Los muertos no hablan (Juegos de la mente 2) Capítulo 34
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Capítulo 34

C ada luz parpadeante de las ambulancias frente a Urgencias parecía apuntarle directamente a ella.

Demasiado brillante, demasiado viva: podía saborear el rojo, afilado sobre la lengua, oler el azul, denso y terroso.

¿Cuántas veces se habría quedado una ambulancia al ralentí allí, intentando desesperadamente salvar a alguien?

¿Cuántas veces no lo habrían conseguido?

Maggie avanzó con pesadez por el aparcamiento, apoyándose en Sammy, que le rodeaba los hombros con un brazo. Owen iba detrás con un enorme envase de patatas fritas. Sammy insistía en que Maggie se las comería en cuanto llegaran a casa de ella.

No fracasaste, Maggie. Papá está bien.

Seguía costándole asumirlo. Los médicos estaban ahora con él, haciéndole una batería de pruebas cognitivas, rehaciéndole los puntos que se le habían saltado durante el forcejeo y vendándole las heridas nuevas.

Estaba bien despierto, como lo había estado cuando el asesino entró en su habitación, pero todo aquello se parecía demasiado a un golpe de suerte.

Y eso la mareaba. La suerte era un recurso inescrutable, algo que no podía modificar, y seguramente por eso sentía que su vida se precipitaba fuera de control.

—¡Maggie! ¡Eh, espera!

Sammy se detuvo. Owen se volvió de golpe, alzando el envase como si estuviera dispuesto a usar las patatas de proyectiles.

Ella extendió la mano y le apretó el hombro.

Puro músculo. Así que tanto gimnasio por sus «beneficios psicológicos» estaba dando fruto.

Owen se volvió hacia ella, le sostuvo la mirada, asintió y se hizo a un lado.

Más allá de la figura rígida de Owen, Reid cruzaba a toda prisa el aparcamiento, aureolado por las luces intensas como un ángel corpulento —y bastante preocupado—. Sin pañuelo de bolsillo. Sin corbata.

Sammy la soltó y retrocedió un paso.

—Date prisa o te juro por Dios que me como estas patatas.

—Sí, le ayudo —terció Owen.

Maggie negó con la cabeza, aunque sonrió. Estaba segura de que la sonrisa le había salido tensa.

—Como no haya patatas saladas esperándome cuando acabe, os vais a enterar los dos.

Sammy abrió mucho los ojos.

—Primero tendrás que pillarme.

Y salió corriendo por el aparcamiento.

—¡Bobo! —le gritó ella. Owen volvió a mirar a Reid, que se acercaba, y después echó a correr tras Sammy.

Reid se detuvo a un par de metros de ella. Olía a chicle de canela y al almizcle especiado y terroso del sudor.

—Perdona por haber desaparecido —dijo Maggie—. Es que ahí dentro todo era… demasiado. Además, eras tú con quien necesitaban hablar.

No era fácil para una civil convencer a una sala llena de policías de que el niño de diez años tumbado en el suelo era un asesino en serie.

Estaba claro que no habían visto Muñeco diabólico ; no tenían ni idea de quién era Chucky.

Y tampoco conocían la magia de Benny Loves You , su película favorita de juguetes asesinos.

—Lo entiendo. Yo también querría salir corriendo.

Torció la boca en una media sonrisa; se le formaron arruguitas en las comisuras de los ojos, aquella expresión que siempre se le ponía cuando las cosas por fin empezaban a encajar, cuando la vida estaba bien.

Pero para ella era demasiado pronto para sentirse bien. Demasiado pronto. Muchísimo.

Como si quisiera demostrarlo, se le erizó el vello de la nuca: no estás sola . Pues claro que no estaba sola. Pero alzó la vista por encima del hombro de Reid.

Tristan estaba al otro lado del aparcamiento, apoyado contra el edificio, con los brazos cruzados y una sonrisa exasperantemente arrogante dibujada en el rostro. Los ojos verdes le brillaban. No hacía más que mirarla, como un acosador.

—Creo que ya sé la respuesta, pero ¿necesitas que te lleve a casa? —preguntó Reid.

Maggie parpadeó y negó con la cabeza. Seguía sintiendo la mirada de Tristan sobre ella, como un hormigueo.

—Alexis e Imani han ido a por mi coche. Luego recogen a los niños de Imani y nos vemos todos en mi casa. Alex ha dicho que necesitaba una excusa para pasarse la noche viendo películas, pero yo creo que Sammy y los niños solo se apuntan por el helado.

Las noches de cine eran como su tradición cuando alguien de la familia enfermaba. Hacía unos meses se habían marcado un maratón de Sharknado mientras esperaban noticias del abuelo de Imani.

Reid asintió.

—Supongo que debería volver a casa con Ezra.

Pero lo dijo de una forma rara; las arruguitas de las comisuras de sus ojos desaparecieron. De pronto se había puesto serio.

—Creo que voy a quedármelo.

Maggie enarcó una ceja. ¿Quedártelo?

—¿En plan adoptarlo?

Claro, porque no tienes un perro. Ni una araña. Aunque ella tampoco tenía ya ninguna de las dos cosas. Maggie reprimió una mueca.

—De momento lo acogeré —se encogió de hombros—. Es un chaval con problemas, pero alguien debería preocuparse por él. Alguien debería intentar mejorar las cosas.

—«Mejorar» es un término bastante subjetivo —dijo ella despacio.

—Sé que será complicado, y por eso necesito tu ayuda profesional. Si la respuesta es no, lo entenderé. Pero si hay alguien capaz de afrontar el reto, eres tú.

Maggie frunció el ceño. De compañeros de trabajo a vamos a criar un hijo juntos , ¿eh? Más allá del hombro de Reid, Tristan seguía observándola con aquellos ojos ardientes. Se le tensó el vientre.

Cuadró los hombros y volvió a mirar a Reid.

—Tengo un hueco semanal. Los martes a las cuatro.

Él asintió; el alivio en sus ojos era casi palpable.

—Es una cita.

Y lo era. Si entre los dos acababan criando a un asesino en serie, no sería por no haber intentado salvarlo.

Los muertos no mienten es la tercera novela de la serie Juegos de la mente. ¡Consigue Los muertos no mienten aquí!

Los muertos no mienten

Capítulo 1

Un sol velado se deslizaba entre la niebla de primera hora y proyectaba sombras turbias a ambos lados del sendero.

A cada golpe acompasado de las zapatillas de Lindsay, las hojas secas crujían, las ramitas se partían como huesecillos y la hierba rala le mojaba los tobillos de rocío.

Era inquietante, decidió, como caminar sobre tu propia tumba.

Pero a Lindsay no le importaba. El chillido agudo de los pájaros y el hormigueo que le recorría la espalda no hacían más que empujarla a correr más deprisa por el camino de tierra lleno de roderas.

Se secó el sudor de la frente, que ya le chorreaba.

Tres semanas para terminar el instituto de una vez por todas; tres semanas para la graduación y el verano.

En Fernborn, Indiana, la ciudad que quedaba al oeste, y en el pueblo vecino de Tysdale, al este, eso significaba ferias estatales y excursiones al lago.

Historias de miedo alrededor de una hoguera.

Y Jeff. Quizá sin camiseta.

Pero, de momento… tenía esto.

La bifurcación apareció ante ella como un espejismo: primero centelleó perezosa y luego se desvaneció cuando la concentración le flaqueó.

De frente, la luz moteada se filtraba entre la bóveda de ramas y hendía la oscuridad con un resplandor dorado y brumoso.

Por allí irían los demás; hasta donde sabía la mayoría, aquel era el único camino.

Pero ella no era una más. Un musgo espeso cubría la entrada del segundo sendero, y las ramas bajas estaban tan cargadas de kudzú silvestre que bajo ellas no se distinguía ni un destello de luz diurna.

El contraste era tan brusco que Lindsay vaciló, aunque sus pies no dejaban de golpear la tierra y el aliento se le escapaba entre jadeos.

Entonces se ajustó la coleta y tomó el desvío de la derecha, agachándose bajo las lianas resbaladizas para internarse en la oscuridad.

Aquel sendero estaba invadido por malas hierbas y bolas espinosas de liquidámbar: más crujidos secos, más huesos rompiéndose, el olor húmedo de la maleza podrida llenándole la nariz.

Lindsay apretó los dientes. Si no quería limitarse a correr de ida y vuelta por el mismo camino, no le quedaba otra que tomar el sendero que serpenteaba por las colinas más escarpadas y más próximas a Fernborn.

Aquella última competición de campo a través prometía ser brutal, y corredores bastante mejores que ella habían acabado vomitando en el bordillo.

Si entrenaba lo suficiente entre aquellas zarzas descuidadas, el circuito de la carrera de verdad —con cuestas, pero libre de maleza— sería pan comido.

La niebla se iba espesando a medida que avanzaba, y la oscuridad se hacía más insistente.

Dedos helados le reptaban por la espalda como uñas de bruja, pero ignoró el escalofrío y siguió adelante.

No era un personaje de novela de terror, una chica vulnerable que sería presa fácil para un asesino en serie con machete.

Era Lindsay «Dash» Harris, futura ganadora —otra vez— de la Competición de Campo a Través de Indiana y kickboxer los fines de semana.

Además, ¿qué clase de asesino en serie andaría rondando por el bosque a las ocho de la mañana de un martes?

Los asesinos no funcionaban así. Un callejón oscuro de ciudad, una furgoneta en una carretera larga y solitaria, un desconocido en un bar universitario, el Tribunal Supremo de Estados Unidos…

esas eran las amenazas de verdad. ¿Pero allí?

No pasaban suficientes víctimas como para que alguien con malas intenciones se molestara.

Aquel era un lugar para estudiantes de instituto que se saltaban la primera hora para no tener que perderse luego una película con el novio.

Total, ¿para qué iba a necesitar la trigonometría?

Pero, cuando el sendero giró a la izquierda, Lindsay entrecerró los ojos para mirar lo que tenía delante. Le palpitaban los pies al ritmo del corazón y tenía la espalda pegajosa de sudor. Parpadeó para quitarse el sudor; le escocían los ojos.

¿Qué demonios era aquello?