CAPÍTULO 3
CLARA SALCEDO
A las cuatro y doce de la mañana aparqué frente a las oficinas de Orbea Capital.
El edificio estaba en una calle secundaria del barrio de Salamanca, con fachada de piedra y un vestíbulo donde hasta las plantas parecían tener asesor fiscal. A esas horas solo había un vigilante de seguridad y dos limpiadoras.
No entré.
No era necesario.
La policía acabaría registrando el despacho. Tal vez ya lo habría precintado antes del amanecer. Si intentaba colarme y me encontraba una cámara, Lucía no necesitaría una orden para quedarse con mi teléfono. Necesitaría paciencia para dejar de insultarme.
Me quedé en el coche y pensé.
Julián había dicho que había un sobre en su despacho. «Sabes dónde está».
La botella estaba detrás de Montecristo.
Eso no significaba que el sobre siguiera allí.
Habían robado el portátil.
El asesino probablemente había buscado en el despacho antes o después de matar a Julián. Si conocía la existencia del mensaje quizá conocía también el escondite.
A las cuatro y veinte abrí el portátil desde el asiento del coche y busqué a Clara Salcedo.
Aparecieron cientos de resultados.
Profesoras.
Abogadas.
Una fisioterapeuta en Zaragoza.
Una arquitecta de Barcelona que tenía una cuenta de Instagram dedicada a fachadas modernistas.
Añadí «Madrid».
Luego «Orbea».
Nada útil.
Probé con hemerotecas.
En la sexta búsqueda apareció.
MUERE UNA JOVEN EN UN ACCIDENTE EN LA M-611
La noticia era del 14 de noviembre de 2009.
Una mujer de treinta y un años había fallecido después de que el vehículo que conducía abandonara la carretera cerca de Miraflores de la Sierra. El coche cayó por un terraplén y se incendió. El cuerpo quedó gravemente calcinado.
La víctima se llamaba Clara Salcedo Montalbán.
Treinta y un años.
Economista.
Directora financiera de un grupo inmobiliario.
Seguí leyendo.
Grupo Llorente Orbea.
Me quedé mirando la pantalla.
Esteban Llorente.
Julián Orbea.
La mujer que debía encontrar llevaba diecisiete años muerta.
Busqué más.
Una segunda referencia apareció en una revista económica digital, cinco meses antes del accidente.
GRUPO LLORENTE ORBEA ADQUIERE 470.000 METROS CUADRADOS EN LA ZONA SUR DE MADRID .
La fotografía mostraba a cuatro personas delante de una maqueta.
Reconocí a Julián. Más joven, más delgado, el pelo aún completamente negro.
A su lado, Esteban Llorente: corpulento, sonrisa de anuncio bancario, una mano sobre el hombro de Julián.
Después, Clara.
Tenía el pelo oscuro y liso, la cara delgada y una expresión que no era exactamente una sonrisa. Miraba a la cámara como si supiera algo que los demás ignoraban.
El cuarto era Ramón Tejada, director jurídico.
Guardé la foto.
Busqué «Clara Salcedo investigación», «Clara Salcedo fraude», «Clara Salcedo Llorente». Nada.
La muerte había sido una noticia menor. Cuatro párrafos. Sin seguimiento.
Resultaba sorprendente la facilidad con la que una persona podía desaparecer de Internet antes de que Internet aprendiera a no olvidar nada.
A las cinco y diez regresé al despacho.
La agencia ocupaba un segundo piso de un edificio estrecho en la calle de los Reyes. En la puerta aún figuraba el nombre antiguo:
VELA & LUNA
INVESTIGACIONES.
Álvaro Luna llevaba muerto dieciséis años.
Nunca había tenido fuerzas para quitar las letras.
El despacho olía a café viejo, papel y el radiador que llevaba tres inviernos amenazando con explotar.
Había dos mesas, aunque solo una se utilizaba.
Cuatro archivadores. Un sofá donde ningún ser humano debería dormir pero donde yo dormía más de lo recomendable.
En una estantería, una cafetera italiana abollada que no había funcionado desde hacía años.
Encendí el fluorescente.
Parpadeó tres veces.
Me serví café de la máquina nueva, que era peor que la vieja.
Después escribí en una hoja:
CLARA SALCEDO.
Debajo:
JULIÁN ORBEA.
Más abajo:
ESTEBAN LLORENTE.
Y finalmente:
RAMÓN TEJADA.
Cuatro nombres.
Un muerto confirmado.
Otro supuestamente muerto.
La mayoría de los casos empiezan así: nombres que no parecen relacionados hasta que alguien decide morir en el orden correcto.
Abrí el archivo digital de mi antiguo caso con Julián. No había nada relacionado con Clara. Sin embargo, encontré una cosa que en aquel momento me había parecido irrelevante.
En la investigación sobre el socio que desviaba dinero aparecía una transferencia desde una sociedad llamada Albor Sur.
La misma sociedad aparecía citada en la noticia de 2009 como una de las vehículos de la operación urbanística de Llorente Orbea.
Quizá no significaba nada.
Casi todo en una investigación no significa nada hasta que lo hace.
Llamaron a la puerta.
Tres golpes.
Miré la hora.
05:43.
Ningún cliente respetable visita a un detective antes de las seis de la mañana.
Abrí el cajón inferior de la mesa.
Dentro había una pistola.
No la saqué.
—¿Quién es?
Silencio.
Los tres golpes volvieron a sonar.
Me acerqué.
Miré por la mirilla.
Una mujer esperaba en el pasillo.
Unos cuarenta años. Abrigo oscuro. Cabello mojado. El rostro apenas iluminado por la lámpara del techo.
Abrí dejando puesta la cadena.
—¿Mateo Vela?
—Depende.
—¿De qué?
—De quién pregunte.
La mujer metió la mano en el bolso.
Mi mano bajó hacia el cajón.
Sacó un sobre.
—Julián Orbea me dijo que se lo entregara.
Abrí la puerta.
—¿Quién es usted?
Me tendió el sobre.
—No importa.
—Esta noche sí.
Miró hacia las escaleras.
—Julián está muerto.
No preguntó.
Lo sabía.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque si estuviera vivo yo no estaría aquí.
Intenté verle mejor la cara.
Había algo familiar en ella. La forma de los ojos, quizá.
—Entre.
—No.
—Entonces dígame su nombre.
Retrocedió.
—Abra el sobre.
Empezó a caminar hacia las escaleras.
—Espere.
Se volvió.
—¿Conoce a Clara Salcedo?
La mujer se quedó inmóvil.
No respondió.
—Murió en 2009 —añadí.
Algo cambió en su expresión.
Miedo.
Quizá tristeza.
—Eso dicen.
Bajó las escaleras.
Corrí tras ella.
Cuando llegué al portal ya no estaba.
La calle estaba casi vacía. Solo lluvia, el rumor de Gran Vía a lo lejos y un taxi alejándose hacia Plaza de España.
Volví arriba.
Cerré la puerta con llave.
El sobre no llevaba mi nombre.
Lo abrí.
Dentro había tres cosas.
Una llave pequeña.
Una fotografía.
Y un recorte de periódico.
Cogí primero la foto.
Mostraba a tres hombres sentados en la terraza de un restaurante. Reconocí a Julián Orbea y a Esteban Llorente. El tercero estaba de espaldas. En la parte posterior alguien había escrito una fecha.
17-6-2010.
Debajo había una frase.
Pregúntale quién hizo la foto.
Dejé la fotografía sobre la mesa.
Cogí el recorte.
Era una noticia sobre un tiroteo ocurrido dieciséis años atrás.
No necesité leer el titular.
Conocía aquella página.
La había guardado durante años y después la había tirado, o eso creía.
UN INSPECTOR MUERTO Y OTRO HERIDO DURANTE UNA OPERACIÓN POLICIAL EN MADRID.
La fotografía mostraba una ambulancia, varios vehículos policiales y agentes acordonando una nave industrial de Villaverde.
El inspector fallecido era Álvaro Luna.
Mi compañero.
El herido era yo.
Sentí que la habitación se hacía más pequeña.
Le di la vuelta al recorte.
Había una frase escrita a mano.
Solo seis palabras.
Álvaro descubrió lo que hizo Clara.
Me senté.
Durante unos segundos escuché únicamente la lluvia golpeando los cristales.
Luego miré la fotografía de Clara Salcedo en la pantalla del portátil.
Había muerto en noviembre de 2009.
Álvaro murió siete meses después.
Julián Orbea había muerto aquella noche.
Tres muertos separados por diecisiete años.
Y alguien acababa de llamar a mi puerta para decirme que el primero quizá nunca había muerto.
Cogí la llave.
Era de una caja de seguridad. En uno de los lados llevaba grabado un número:
314.
El teléfono vibró.
Número oculto.
Contesté.
—¿Sí?
Nadie habló.
—¿Clara?
Silencio.
Después una mujer dijo:
—Deje de buscarme, señor Vela.
La voz sonaba tranquila. Demasiado tranquila.
—Ha sido usted quien me ha llamado.
—No.
—Entonces tenemos algo en común.
—¿Qué?
Miré el recorte de periódico.
—Los dos conocemos a demasiados muertos.
La mujer permaneció en silencio.
—¿Dónde está?
—Escúcheme con atención. Julián cometió un error al involucrarle.
—Julián está muerto.
—Lo sé.
—¿Quién lo mató?
La línea quedó muda durante varios segundos.
Después dijo:
—La misma persona que mató a su compañero.
La llamada se cortó.
Me quedé mirando el teléfono.
Durante dieciséis años había pensado que sabía quién había matado a Álvaro Luna.
Incluso había declarado contra aquel hombre.
Lo vi entrar en prisión.
Murió allí cinco años después.
Entonces comprendí algo.
Aquella mujer no me estaba diciendo que el asesino de Álvaro siguiera vivo.
Me estaba diciendo algo mucho peor.
Que durante dieciséis años habíamos encarcelado al hombre equivocado.