Los muertos no hablan (Juegos de la mente 2) Capítulo 30
86%

Capítulo 30

REID

E l cielo al otro lado del parabrisas era una bóveda asfixiante de estrellas, interrumpida por los fogonazos de las luces de la autopista. ¿Qué coño está pasando?

Tristan se cruzó de brazos y resopló. En el Bronco de Reid, lejos de su preciada tecnología, se le veía incómodo; más pequeño en el asiento del copiloto.

—¿Cómo es que no relacionaron antes a este crío desaparecido con la familia James?

Reid se encogió de hombros.

—Cuando el niño —Elijah Doe, según el informe— desapareció, fueron los policías locales quienes presentaron la denuncia. No los James.

Las circunstancias eran extrañas, desde luego.

Hacía nueve años y medio, habían encontrado al niño frente al parque de bomberos asegurando que no recordaba quién era.

Sin nombre, sin edad, nada. Así que le asignaron ambas cosas: Elijah Doe, ocho años.

La familia James se había ofrecido a acogerlo mientras la policía investigaba; eran amigos del sheriff, algo extraoficial, solo hasta que encontraran a su familia.

Se quedó con ellos tres meses y luego desapareció.

—Como llevaba un año desaparecido cuando los asesinaron, parecía que no tenía relación con los homicidios.

Tristan frunció el ceño, poco convencido, y Reid no podía reprochárselo: tenía razón en mostrarse escéptico. Nada de aquello tenía sentido.

El niño que había desaparecido de casa de los James no podía ser el mismo que él había visto delante de casa de Ezra.

¿El asesino había secuestrado a Elijah de la casa de los James nueve años atrás y después había tenido otro niño que se le parecía?

Quizá Kole era un segundo hijo, el hijo más pequeño de su sospechoso.

El parecido era demasiado cercano — tan, tan cercano, joder, demasiado cercano —, pero era la única explicación lógica que se le ocurría.

A veces los hermanos parecían gemelos. Él y Tristan no, claro; Reid era mucho más guapo, pero...

—El simple hecho de que Kole también sea un niño de acogida resulta... sospechoso —dijo Tristan—. Creías que tu sospechoso iba a por matones, pero quizá solo mata a cualquiera que se meta con sus hijos.

—Sí.

Pero aún se les escapaba algo. El hecho de que no hubieran logrado contactar por teléfono con Kole ni con sus padres de acogida desde la muerte de la familia de Ezra adquiría ahora un cariz mucho más siniestro.

Solo habían pasado unos días, todavía no era excesivamente sospechoso, pero empezaba a pensar que era deliberado: el asesino atacaba antes de que pudieran actuar, antes de que supieran siquiera que algo no iba bien.

—Puedo dejarte en algún sitio —dijo Reid—. Igual puedes pasarte por la Apple Store o tomarte unos mocas en una cafetería mientras yo me encargo de lo difícil.

Tristan soltó un bufido.

—Ya te lo he dicho: puedo ir contigo o ir por mi cuenta en coche, pero voy de todas formas.

Tristan miró por la ventanilla, hacia la oscuridad: un vacío absoluto más allá de las farolas, áspero e implacable.

—Ni siquiera sé qué te preocupa, Richie. Estoy en nómina del departamento.

—Eres consultor, como Maggie. No policía.

—Ah, seguro que no me parezco en absoluto a Maggie. No para ti.

—Corta ya.

Reid pisó más a fondo el acelerador, preguntándose si los refuerzos estarían allí cuando llegase. Dieciséis millas desde casa de Tristan hasta la vivienda donde se alojaba Kole Bishop. Dieciséis insignificantes millas.

Reid entró en el barrio con un chirrido de neumáticos, pero redujo la velocidad al girar para entrar en la calle.

Apagó los faros. El Bronco avanzó despacio junto a bungalós de una planta, con chimeneas de ladrillo y porches minúsculos.

Dos coches patrulla más acechaban calle abajo, con las luces apagadas, todos a suficiente distancia para que los ocupantes de la casa de los George no los vieran si por casualidad miraban por una ventana.

Los agentes salieron de sus coches cuando Reid aparcó junto al bordillo, una casa más allá de la residencia de los George, la familia de acogida de Kole.

—Quédate aquí —dijo mientras salía.

Tristan abrió la puerta.

—Ni de coña.

—No puedo hacerme responsable de ti si nuestro hombre empieza a disparar. Ni siquiera sabemos qué aspecto tiene el sospechoso.

Solo sabían adónde los había conducido Kole.

Podían encontrarse a la familia de acogida jugando al Monopoly, pero el niño les había dado aquella dirección voluntariamente delante de casa de Ezra, y eso convertía la vivienda en sospechosa.

Podían estar metiéndose de cabeza en una emboscada.

¿Era ese el desenlace que buscaba el asesino?

Reid entrecerró los ojos ante las ventanas oscuras.

Al menos eso explicaba por qué el asesino había estallado.

Su primer hijo había sufrido abusos en casa de los James; él se había llevado a su hijo y luego había vuelto para asegurarse de que la familia pagara por ello.

Dejar a Colin con vida había sido un error, y en cuanto Colin dejó de recibir castigo por parte del sistema judicial, el asesino había salido de su retiro y ampliado su repertorio homicida.

Incluso era posible que hiciera participar habitualmente a sus hijos en los asesinatos.

Kole no había hundido el hacha en la costilla de Diane Darren, pero ¿había sido él quien le rebanó la garganta en silencio antes de que pudiera defenderse?

¿Había sido Kole, y no Ezra, quien mató a Ted Darren? Ese sería el mejor escenario posible.

Para Ezra, al menos.

—Me quedaré detrás de ti —dijo Tristan.

Pero retrocedió hasta el bordillo mientras Reid avanzaba a zancadas por el camino. Quizá porque era peligroso, o quizá porque al fin había comprendido que distraer a los agentes podía costarles la vida.

Fuera como fuese, era un alivio; Reid no podía ocuparse de Tristan ahora.

Los dedos helados de la noche le arañaban la carne, la oscuridad era petróleo, y la luna relucía apagada sobre el capó del monovolumen aparcado en la entrada.

La casa parecía del todo abandonada, con las ventanas negras abiertas como bocas.

Hasta el foco del garaje estaba apagado.

Por favor, que estén en un partido de baloncesto o en alguna actividad extraescolar. Quizá el pequeño Kole tenía clase de piano. Pero la idea le sonó falsa, demasiado esperanzadora. Ridícula.

Reid se agachó al rodear el lateral del monovolumen —¿el coche de la mujer?

— y avanzó despacio hacia el garaje. Ninguna ventana daba a aquel tramo de la entrada, así que los ocupantes no podrían verlo desde allí.

Al otro lado de la casa, dos agentes se aproximaban lentamente al porche, con la cabeza gacha tras los setos del vecino.

Pero en unos segundos quedarían a plena vista de los ventanales delanteros.

Reid les hizo un gesto con la cabeza, dobló la esquina más alejada de la casa y se internó en las sombras.

A diferencia de la escena del crimen que había visitado con Maggie, aquel sendero no estaba trillado ni marcado con piedras.

El barro le succionaba los zapatos; los aspersores siseaban.

La hierba y algún que otro diente de león le rozaban los pantalones del traje con un susurro de tip-tip-tip-tip .

Un perro ladró, furioso, pero el animal no suponía una amenaza: permanecía bien encerrado tras la valla del vecino.

Detrás de la casa reinaba una negrura absoluta allí donde no llegaba el escaso resplandor de las farolas.

La mole de la vivienda ocultaba casi toda la luna.

Pero, justo enfrente, relucía una puerta corredera de cristal.

No podía ver el interior, pero cualquier presencia maliciosa que acechara dentro saldría corriendo enseguida.

Ya oía los golpes sordos de la aldaba de la puerta principal.

Quizá abrieran Pamela o Ted George, y entonces podría ponerlos bajo protección mientras averiguaban qué estaba pasando.

Quizá fuera el propio Kole quien acudiera a la puerta.

Pero Reid no creía que fuera a ser tan fácil. Phoebe había ido allí el otro día para hacer unas comprobaciones y nadie le había abierto; también había llamado a los padres de acogida de Kole. Nada. Tenía pensado visitar el colegio del niño al día siguiente, pero eso ya no era lo bastante pronto.

—¡Policía! —gritaron los agentes desde la puerta principal.

Ningún movimiento en el interior. Ningún ruido que indicara que alguien atravesaba la casa a toda prisa, a punto de salir disparado al jardín. Ningún golpeteo vacilante de zapatillas infantiles. Ningún paso más pesado de adulto.

Reid se acercó poco a poco a la puerta trasera mientras se ponía unos guantes; sus pisadas marcaban un ritmo sordo sobre el patio de hormigón. El tirador metálico de la puerta corredera estaba frío. Allí el siseo era más intenso: se oía correr agua, pero no procedía de los aspersores. En absoluto.

Tiró de la puerta.

El olor lo golpeó como una nube pútrida.

El dulzón hedor de la descomposición se mezclaba con algo cáustico y agrio, y con un tufo más profundo y espeso, como de moho mojado.

El agua caía sobre el hormigón con un constante tic-tic-tic .

La casa estaba inundada. El perro del vecino gimoteó.

De algún punto en la oscuridad llegaba el silbido atropellado de un grifo abierto.

Cruzó el umbral y entró en el salón anegado.

—¡Policía! —gritó.

No obtuvo respuesta, aunque tampoco la esperaba.

Tanteó la pared en busca de un interruptor, avanzando con cuidado sobre la moqueta.

Sus pisadas se hundían y succionaban el tejido empapado, produciendo un terrible ruido de masticación.

Un sonido carnoso. Estaba demasiado oscuro para ver, pero sabía lo que significaba el agua.

Sabía qué era aquel olor. En la negrura vio heridas sangrantes y gargantas rajadas, niños ahogados con sus manitas cruzadas sobre el pecho.

Por fin encontró el interruptor, junto a la cocina contigua. Reid se detuvo, encendió la luz y parpadeó.