Capítulo 28
R eid estaba sentado a su lado en la sala de espera del hospital, con el bíceps rozándole el hombro, pegajoso y caliente como antes lo había estado su mano en el respaldo de la silla. Maggie apenas sentía nada por tenerlo tan cerca. Solo una extraña humedad bajo la blusa. Húmeda.
La ambulancia había llegado en cuestión de minutos para llevarse a su padre al hospital a toda velocidad, pero la hora siguiente se había arrastrado con una lentitud glacial, empeorada por el ritmo febril de sus pensamientos.
¿Podría haber sido provocado? ¿Había tratado el sospechoso de matar a su padre…
otra vez? Ya habían atentado contra su vida, de forma descarada, con mesas volcadas y sangre colocada a propósito, pero aquello había sido para mandar un mensaje.
No se podía provocar un ictus en alguien, al menos no con fiabilidad.
Aunque, si alguna vez iba a sufrir un ictus, habría sido mientras un asesino en serie lo atacaba en el salón.
Pero quizá el programa de televisión lo hubiera traído todo de vuelta, le hubiera puesto el sistema nervioso a mil. Tal vez el asesino iniciara el proceso con la agresión, Reid empeorase la situación con el interrogatorio y ella hubiera sido quien lo rematara. ¿Había matado a su padre?
—Sé lo que estás pensando —dijo Reid.
Su aliento contra el pelo también era caliente. Estaba muy cerca; sentado demasiado cerca de ella.
—Ah, ¿sí?
—Esto no es culpa tuya. Tu padre ya ha tenido ictus antes.
Él sí sabía lo que estaba pensando. Como Kevin solía hacerlo.
Aunque no hacía falta ser clarividente; aquel hombre leía el ambiente mejor que su hermano.
La leía mejor a ella. Pero Tristan tenía acceso a toda esa tecnología, a todo lo que había hecho en internet.
Entre los dos, no podía tener secretos, ¿verdad? Ninguno.
Salvo el hombre de la máscara. Y sus pensamientos de auténtica tarada.
Reid seguía mirándola, con expresión dolida, compasiva. Su codo aún estaba apretado contra el de ella, pero era el calor de sus ojos lo que le infundía calidez en el pecho. Le importaba de verdad. Le importaban ella y su padre. Era un buen amigo.
Se dejó caer contra el vinilo del asiento y se aclaró la garganta.
—Tiene antecedentes de ictus, tienes razón.
Y si durante el altercado se desprendió un coágulo, un bloqueo que obstaculizara parte del flujo sanguíneo, pero no todo…
quizá eso explique el arrebato que tuvo con Ezra.
Nunca lo había visto tan alterado; en ese momento pensó que estaba alucinando.
Más tarde supuso que se debía a que el chaval era un psicópata, a que el asesino le había dicho que Ezra era «el siguiente».
Pero había pasado por alto la explicación más evidente porque ni siquiera la estaba buscando.
—Un ictus, incluso uno parcial, puede desencadenar alucinaciones.
Y nunca lo había visto así; desde luego, nunca con un niño.
Reid asintió. El zumbido agudo de una alarma, en algún punto del pasillo, atravesó el murmullo de conversaciones de la sala de espera: el chillido de una vida que se extingue. Qué premonición tan horrible.
Se sacudió aquel pensamiento y se frotó el centro del pecho, como si así pudiera convencerse de que su corazón aún funcionaba.
—¿Tristan ha averiguado algo más sobre las familias de esos matones? Dijo que estaba intentando conseguir las grabaciones de las cámaras de la biblioteca o algo así.
—No me ha respondido. ¿Te ha llamado a ti?
Se palpó el bolsillo de la chaqueta... Ah.
—Se me ha quedado sin batería el móvil.
Había gastado lo último que le quedaba en dejarle un mensaje de voz a su madre.
Reid asintió.
—No pasa nada. Tristan está con ello y yo hablaré con él. Está controlado. Tú céntrate en tu padre.
Negó con la cabeza.
—Me siento tan... impotente aquí. Fuera de control. Estoy fuera de control. No puedo quedarme sentada aquí toda la noche. Tengo que hacer algo, moverme, ayudar o...
—Al menos puedes esperar a que despierte, Maggie.
—Sí. Y lo haré. Pero el resto de la noche, cuando se estabilice... Quiero decir, si se estabiliza...
Se le quebró la voz.
Reid le cubrió la mano con la suya. La suavidad del gesto le erizó el vello del brazo. No de una forma pegajosa. Esta vez no.
—Esperaré contigo.
—Pero el caso...
—Es cuestión de vida o muerte, lo sé —dijo él—. Pero esto también.
Le vibró el móvil. Echó un vistazo a la pantalla y lo apagó.
—¿Quién...?
—¡Mags!
Alzó la vista. Alex irrumpió corriendo por Urgencias, con el bolso enorme golpeándole el muslo, los pendientes colgantes balanceándose y el pelo rubio destellando bajo las luces.
Sammy e Imani venían justo detrás; Owen cerraba la marcha.
Owen miró a Reid, después a las manos entrelazadas de ambos, antes de encontrarse con los ojos de Maggie. Reid le soltó los dedos.
Maggie apenas había logrado ponerse en pie cuando Alex se le echó encima como un toro enfurecido. Era diminuta, pero Maggie se tambaleó y Reid la sostuvo con una mano en la parte baja de la espalda. Nada sexual. Puramente práctico. Claro. Porque era su amigo . Como Alex, Imani, Sammy y Owen.
Alex se apartó y le examinó la cara como si buscara pistas sobre el estado de su padre. Y seguramente las buscaba.
—¿Sabes algo ya?
Maggie negó con la cabeza.
—No, yo...
—Esperaremos contigo hasta que lo sepas.
Alex se instaló en el asiento que Maggie acababa de dejar, justo al lado de Reid.
Maggie abrazó a Owen y luego a Sammy e Imani a la vez, como si quedara atrapada en un sándwich de apoyo; los rizos oscuros de Imani le hicieron cosquillas en la nariz.
Cuando volvió a girarse, Reid estaba de pie en el borde del grupo, con los brazos cruzados. Preocupado.
—Estoy bien, Reid. Te lo prometo.
Él asintió, aunque no parecía convencido.
—Voy a seguir buscando a este tipo. Hablamos luego.
Retrocedió otro paso, se volvió y se encaminó hacia la salida.
—Creo que lo hemos espantado —dijo Sammy.
Su mujer le dio un codazo. Imani palmeó el bolso con una mano de uñas impecablemente arregladas.
—He traído gusanitos. Y cartas. Alex tiene ositos de gominola. Pasaremos el rato de una manera u otra.
Siempre sabían lo que necesitaba.
Maggie volvió a acercarse a las sillas.
—Me vendría muy bien un osito de gominola... o cinco.
Pero Alex no le prestaba atención. Tenía la mirada clavada en la figura de Reid mientras se alejaba, los ojos brillándole tanto como las joyas.
—No me habías dicho que tu amigo detective estaba bueno. Igual deberíamos pedirle que se quede. Ya sabes, por si necesitas un... abrazo extra.
Le guiñó un ojo.
Maggie se volvió. Vio a Reid desaparecer por las puertas, hacia la noche. Aún tenía la mano caliente. ¿Por qué le seguía hormigueando el brazo?
Sammy frunció el ceño.
—¿Qué?
Mierda. Aquella vez sí que lo había dicho en voz alta.
—Nada. Nada en absoluto.
Pero quizá fuera mentira.