Los muertos no hablan (Juegos de la mente 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

REID

E l mensaje de Tristan había llegado justo cuando los amigos de Maggie entraban corriendo en Urgencias: Tengo a tu chico.

Muy profesional, su hermano. Tan profesional que no había respondido cuando Reid lo llamó para que le aclarara aquel mensaje críptico.

Quince minutos después, seguía sin devolverle la llamada.

Pero, si estaba trabajando en el caso, Tristan estaría en casa. Era el único lugar donde tenía acceso a todo lo que necesitaba.

El camino de acceso en pendiente parecía no tener fin. Reid no había vuelto allí desde el día en que irrumpió para salvarle el culo a su hermano. Maggie también había estado allí aquella noche.

Y ahora… iba solo. A la enorme casa de su hermano, que parecía una gigantesca caja blanca. La casa tenía paredes enteras de cristal, pero todas estaban en la parte trasera. Vista desde delante, la casa estaba revestida de cemento, así que no tenías ni idea de qué te esperaba al entrar.

Levantó la mano para llamar, pero la puerta se abrió hacia dentro antes de que pudiera bajar el puño; la segunda vez en una semana. Su hermano estaba ante él, con los brazos cruzados.

—¿Está bien el padre de Maggie?

Cómo coño… Ah. Los guardias de Tristan debían de habérselo dicho.

Los pagaba de su propio bolsillo porque le importaba la doctora, quizá incluso la quería, y Reid odiaba cómo aquel pensamiento le hacía doler las costillas.

Tristan tenía la costumbre de robarle a la gente que le importaba y volverla contra él.

Pero Christine no era Maggie; Maggie no jugaba a juegos sexuales ni emocionales retorcidos.

A diferencia de su hermano. Y de Christine.

—Aún no sé nada del padre de Maggie. ¿Puedo entrar para que me hables de mi asesino? ¿O prefieres tocarte los cojones aquí fuera mientras mata a unos cuantos críos más?

Tristan entrecerró los ojos al mirarlo y luego miró hacia la oscuridad a su espalda, como si esperara que Maggie se materializase de entre las sombras. Al final se apartó para dejarlo pasar.

Tristan lo condujo al salón: muebles modulares ridículos y cubos de cristal a modo de mesas.

—Esto se ve distinto cuando no tienes un atizador en el cuello.

—Nunca me lo puso en el cuello. Me quiere.

Como todas.

—Ya no. —Reid se dejó caer en el sofá. Hablar con Tristan, fuera el tiempo que fuese, era agotador.

Su hermano siguió de pie.

—He llamado a Maggie —dijo Tristan, frunciendo el ceño mientras lo miraba—. No ha contestado.

Porque se le ha quedado el móvil sin batería.

—¿Esperabas que atendiera tu llamada? Su padre ha sufrido un ictus. —Se cruzó un tobillo sobre la rodilla contraria—. ¿Has mandado a tus matones al hospital?

Tristan negó con la cabeza.

—No. Bueno, sí, los mandé, pero no pueden entrar: no permiten seguridad externa y ni siquiera tus compañeros de armas tienen acceso al quirófano. —Tristan seguía frunciendo el ceño; casi lo fulminaba con la mirada.

Reid siguió la dirección de su mirada hasta… la palma de su propia mano, apoyada sobre la mesita de cristal. Una mancha. Resistió el impulso de lamer toda la superficie y borró la marca con el codo de la chaqueta. Tenían asuntos más importantes de los que preocuparse.

—A menos que nuestro sospechoso sea médico, el padre de Maggie debería estar a salvo por ese lado.

Y tengo unidades desplegadas en el hospital.

Entrarán en cuanto asignen a Grant una habitación en la UCI.

—Se enderezó, procurando no manchar los preciados muebles de Tristan—.

Entonces, ¿vas a contarme qué has encontrado o solo se lo cuentas a ella?

—Bueno, hablar contigo no es ni de lejos tan divertido… —Tristan resopló, aunque ahora tenía la mirada más relajada—. Tengo seis sospechosos, Richie. Nos estamos acercando.

Richie, diminutivo de Richard. Gilipollas.

En lugar de responder, esperó a que Tristan retrocediera y le indicara con un gesto que lo siguiera por el pasillo.

Reid se obligó a ponerse en pie con un gruñido y fue tras él; hasta los huesos le pesaban.

Pero detener a alguien era el mejor regalo que podía hacerle a Maggie, un punto de luz en un día de mierda.

No anteponía los sentimientos de Maggie a atrapar a un asesino, pero el beneficio añadido de aliviarle la angustia no era precisamente insignificante.

Tristan se deslizó por una puerta al final del pasillo, hacia una habitación en la que jamás habían permitido entrar a Reid.

Enseguida entendió por qué: semejante despliegue de vigilancia resultaba inquietante, casi ilegal.

Sobre el escritorio había una enorme pantalla envolvente.

La pared del fondo también estaba cubierta de monitores, la mayoría con imágenes en blanco y negro: algunas fijas, otras en movimiento.

¿Calles? Sí. Uno de ellos mostraba… el aparcamiento de la residencia de ancianos.

Tristan no necesitaba que sus matones le dijeran que se habían llevado al padre de Maggie al hospital.

Había visto cómo ocurría en tiempo real, a través de cámaras instaladas por él mismo.

—Parece que la NASA haya vomitado aquí dentro.

Las pantallas relucían. El escritorio también, como si él hubiera pulido cada superficie justo antes de que Reid llegara.

—Soy mejor que esos chapuceros. —Tristan señaló la pantalla del extremo izquierdo, dividida en una cuadrícula tosca—. La NASA no tiene fotos de seis posibles sospechosos del grupo de apoyo online.

Reid se inclinó y entrecerró los ojos ante los rostros de los hombres, alineados en fila. Tres de las imágenes parecían tomadas en una cafetería; las otras tres mostraban a hombres sentados en cubículos. ¿La biblioteca? Ninguno le resultaba familiar. Pero el sitio…

—¿Esa es mi cafetería?

—No sabía que la hubieras comprado. Pero sí, es la misma donde quedé con Maggie el otro día. Habría sido útil que el asesino se hubiera conectado mientras tomábamos chai, pero, en fin.

El local al que Reid y Maggie habían ido a tomar café… el asesino había estado allí, puede que sí. Aquello le quedaba demasiado cerca como para quedarse tranquilo. ¿También lo había planeado? ¿Otra pista que a Reid se le había escapado?

Tristan señaló las caras de la fila superior.

—Estos son los únicos hombres que estaban usando sus dispositivos en la cafetería mientras esa IP se utilizaba para chatear en el grupo de acoso.

Con las bibliotecas, lo mismo. No se repite ninguna cara entre un sitio y otro, aunque en los dos hay asientos que quedan fuera de plano.

El sospechoso también podría estar en el aparcamiento de cualquiera de los dos.

Si consigues una orden judicial, puedo averiguar si se usó alguno de los ordenadores de la biblioteca para acceder al grupo. Quizá podáis sacar una huella.

Reid asintió.

—Haré que ocurra.

Volvió su atención a las imágenes de la biblioteca.

Sería ideal que el sospechoso fuera uno de ellos, por el motivo que Tristan había mencionado: las huellas dactilares.

Los hombres sentados en los cubículos de la biblioteca no podían ser más distintos entre sí: uno flaco con camisa de cuadros; otro, corpulento, con gruesas gafas negras y la barriga apretada contra el escritorio.

Ojalá tuviera alguna descripción física del sospechoso aparte de «bajo», sobre todo teniendo en cuenta el empeño que ponía el asesino en parecer un niño: gateaba, se agachaba, blandía el hacha de rodillas.

Era imposible descartar a ninguno de aquellos hombres.

Pero uno de los sospechosos estaba encorvado, como si intentara hacerse más pequeño. También llevaba una gorra tan calada que casi le tapaba la cara. ¿Estaría bloqueando la cámara a propósito?

—Ese tipo —dijo Reid, dando un toque sobre la imagen del hombre de la gorra—. ¿Tienes vídeo de cuando salió?

—Por desgracia, no tienen cámaras fuera del edificio.

Si las tuvieran, habría seguido a esos cabrones al salir para obtener imágenes más claras de sus caras y sus matrículas.

Sí revisé las calles de alrededor y conseguí descartar a otros hombres que pillé con cámaras de tráfico a unas cuantas manzanas.

Esos tipos no podían haber cometido los crímenes, a menos que creas que estaban viendo porno MILF mientras asesinaban niños.

Qué ordinario.

Con un nudo en el estómago, Reid centró la atención en las fotos de la cafetería. Un hombre negro, ancho de hombros, tomándose un capuchino; un blanco con pinta de hipster y moño; otro hombre de raza indeterminada, con el pelo rubio teñido, un aro en la nariz y las cejas verdes.

Tristan señaló al tercero.

—Ese tiene mi voto. Las cejas verdes siempre dan mala espina. Mira a Óscar el Gruñón.

—Óscar tiene las cejas marrones —dijo Reid—. Y no has conocido a nadie con las cejas verdes, así que no sabes si dan mala espina.

Pero no era a ese a quien Reid miraba fijamente. Señaló.

—¿Puedes ampliar a ese tipo?

—¿Al negro? Eres policía hasta la médula. Las vidas negras importan, ¿sabes?

—Eres gilipollas —murmuró Reid.

Pero Tristan ya le había hecho caso. La imagen llenó la pantalla. Seguía siendo granulada, pero bastaba. Incluso reconoció la camisa.

—¿Qué pasa, Richie?

Ignoró la pulla.

—Estaba en la primera escena del crimen que inspeccioné —dijo Reid.

—¿En serio? Bueno, eso sí que es sospechoso. Perdona por acusarte de racista.

¿Eh?

—No, él no.

Reid señaló un punto más allá del hombro izquierdo del hombre.

En un rincón del local había un niño sentado, con una golosina de Rice Krispies en la mano y un portátil sobre la mesa, delante de él, aunque parecía demasiado joven para tenerlo.

La sudadera con capucha le venía enorme.

Reid no podía distinguir las pecas de sus mejillas en la imagen, pero las veía con claridad en su cabeza.

—Es el chaval del barrio que vio la sangre en la ventana. El que avisó a las autoridades para que fueran a casa de los Darren.

Aquella mañana, Reid se había maravillado de que el chico hubiera visto la mancha: vista de halcón . Pero quizá Kole no había necesitado vista de halcón. Quizá sabía que la sangre estaba allí porque tenía relación con el asesino.

¿Había implicado el asesino… a su propio hijo? Tal vez Kole había mantenido dócil al sospechoso durante los últimos ocho años, hasta que la salida de Colin desencadenó un nuevo arrebato de furia asesina. Y Kole y Colin… hasta los nombres se parecían.

—No me habías dicho que buscabais a un niño, Richie.

—No… no lo buscamos.

Un niño no tenía la fuerza necesaria para blandir aquella hacha. No tenía la capacidad emocional para planear aquellos asesinatos. No podía haberse colado en aquel hospital psiquiátrico.

—¿Puedes pasar su cara por… algo?

—¿Como un programa de reconocimiento facial?

Pero Tristan ya tecleaba a una velocidad endiablada. En una esquina de la pantalla apareció un recuadro intermitente: foto tras foto tras foto, desfilando cientos, quizá miles de imágenes demasiado deprisa para que Reid pudiera seguirlas.

—¿Estás usando fotos de carnés de conducir?

—Estoy cruzando todo lo que tengo —dijo Tristan—: carnés, personas desaparecidas, identificaciones escolares…

El parpadeo frenético de la esquina de la pantalla se detuvo. Tristan pulsó otra serie de teclas para abrir los datos correspondientes. Los dos se inclinaron hacia delante.

La ficha no procedía de Tráfico; un carné de conducir no habría tenido sentido tratándose de un niño. Pero el informe de desaparición tenía todavía menos sentido.

Reid se quedó mirando la pantalla.

Imposible.

El informe de desaparición que aparecía en pantalla se había presentado nueve años antes, en la ciudad natal de Colin, un año antes de que masacraran a la familia James. Y el niño desaparecido era idéntico al de la cafetería. Al chico que había visto la sangre en aquella ventana.

El pequeño Kole Bishop.