Los muertos no llaman CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

EL MENSAJE

Los muertos no llaman.

Aquella era una de las pocas certezas que me quedaban. La otra era que nadie telefoneaba a un detective privado a las dos y diecisiete de la madrugada para darle buenas noticias.

El móvil vibró sobre la mesilla. Una vez. Luego otra.

Abrí los ojos y tardé unos segundos en recordar dónde estaba.

El techo de mi dormitorio tenía una mancha de humedad con forma de continente que llevaba allí tanto tiempo que ya había empezado a reconocer países.

Portugal estaba encima de la lámpara. Italia quedaba cerca de la ventana.

España se había desprendido hacía seis meses y yo seguía sin llamar a nadie para arreglarlo.

La luz naranja de una farola entraba a través de la persiana mal cerrada. En el suelo, junto a la cama, había un vaso con dos dedos de whisky y una novela que llevaba tres semanas por la misma página.

Había bebido.

No mucho.

Lo suficiente para dormir sin soñar.

Cogí el teléfono.

No había llamada perdida. Había un mensaje de voz.

Número desconocido.

Duración: cuarenta y siete segundos.

Miré la hora.

02:17.

Lo dejé sobre la mesilla.

Quienquiera que fuese podía esperar hasta la mañana.

Me giré y cerré los ojos. Entonces vi el segundo teléfono cargando junto a la pared.

El móvil de trabajo.

Volví a mirar el que tenía en la mano.

Era mi número privado. Lo conocían muy pocas personas y ninguna tenía una buena razón para usarlo de madrugada.

Pulsé reproducir.

Durante los primeros cuatro segundos no se oyó nada.

Después respiró un hombre.

—Mateo.

Reconocí la voz antes de que dijera el nombre.

Me incorporé.

—Soy Julián Orbea. No sé cuándo vas a recibir esto. Espero que pronto.

Otra respiración.

Esta vez más rápida.

—Si estás escuchándolo, probablemente ya estoy muerto.

La embriaguez se evaporó.

Me senté en el borde de la cama.

—Necesito que encuentres a una persona. Se llama Clara Salcedo. No llames a la policía. No hables con nadie hasta encontrarla. En mi despacho hay un sobre para ti. Sabes dónde está.

No sabía dónde estaba.

—Clara puede explicártelo todo.

Se oyó un golpe, como el cierre de una puerta de coche.

Luego una voz muy lejana.

—Julián.

Orbea guardó silencio.

Cuando volvió a hablar, bajó tanto la voz que tuve que acercar el teléfono a la oreja.

—Y Mateo… perdóname.

La grabación terminó.

Me quedé sentado sin moverme.

Fuera, Madrid continuaba haciendo lo que hace una ciudad cuando alguien cree que el mundo acaba de cambiar: nada. Un autobús nocturno pasó por Princesa. Un taxi tocó el claxon. En el edificio de enfrente una ventana se encendió y luego volvió a apagarse.

Reproduje el mensaje una segunda vez.

Luego una tercera.

En la cuarta me fijé en algo.

Justo antes de que Orbea dijera mi nombre por última vez se escuchaba aquella voz masculina.

—Julián.

Pausé.

Retrocedí.

Volví a escucharla.

No reconocí la voz. Pero sí reconocí el tono.

No era alguien llamándolo desde lejos.

Era alguien que esperaba una respuesta.

Llamé al número desde el que había llegado el mensaje.

Una locución me informó de que el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura.

Lo intenté otra vez.

Lo mismo.

Conocía a Julián Orbea desde hacía tres años. No éramos amigos. Los detectives privados tenemos pocos amigos y demasiadas personas que creen que lo son porque una vez nos pagaron una factura.

Había aparecido en mi despacho una mañana de noviembre con un abrigo que costaba más que mi coche y una carpeta bajo el brazo.

Sospechaba que uno de sus socios desviaba dinero de una filial.

Yo descubrí que tenía razón y que el socio no era especialmente listo.

Seis meses después volvió porque sospechaba que su mujer le era infiel.

También tenía razón. Aquello le dolió bastante más que el dinero.

Nunca volvió a contratarme.

Hasta aquella noche.

Busqué su número particular y llamé.

Cinco tonos.

Seis.

Siete.

Contestó una mujer.

—¿Sí?

Era Elena Orbea.

—Elena.

Silencio.

—¿Quién es?

—Mateo Vela. ¿Está Julián?

No respondió.

Detrás de ella se oían voces. Una radio. Alguien hablando con ese tono bajo y profesional que usan policías, médicos y empleados de funeraria cuando la vida de otra persona acaba de estropearse.

—¿Dónde estás? —preguntó.

—En casa.

—¿Por qué llamas?

—Necesito hablar con Julián.

Elena empezó a llorar.

No de la forma en que llora la gente en las películas. No hubo sollozos ni gritos. Solo un pequeño sonido al intentar coger aire.

—Han matado a Julián.

Miré la hora.

02:24.

—¿Cuándo?

—No lo sé.

—Elena. ¿Cuándo?

—Hace… hace un rato. En el garaje. Bajó a por algo al coche. Yo estaba arriba. Escuché… creí que era una puerta. Después fui a buscarlo.

Ya estaba buscando los pantalones.

—¿Está la policía?

—Sí.

—Voy para allá.

—Mateo.

—¿Sí?

—¿Por qué preguntabas por él?

Miré el teléfono.

Mentir es una herramienta profesional. Como una cámara, una libreta o una ganzúa. La diferencia es que las otras herramientas pueden guardarse en un cajón.

Las mentiras no.

—Porque necesitaba hablar con él.

—¿Sobre qué?

—Trabajo.

No era una buena mentira, pero las dos mejores características de una mentira son llegar a tiempo y no necesitar demasiados detalles.

Colgué.

Tardé siete minutos en vestirme. Dos más en encontrar las llaves del coche. Antes de salir volví al dormitorio.

Reproduje el mensaje una vez más.

«Si estás escuchándolo, probablemente ya estoy muerto».

Miré la hora de recepción.

01:58.

Veintiséis minutos antes de que Elena me dijera que lo habían encontrado.

Orbea tenía cincuenta y ocho años, una empresa de inversiones inmobiliarias, una casa en Aravaca y la clase de agenda en la que un hombre puede tener enemigos sin necesidad de conocerlos personalmente.

Pero había algo peor que tener enemigos.

Saber que uno de ellos está lo bastante cerca como para oírlo respirar.

Cogí la chaqueta.

Al cerrar la puerta vi mi reflejo en el cristal del descansillo: barba de dos días, camisa mal abotonada, ojos rojos. El tipo que me devolvió la mirada no parecía un detective. Parecía alguien al que acababan de despertar para comunicarle que el pasado había vuelto a encontrar su dirección.

Bajé las escaleras.

En la calle empezaba a llover.

Durante el trayecto hasta Aravaca volví a escuchar el mensaje tres veces.

La última, en un semáforo de Moncloa, oí algo que no había notado antes.

Tras la voz desconocida, justo antes de que Julián dijera «perdóname», sonaba un pequeño pitido electrónico.

Dos tonos cortos.

Un sistema de apertura de garaje.

Julián había grabado el mensaje allí abajo.

Y si su asesino estaba a su lado, entonces no había sido una amenaza futura.

Había sido una despedida.