CAPÍTULO 2
UN HOMbrE MUERTO
Cuando llegué a la urbanización había tres coches de policía junto a la entrada y una ambulancia que ya no tenía prisa.
Aquello nunca era una buena señal.
Las casas se alineaban detrás de setos altos y muros de piedra, todas distintas y todas iguales en su empeño por demostrar que quienes vivían dentro no querían que nadie supiera cómo vivían. Aparqué cincuenta metros más abajo para no bloquear la calle.
La lluvia había ganado intensidad.
Un agente joven controlaba el acceso al camino privado. Tendría veinticinco años y la cara de quien aún cree que el uniforme viene con respuestas.
—No puede pasar.
Le enseñé mi identificación profesional.
La miró.
—¿Detective privado?
—Eso pone.
—¿Familia?
—Peor.
Me devolvió la tarjeta.
—Entonces no puede pasar.
Detrás de él apareció una mujer con una gabardina beige y el pelo recogido de cualquier manera.
La inspectora Lucía Romero había envejecido bien.
Yo no.
Nos habíamos conocido veinte años antes en la academia. Ella seguía en la policía. Yo había tomado unas cuantas decisiones diferentes y alguna de ellas todavía me escribía en Navidad.
—Déjalo —dijo.
El agente se apartó.
Lucía esperó a que me acercara.
—Vela.
—Romero.
—Pensaba que estabas muerto.
—Yo también.
No sonrió.
Nunca le había hecho demasiada gracia mi sentido del humor. En los buenos tiempos había conseguido tolerarlo. Después dejamos de tener buenos tiempos.
—¿Qué haces aquí?
—Me ha llamado Elena.
Mentira número dos.
Lucía miró hacia la casa y luego volvió a mirarme.
—Qué casualidad.
—Madrid está lleno de ellas.
—¿A las dos y media de la mañana?
—Las buenas casualidades madrugan.
Se acercó un poco más.
—Mateo, si estás metido en esto, prefiero saberlo antes de que alguien de Homicidios descubra que has tocado algo.
—No he tocado nada.
—Todavía.
—Me ofendes.
—Te conozco.
Eso era peor.
Entramos.
La casa de los Orbea era moderna, blanca y demasiado silenciosa. El salón daba a un jardín donde la lluvia hacía brillar las baldosas. Había una copa de vino sobre una mesa baja y una manta doblada en el sofá. En una esquina, una fotografía de Julián y Elena con un chico joven frente al Big Ben.
Elena estaba sentada junto a una agente. Llevaba una bata sobre un camisón y tenía las manos apretadas alrededor de una taza que nadie había llenado.
Levantó la vista al verme.
Durante un segundo pareció aliviada.
Luego recordó por qué estaba yo allí.
Lucía me hizo un gesto hacia una puerta interior.
—No toques nada.
—Nunca toco nada.
—Ese fue exactamente tu problema.
La miré.
Ella siguió andando.
El garaje estaba bajo la vivienda. Dos coches ocupaban las plazas principales: un Mercedes familiar y un Porsche gris. El suelo de cemento tenía una franja oscura donde el agua de lluvia había entrado con las ruedas.
Julián Orbea estaba tendido junto al Porsche.
Llevaba pantalones oscuros, camisa blanca y zapatos. No llevaba chaqueta. Tenía los ojos abiertos y una expresión de sorpresa que ya había visto muchas veces.
Los muertos casi nunca parecen asustados.
Parecen decepcionados.
Había recibido un disparo en el pecho.
A dos metros del cuerpo, un teléfono roto en varias piezas.
—Ahora dime por qué estás aquí —dijo Lucía.
Miré a Julián.
—Cliente antiguo.
—Eso ya lo sé.
—Entonces nos ahorramos tiempo.
—Su mujer dice que hacía más de dos años que no trabajabas para él.
—Correcto.
—Y apareces media hora después de que encontremos el cadáver.
—También correcto.
—¿Te llamó?
No respondí.
Lucía me observó con ese silencio que utilizaba en los interrogatorios cuando el otro creía que nadie estaba preguntando nada.
—Te llamó —repitió.
—No.
—Te escribió.
Volví a mirar el teléfono destrozado.
—No tengo obligación de enseñarte el mío.
—Todavía.
—Entonces estamos de acuerdo.
Sus ojos se endurecieron.
En otro tiempo habíamos compartido guardias, cafés, cervezas y un par de errores que ninguno mencionaba. También habíamos compartido algo más durante tres semanas en 2007, pero la memoria es generosa: con los años convierte tres semanas en un rumor.
Lucía señaló el cadáver.
—Le dispararon a corta distancia. Una sola vez. Probablemente conocía al asesino porque no hay signos de forcejeo y las cámaras de la entrada no registran ninguna intrusión.
—¿Cámaras dentro?
—Estoy haciendo las preguntas.
—Eso significa que sí.
No respondió.
Miré alrededor. Había una cámara sobre la puerta de acceso del garaje.
—¿Qué falta?
—¿Por qué supones que falta algo?
—Porque si fuera un robo me habrías echado hace cinco minutos.
Lucía apretó los labios.
—Su portátil.
—¿Dinero?
—En la cartera hay cuatrocientos treinta euros.
—Reloj.
—Rolex. Sigue en la muñeca.
—Entonces buscaban información.
—O querían que pensáramos eso.
Asentí.
Buena respuesta.
Me acerqué un poco más al cuerpo, sin cruzar la línea marcada por los técnicos.
—Hora aproximada.
—Entre la una y la una y media.
Mi móvil vibró en el bolsillo.
No lo saqué.
Lucía lo oyó.
—¿Seguro que no quieres contarme algo?
—Seguro.
Una puerta se abrió arriba.
Escuchamos pasos bajando la escalera.
Era Elena.
La agente que la acompañaba intentó detenerla.
—Señora Orbea…
—Quiero hablar con él.
Me señaló.
Lucía me miró.
—Cinco minutos.
Subimos al salón.
Elena se sentó. Yo permanecí de pie.
—Julián te llamó esta noche —dijo.
No era una pregunta.
Miré a Lucía, que se encontraba al otro lado de la estancia fingiendo revisar el móvil.
—Sí.
Elena cerró los ojos.
—Lo sabía.
—¿Cómo?
—Llevaba semanas diciendo tu nombre.
Aquello no me gustó.
—¿Por qué?
—No lo sé. Pensaba que tenía que ver con alguna de esas cosas suyas. Socios, dinero. Desde hace un mes apenas dormía.
—¿Recibió amenazas?
—No me dijo nada.
—¿Discutió con alguien?
Elena soltó una risa amarga.
—Julián discutía con todo el mundo.
—Esta vez.
Su expresión cambió.
—Con Esteban.
—¿Quién es Esteban?
—Esteban Llorente. Su antiguo socio.
Anoté mentalmente el nombre.
—¿Algo más?
Elena miró hacia Lucía.
—Una mujer.
—¿Qué mujer?
—No lo sé. Le llamó varias veces. Cuando contestaba se encerraba en el despacho.
—¿Nombre?
—Clara.
Sentí un pequeño golpe en el estómago.
—¿Apellido?
—Nunca lo dijo.
Lucía dejó de fingir que no nos escuchaba.
—¿Cuándo fue la última llamada? —pregunté.
—Ayer por la tarde.
—¿Qué dijo Julián?
Elena se secó una lágrima con la manga.
—Le dijo que había encontrado al policía.
No dije nada.
Lucía tampoco.
—¿Qué policía?
—No lo sé.
Elena me miró directamente.
—Después dijo tu nombre.
Lucía se acercó.
—Mateo.
No respondí.
—¿Quién es Clara?
Saqué el móvil. Abrí el mensaje de Julián, pero no se lo entregué.
Cuarenta y siete segundos.
«Necesito que encuentres a una persona. Se llama Clara Salcedo».
—No lo sé —dije.
Y por primera vez aquella noche era verdad.
Lucía extendió la mano.
—Déjame escuchar el mensaje.
—No.
—Hay un hombre muerto.
—Precisamente.
—¿Qué significa eso?
—Que Julián me pidió expresamente que no llamara a la policía.
La frase salió antes de que pudiera detenerla.
Lucía se quedó inmóvil.
—Así que sí hay un mensaje.
—He dicho demasiado.
—Has dicho lo suficiente.
—No para llevártelo.
—Puedo pedir una orden.
—Puedes.
—Y puedo retener el teléfono.
—Inténtalo.
Nos miramos durante un momento.
Elena observaba la escena como quien presencia una discusión en otro idioma.
Lucía bajó la voz.
—No estamos en 2010, Mateo.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
Noté tensión en los hombros.
—No he dicho que lo estuviéramos.
—Pero sigues comportándote como entonces.
—Tú también.
Hubo un silencio.
Lucía fue la primera en apartar la mirada.
—Vete a casa —dijo—. Y no hagas ninguna estupidez.
—¿Cuál es la definición legal de estupidez?
—Cualquier cosa que estés pensando ahora mismo.
Salí.
En la puerta principal me crucé con un técnico de Científica que llevaba una bolsa transparente. Dentro había una pequeña tarjeta de memoria deformada.
—¿Del teléfono? —pregunté.
El técnico me miró sin responder.
No hacía falta.
En el coche volví a escuchar el mensaje.
«En mi despacho hay un sobre para ti. Sabes dónde está».
No sabía dónde estaba.
Pero Julián me conocía lo suficiente para saber una cosa: si me dejaba una frase imposible de entender, me pasaría la noche intentando demostrar que sí podía entenderla.
Arranqué.
A medio camino de Madrid, recordé la primera vez que había estado en su despacho.
Julián tenía una manía. Cuando hablaba de cosas que no quería que escuchara nadie, se levantaba, caminaba hasta una librería y sacaba una botella de whisky escondida detrás de una edición encuadernada de El conde de Montecristo.
«Sabes dónde está».
Sonreí sin ganas.
Claro que lo sabía.
A veces los muertos tampoco llaman.
Dejan pistas.