Capítulo 30 #2
Pamela George yacía boca abajo frente al fregadero convertido en cascada, el pelo color arena empapado y el lavavajillas abierto junto a su mano derecha.
La piel ya empezaba a hincharse y a moteársele de verde; seguramente había muerto antes de que el asesino matara a la familia de Ezra.
No se apreciaban heridas en la espalda. Pero Reid sabía lo que encontrarían al darle la vuelta: un tajo en la garganta.
El asesino había sido rápido. Se había llevado a su niño y había huido. Otra vez.
Los demás agentes seguían apostados en el porche. Reid ignoró la opresión en el pecho, atravesó la cocina y cruzó el salón contiguo para abrir la puerta. Apenas reparó en sus ojos desorbitados antes de hablar.
—Un cadáver, víctima femenina. Pero hay más. Necesitamos a los forenses y al médico forense.
También había agua en el vestíbulo. Muchísima. No podía proceder toda de la cocina.
Reid vio a los agentes encaminarse hacia el césped, ya ladrando órdenes por los walkies, y después recorrió el resto de la estancia con la mirada. No había planta superior, pero sí un pasillo al otro lado del salón.
Se volvió hacia él, pero los zapatos parecían pegados al suelo del vestíbulo. No quería ir. No quería saber qué acechaba en aquellas habitaciones.
Pero tenía que hacerlo.
Los pies le chapoteaban sobre la moqueta empapada del salón, fría como el barro de fuera. Una foto en la pared mostraba a Kole entre sus padres de acogida y sus dos hermanos. Sonriendo. Todos jodidamente felices. Igual que en la foto de la familia de Colin.
Pero ninguna de las otras familias asesinadas tenía un hijo de acogida; en ningún otro caso había desaparecido un niño. Cada vez más, aquello parecía una repetición de lo ocurrido en casa de los James. Un círculo que se cerraba. El desenlace, como había dicho Maggie.
La primera puerta era la habitación de la niña. Del pomo colgaba una placa de madera: SOPHIE, en letras abultadas de pintura amarilla. Desde dentro llegaba un zumbido frenético, incesante. Empujó la puerta con la punta del pie.
A Reid se le revolvió el estómago. A diferencia de su madre, la niña había visto venir el hacha.
Heridas defensivas surcaban la cara interna de sus brazos hinchados; manchas de hueso blanco brillaban entre los jirones ensangrentados de sus bíceps.
La sangre ocultaba el espectáculo de pesadilla que quedaba de su rostro.
El zumbido de las moscas sonaba más alto que el agua. Horriblemente exuberante.
Se apartó, incapaz de mirar su cuerpo destrozado. Solo veía lo que podría haber sido si hubiera llegado a tiempo, si lo hubiera descubierto cuando el sospechoso lo llamó directamente. El asesino le había hablado de los otros crímenes. Y aun así había llegado demasiado tarde.
Sus pies se movieron y su cerebro los siguió: de vuelta al pasillo, hasta la habitación siguiente.
Dos camas individuales: una con las sábanas revueltas y un póster del sistema solar encima; la otra, sin más adornos que las esquinas tirantes del edredón.
No había niños. Ni rastro de Kole. Pero sabía dónde encontraría al chico.
Reid escuchó el agua, con el terror pesándole en las tripas, y durante un instante no pudo avanzar más.
Se detuvo ante la cómoda situada frente a la cama impecablemente hecha: la cama de Kole.
Abrió los cajones de un tirón. Ropa interior.
Pantaloncitos y camisetas diminutos. Nada que arrojara luz sobre su asesino.
Pero, bajo los calcetines… un bote de pastillas vacío. ¿Somatropina?
Cerró el puño enguantado en torno al bote y por fin se dirigió hacia el estruendo del agua. Al otro lado del pasillo: cinco pasos. Le parecieron quinientos.
Esta vez el asesino ni siquiera se había molestado en colocar al niño. Su cuerpo moteado yacía medio dentro y medio fuera de la bañera, con la cara sumergida y el agua derramándose por el borde de porcelana en un chorro constante. El asesino había taponado el rebosadero.
Reid alargó la mano y cerró el grifo. Dejó el cadáver donde estaba.
—¿Reid?
Miró atrás. Tristan estaba en el umbral, con la vista clavada en el espejo sobre el lavabo. Tenía el rostro contraído en una mueca; sin duda procuraba no tocar nada, molesto porque incluso sus zapatos, cubiertos con fundas protectoras, tuvieran que acercarse tanto a aquel desastre.
—Han encontrado al padre muerto en el sótano —dijo. La voz le tembló contra los azulejos; tenía la cara verdosa. —¿Qué necesitas de mí?
Reid alzó el bote de pastillas, observó cómo Tristan entrecerraba los ojos para leer el nombre y después dejó que la mirada se le fuera hacia el lavabo, hacia el espejo. Pero por el rabillo del ojo veía el resplandor del teléfono de Tristan.
—Podría haberlo buscado yo, Tris…
—Es un tratamiento para una hipófisis hipoactiva —Tristan se aclaró la garganta, al borde de la arcada—. ¿No es una de esas cosas importantes para…, no sé, crecer? A lo mejor Elijah y Kole son el mismo niño.
—Para que tuviera el mismo aspecto que hace nueve años, tendría que tener la hipófisis destrozada.
Y yo he visto a este crío. Parece tener diez años, y es pequeño incluso para esa edad.
Nadaba dentro de aquella maldita sudadera.
Pero… quizá Tristan tenía razón. La policía no sabía qué edad tenía cuando lo encontraron en el parque de bomberos.
Si tenía seis años en casa de Colin, como había planteado Les, ahora solo tendría quince.
Una hipófisis hipoactiva podía hacer que aparentara cinco años menos.
Reid volvió la vista hacia el espejo, hacia las palabras garabateadas en un rojo chillón. «ESTO SE ACABA AHORA», gritaban las letras. «PObrE, PObrE BEBÉ».
—Este tipo no solo quiere que lo atrapen —dijo Reid—. Quiere un enfrentamiento.
—¿Crees que quiere que tú… le pegues un tiro? —preguntó Tristan.
—No estoy seguro, pero empiezo a dudarlo.
Ha secuestrado a su hijo dos veces. Y puede que haya involucrado a Ezra en sus asesinatos.
Sí le dio el hacha. Quizá su propio hijo se le está quedando demasiado mayor para seguir con el juego.
Es mucho más difícil controlar a un adolescente, sea pequeño o no. Y Ezra… es el siguiente.
Tristan se quedó mirándolo.
—Va a por el chico, ¿verdad? A por Ezra.
Reid parpadeó una vez más ante el espejo y retrocedió para salir de la habitación, en dirección a la puerta principal.
—¿Quieres que uno de los otros agentes te lleve a la Apple Store?
Pero Tristan ya lo seguía, avanzando con cuidado sobre la moqueta.