Los muertos no hablan (Juegos de la mente 2) Capítulo 31
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Capítulo 31

L os zapatos de Maggie repiqueteaban sobre el linóleo.

El pasillo del hospital era demasiado estrecho para resultar cómodo, abarrotado de médicos y enfermeras atareados, enfermos debilitados y familiares en duelo con los labios apretados.

El olor acre a desinfectante le escocía en la nariz. Pero su padre estaba vivo… vivo .

El médico la había llamado poco después de que Reid se fuera. Le habían inyectado a su padre un anticoagulante y las pruebas no mostraban ninguna obstrucción. Si había sufrido un ictus, no encontraban rastro alguno.

Pero cada vez que había tenido un ictus en el pasado, habían podido detectar el problema.

Tal vez hubiera sufrido un episodio de hipoglucemia que se corrigió al administrarle el suero.

O quizá fuera otra cosa por completo: una bomba de relojería médica, escondida aún en su cuerpo.

No saber era peor que saber, pero los médicos iban a dejarlo ingresado aquella noche para asegurarse de que estaba bien.

Aunque no pudieran demostrarlo, un ictus seguía siendo la explicación más probable.

Acepta que ha sido un ictus, Maggie. Es la respuesta más sencilla. No hay motivo para darle tantas vueltas. Pero el cerebro de Maggie, también conocido como el Soberano de la Rumiación, se negaba a dejarlo estar.

Seguramente se negaba a aceptarlo: no quería que hubiera sido un ictus.

Aunque sabía que la pérdida de memoria no era lineal, tenía la sensación de que cada ictus se llevaba otra tanda de recuerdos; cada coágulo, otro año, otro nombre.

Cada uno borraba otra parte de su padre. Y no estaba preparada para perderlo.

Maggie se apartó y se pegó a la pared para dejar pasar una silla de ruedas.

La anciana sentada en ella sonreía mientras hablaba con el hombre que la empujaba, seguramente su hijo.

Un niño pecoso iba detrás, pegado a los talones del hombre, diminuto dentro de una sudadera enorme, con flores rosas y moradas rebosando de la cesta que apretaba contra el pecho.

El niño le sonrió al cruzarse con ella; aquella felicidad le resultó familiar. La abuela volvería pronto a casa; en su mundo, todo iba bien, el muy cabroncete. Pero ¿cuál era la alternativa? ¿Que todo el mundo se sintiera tan alterado como ella?

Maggie se obligó a devolverle la sonrisa y lo saludó con la mano.

El niño le devolvió el saludo. Pero hasta aquello le retorció el estómago hasta convertirlo en una maraña nudosa y espinosa, y le erizó de golpe la piel a lo largo de la columna.

¿Hipervigilancia después de otro viaje en ambulancia?

¿La falta de sueño? ¿El miedo a que aquel niño también quisiera matar a sus mascotas?

Pues va listo: ya no me queda ninguna. Tragó con fuerza para contener la bilis que le subía por la garganta.

Después la familia desapareció, la piel de gallina remitió y volvió a quedarse a solas con sus pensamientos.

Maggie se apresuró hacia el ascensor. El ding le resonó hueco en el pecho dolorido.

Había quedado con sus amigos en la cafetería, pero le faltaba el aire; solo necesitaba un momento.

Uno. Para respirar. Luego les daría la buena noticia con una bandeja de patatas fritas o un cuenco irresponsablemente grande de pudín de tapioca.

Seguramente Sammy estaría aplastando su gelatina como hacía de niños, hasta convertirla en una especie de requesón arcoíris.

Asqueroso, pero extrañamente entrañable, sobre todo porque antes hacía sonreír a Aiden.

Y ahora su hermano también se había ido. Muerto, como todos aquellos otros niños.

Genial, Maggie. Menuda forma de recordar todas las mierdas de golpe. Ya puestos, podrías pensar en aquella vez que te measte encima delante de toda la clase de segundo. O en cómo la zorra de Lauren Keller te robó tu portaminas favorito en cuarto.

El aparcamiento estaba lleno de ese sonido sin voz que solo el ruido blanco puede producir: el zumbido de los neumáticos en la carretera cercana, el siseo del aire nocturno entre las ramas cargadas de brotes.

Pero las tripas de Maggie se negaban a calmarse.

Seguía con el pecho oprimido. Le ardían los ojos.

Sus amigos tenían que volver a casa con sus familias, con sus hijos.

Le había pedido prestado el cargador del móvil a Imani, con la esperanza de que su madre ya hubiera devuelto la llamada, pero nada.

Tristan la había llamado un montón de veces, pero Reid era el único que podía ayudarlo con el caso.

Ni siquiera tenía su coche. Y era poco probable que Tristan llamase para darle algún dato crucial sobre el asesino.

Tristan solo quería tocarle las narices.

Maggie suspiró hacia la noche. Las luces de Urgencias eran cegadoras, demasiado intensas.

Si quería servirle de algo a alguien, necesitaba descansar.

¿Debería pedirle a Sammy que la llevara a casa de su padre a recoger el coche?

¿Pedir un catre en la habitación de su padre?

Quizá se asustara al despertarse en un sitio desconocido, pero al menos ella estaría allí con él.

El timbre del móvil la sacó de su ensimismamiento. ¿Mamá? Por fin. Miró la pantalla. No era su madre. Pero al menos era alguien a quien le importaba su padre.

Maggie pulsó el botón para responder.

—Hola, Reid. Papá está durmiendo, pero parece que se va a poner bien. Dentro de unos minutos lo trasladarán a una habitación.

—¡Hola, doctora!

¿Tristan? Se apartó el móvil de la oreja y comprobó el número: era, sin duda, el de Reid.

—¿Estáis juntos?

Pero no podían estar físicamente juntos salvo que hubiera una emergencia. Debería haberle devuelto la llamada antes.

—¿Qué ha pasado?

—¿Qué puede hacer que la hipófisis de alguien deje de funcionar? —preguntó Reid.

Qué pregunta más rara. Apoyó un hombro contra la fachada de ladrillo.

—¿Radiación, quizá? ¿Quimioterapia?

—¿Y qué ocurriría si alguien recibiera esos tratamientos de niño? —Maggie abrió la boca para responder, pero Reid ya había vuelto a hablar—. Quiero decir, ¿podría quedarse para siempre con la misma estatura?

Frunció el ceño.

—Supongo que es posible.

A Alex le habían diagnosticado cáncer cuando iban al instituto.

Todos creían que los tratamientos la habían dejado convertida en una duendecilla para el resto de su vida, y ni siquiera había necesitado la quimio prolongada que requerían otros.

Con una mastectomía habían eliminado casi todo el cáncer.

—Cada vez que alteras las zonas del cerebro que controlan el crecimiento, existe el riesgo de que la estatura sea menor. Pero tendría que ser algo extremo para que la hipófisis dejase de funcionar por completo. Y seguramente tendría otros síntomas: debilidad, fatiga…

—Toma medicación para eso. Probablemente le evita los peores síntomas físicos. Puede que esa sea incluso la razón por la que el padre no deja de meter a este chico en familias de acogida. Quizá no puede asumir él solo los gastos médicos.

¿Él? ¿Quién era él ?

—Perdona, todavía estoy intentando enterarme de qué va esto —dijo Maggie.

A menos que simplemente le estuviera fallando el cerebro. Era perfectamente posible.

—Creemos que nuestro asesino es el padre de un niño que desapareció de la casa de los James —dijo Reid— y que descubrió que estaban abusando de su hijo, lo secuestró y luego regresó para matar a la familia James.

Pero ese niño se parece muchísimo al testigo con el que me crucé delante de la casa de Ezra.

Hemos encontrado en su habitación medicación para tratar una insuficiencia hipofisaria.

Su habitación.

—¿Entonces tenéis al asesino y al niño bajo custodia?

Menos mal.

—Puedo ayudar con los interrogatorios, pero tendréis que venir a recogerme.

—Bueno, no los tenemos bajo custodia… todavía no.

Se le hundió el corazón.

—¿Pero tenéis una foto del asesino? ¿Algo que podáis usar para alertar a la población?

—No exactamente. Este chico de acogida al que estamos buscando no tiene padres conocidos.

El silencio se alargó, pero, incluso en él, percibió un tono cargado de angustia. ¿Malas noticias?

—¿Qué pasa, Reid? Suéltalo de una vez.

—Hace veinte minutos hemos encontrado muerta a la actual familia de acogida de este niño.

—La voz de Reid sonaba tensa; Maggie se preguntó si ya se habría aflojado de un tirón el nudo de la corbata—.

Los mató antes que a los padres de Ezra, lo cual no augura nada bueno en lo que respecta a sus plazos.

Matar a la familia con la que vive ese chico...

en cuanto alguien descubriera los cadáveres, relacionarían el crimen con él.

Con la familia de Colin, secuestró a su hijo un año antes para que nadie estableciera la conexión.

Y ahora... Se acabó el tiempo. Avanzó por el lateral del edificio, dejando atrás la luz brutal de urgencias. Piensa, Maggie. Aprovecha esa formación. Aquel asesino no había dejado de ponerles pistas descaradas delante de las narices. Pero ¿adónde pretendía llevarlos?

—Y nos ha dejado otro mensaje —continuó Reid.

Claro que sí.

—Parece que lo escribió con la barra de labios de la madre.

—Esto se acaba ahora —intervino Tristan—. Pobre, pobre bebé. Todo en mayúsculas, como si lo gritara.

Maggie contempló la oscuridad brumosa tras el edificio, todavía más profunda con las luces a su espalda.

Secretos escondidos tan cerca de la superficie.

Si ella fuera la sospechosa, castigando a los matones, matando a quienes habían hecho daño a su hijo y a cualquiera que se lo recordase...

¿dónde querría que terminara todo? Tenía la cabeza embotada, dando vueltas; no le servía de nada.

—Ha atacado a alguien casi todos los días de esta semana —dijo—. Se está moviendo muy deprisa.