre de las gafas apareció al otro lado del cristal.

Nos miramos.

Era corpulento, pelo gris muy corto, mandíbula ancha. Tenía una pequeña cicatriz junto a la oreja.

Sonrió.

No era la sonrisa de alguien que hubiera perdido mi rastro.

Era la de alguien que quería que supiera que podía encontrarme cuando quisiera.

El tren arrancó.

Abrí la mochila y toqué la libreta de Álvaro a través de la tela.

Dieciséis años antes alguien había matado a mi compañero por algo que él había escondido para mí.

La pregunta ya no era por qué.

La pregunta era cuánto tiempo llevaban esperando a que yo lo encontrara.