Los muertos no llaman
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PRÓLOGO
CUARENTA Y OCHO HORAS ANTES
Julián Orbea grabó su muerte dos días antes de que ocurriera.
Lo hizo sentado en el interior de su coche, con el motor apagado y las luces de un aparcamiento subterráneo reflejándose en el parabrisas.
A esa hora, las plantas inferiores de la torre estaban casi vacías.
Cada treinta segundos se encendía un fluorescente al fondo y el zumbido viajaba por el techo como un insecto atrapado.
Julián miró el teléfono.
Había borrado la grabación cuatro veces.
En la quinta decidió no escucharla antes de guardarla.
Pulsó el botón rojo.
Durante unos segundos solo se oyó su respiración.
—Mateo.
Se detuvo.
Pensó en empezar otra vez.
No lo hizo.
—Soy Julián Orbea. No sé cuándo vas a recibir esto. Espero que pronto.
Una puerta metálica se cerró en algún punto del garaje.
Julián levantó la cabeza.
Esperó.
Nada.
Volvió al teléfono.
—Si estás escuchándolo, probablemente ya estoy muerto.
La frase sonó ridícula dentro de un Mercedes de ciento veinte mil euros.
Durante años había pagado para que las cosas desagradables ocurrieran lejos de él. Abogados. Gestores. Conductores. Directores de seguridad. Personas que abrían puertas y personas que conseguían que otras se cerraran.
El dinero era muy útil para crear distancia.
Hasta que dejaba de serlo.
—Necesito que encuentres a una persona. Se llama Clara Salcedo. No llames a la policía. No hables con nadie hasta encontrarla.
Se pasó una mano por la cara.
Aquello tampoco era cierto.
Mateo tendría que hablar con la policía.
Tendría que mentirles primero y pedirles ayuda después. Era una de las razones por las que lo había elegido.
—En mi despacho hay un sobre para ti. Sabes dónde está.
Otra mentira.
Mateo no sabía dónde estaba.
Pero alguien se lo haría llegar.
Si todo salía como debía.
Julián cerró los ojos.
—Clara puede explicártelo todo.
No podía.
Nadie podía explicarlo todo ya.
Ese era el problema de las historias que duraban demasiado: al final cada persona conservaba una versión distinta de los mismos muertos.
Un coche apareció por la rampa superior.
Julián miró por el retrovisor.
Faros blancos.
Despacio.
Demasiado despacio.
El vehículo pasó de largo.
Julián soltó el aire.
—Y Mateo...
Le costó decir lo siguiente.
No porque fuera difícil encontrar la palabra.
Porque llevaba dieciséis años evitándola.
—Perdóname.
Detuvo la grabación.
El archivo duraba cuarenta y siete segundos.
Lo guardó con un nombre absurdo: reunión jueves .
Después abrió la guantera.
Dentro había un sobre marrón, una llave pequeña y una fotografía antigua.
En la fotografía aparecían tres hombres en una terraza.
Dos miraban a cámara.
El tercero estaba de espaldas.
Julián pasó el pulgar sobre la fecha escrita detrás.
17-6-2010.
Volvió a guardarla.
El teléfono vibró.
Un mensaje sin nombre.
¿Lo has hecho?
Julián escribió:
Sí.
La respuesta llegó casi inmediatamente.
Entonces ya no hay vuelta atrás.
Julián sonrió sin ganas.
La gente decía aquello como si la vuelta atrás hubiera sido una posibilidad hasta cinco minutos antes.
Escribió otra frase.
Si me ocurre algo, envía el audio. Solo a Mateo.
Los tres puntos de escritura aparecieron en la pantalla.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
¿Y si Mateo no acepta?
Julián miró el asiento vacío del copiloto.
Recordó a un hombre más joven, sangrando en el suelo de una nave industrial. Recordó a otro hombre que no se levantó. Recordó una carpeta que nunca debería haber existido y un nombre que todos habían aprendido a pronunciar en voz baja.
Tecleó:
Aceptará.
Esta vez no hubo respuesta.
Julián salió del coche.
Al cerrar la puerta se vio reflejado en el cristal: sesenta años, traje oscuro, corbata aflojada, el aspecto exacto de un hombre al que nadie imaginaría asustado.
Caminó hacia el ascensor.
Antes de pulsar el botón miró una vez más el teléfono.
Cuarenta y siete segundos.
Eso era todo lo que iba a dejarle a Mateo Vela.
Cuarenta y siete segundos y dieciséis años de mentiras.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Dentro había un hombre.
Julián se quedó inmóvil.
El hombre sonrió.
—Buenas noches, Julián.
Julián guardó el teléfono en el bolsillo.
Entró.
Las puertas se cerraron.