Los muertos no hablan (Juegos de la mente 2) Capítulo 32
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Capítulo 32

P reston Crenshaw observó al hombre que empujaba la silla de ruedas, un pobre pringado que seguramente solo estaba allí para firmar una orden de no reanimación y salir con la herencia de la abuela.

La anciana decrépita no se enteraba de nada y parloteaba sobre alguna prima suya.

Las deportivas de Preston chirriaron sobre el linóleo. Nadie lo miró.

Nadie lo miraba nunca.

Qué extraño que los niños fueran tan perfectamente invisibles.

Eran el futuro del mundo, los responsables de lo que viniera después; su importancia estaba cimentada en el tejido mismo del tiempo.

Las campañas políticas se construían en torno a proteger a los no nacidos, pero, una vez que estaban aquí, a nadie le importaban.

A nadie le importaba que sufrieran abusos.

A nadie le importaba que tuvieran miedo.

A nadie le importaba que quienes les hacían daño acabaran entre rejas o recuperando la salud mental en un cómodo centro psiquiátrico.

Al detenerse ante la habitación de Grant Connolly, oyó la voz de Colin.

Pobrecito , gimoteaba Colin a través de los barrotes de la cuna.

Colin lo había obligado a meterse en aquella cuna cuando sus padres no miraban; lo había tratado como a un maldito criado, obligándolo a llevarle las bolsas y prepararle la comida.

¿Y cuál era su recompensa? Que Colin arrojara cerillas encendidas a aquella jaula para hacerlo chillar.

Que le lanzara aquellos malditos cochecitos a la cabeza.

Y lo demás, las cosas que Colin le había hecho cuando sus padres estaban fuera de la ciudad...

Había tardado un año en volver. Un año hasta ponerse lo bastante fuerte para terminar el trabajo.

La había cagado dejando a Colin con vida.

También la había cagado con Grant. El hombre parecía dormido cuando Preston se apartó a hurtadillas de «su madre» y entró en el apartamento de Grant.

Entonces se había equivocado, pero ahora Grant estaría medicado, inconsciente en su habitación de hospital.

Hacía solo unos instantes, cuando la camilla pasó por delante, tenía los ojos cerrados. Qué golpe de suerte.

Preston apretó la cesta de flores contra el pecho.

Llevaba noventa minutos recorriendo el pasillo de un lado a otro, esperando a que asignaran una habitación a Grant.

Ahora que habían llevado a Grant dentro, calculó que disponía de cinco minutos antes de que los guardias subieran.

Cuatro, ya. Pero solo necesitaba veinte segundos.

Entonces todo habría terminado y Preston habría desaparecido.

Otra vez.

—¿Necesitas ayuda, hijo?

Alzó la vista. El hombre que empujaba la silla de ruedas lo había visto detenerse.

Pero aquel hombre solo veía a un niño; no lo veía a él .

Igual que Maggie había visto a un niño caminando junto a una mujer cualquiera frente a la residencia de ancianos.

Incluso había tendido una mano, como si quisiera protegerlo.

Preston sonrió.

—Sí, señor. Tengo que llevarle estas flores a mi abuelo, pero me cuesta cargarlas. Y el hacha que hay dentro pesa.

El hombre sonrió y alargó la mano hacia el pomo.

Era fácil obtener de los adultos esos gestos de bondad que los hacían sentirse bien consigo mismos.

Apenas hacían preguntas cuando aparecía un niño abandonado.

A veces conseguía un hogar con padres; otras, solo una cama en una habitación llena de críos.

Pero siempre era gratis. Aburrido, pero gratis.

Y se tomaba emocionantes periodos sabáticos con el dinero que robaba a uno u otro de sus papás.

Muchos despreciarían un arreglo así, pero las perspectivas laborales eran escasas, y las mujeres a las que les iban los niños de diez años no eran precisamente el tipo de mujeres que él querría.

Además, no había trabajado ni un solo día en su vida.

La única vez que usaba su verdadera identidad era para conseguir que lo ingresaran en el psiquiátrico.

—Espero que tu abuelo se ponga bien pronto.

Oh, sí. Los dos nos pondremos bien.

—Gracias, señor.

Preston entró en la habitación. Grant seguía con los ojos cerrados.

El hombre que había conseguido que ingresaran a Colin en el hospital psiquiátrico dormía plácidamente.

Los abogados habían hecho bien en exculpar a Colin; Colin no había matado a su familia.

Pero el ingreso hospitalario había sido una decisión del psicólogo: un parche para un monstruo, compasión por un maltratador de niños.

Grant había ayudado a Colin cuando aquel hombre merecía morir.

Preston dejó la cesta en el suelo mientras la puerta se cerraba suavemente a su espalda.