Los muertos no hablan (Juegos de la mente 2) Capítulo 27 #3
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Capítulo 27 #3

No, aquello no encajaba... Nuestro hombre no era militar, no parecía militar.

Era otra cosa. Desde las escenas del crimen hasta su manera de matar agachado para disimular la estatura, pasando por el «pobrecito» que había escrito debajo del número de teléfono de su padre, todo estaba empapado de eufemismos: acertijos y códigos.

El asesino no se llamaría topo a sí mismo si fuera un agente de verdad.

—Maldito crío —murmuró su padre, repitiendo como un loro las palabras del hombre de la pantalla.

Maggie no sabía si se refería al tipo del topo, al sospechoso del programa o incluso a ella.

Se puso en pie y volvió junto a Reid. Bajó la voz, o todo lo que podía bajarla para que se oyera por encima del televisor.

—No me imagino a nuestro asesino como un agente infiltrado. Incluso lo del hacha resulta raro en un militar. Suelen preferir los cuchillos de campaña.

Reid frunció el ceño.

—Entonces ¿qué está haciendo? ¿Por qué se ve a sí mismo como un topo?

—Todo lo que ha hecho tiene que ver con la proyección, con sustituir una cosa por otra.

¿Qué significaba realmente un topo, en el fondo?

—Quizá se vea como un infiltrado.

Y, evidentemente, lo era. Pero la casa de Colin, el lugar donde había empezado todo... ahí estaba la clave.

—La casa de los James es donde comenzó esto —prosiguió—. Es el único sitio en el que pudo haber sido un infiltrado de verdad. Y...

Pobrecito, pobrecito, pobrecito.

—¿Y si Colin no deliraba?

Reid arqueó una ceja.

—¿No se pasó toda su estancia psiquiátrica convencido de que su hermana seguía viva? Te enseñé esas fotos, Maggie. Es imposible que saliera de aquello.

—Los juguetitos, lo de «pobrecito», esa nota en el baño de esta casa...

La habitación pareció quedarse inmóvil. La sangre le rugía en los oídos con tanta fuerza como el televisor.

—No creo que Colin hablara de su hermana en ningún momento.

Había alguien en la vida de Colin a quien infantilizaba.

Alguien a quien trataba como una mierda.

Cada vez que Colin usaba esa expresión, nos estaba diciendo quién mató a su familia: alguien a quien atormentaba, alguien a quien llamaba pobrecito .

Reid suspiró, frustrado.

—Supongamos que tienes razón. ¿Quién podría ser ese infiltrado?

Los James no habían acogido a ningún menor desde hacía un año, y las pruebas forenses no encajan con un niño.

Ningún bebé le cercenó de un hachazo limpio la garganta a la hermana de Colin y le dejó el hacha incrustada en la columna. No tiene ningún sentido.

—Puede que la familia abriera las puertas de su casa a un adolescente mayor.

Un chico fugado quizá no constara en ningún registro oficial.

O tal vez acogieron a un adulto, a alguien con un problema médico, lo bastante vulnerable para que Colin abusara de él.

Los James realizaban mucha labor benéfica.

Quizá su generosidad también alcanzara a los adultos.

—¿Y por qué iba a quedarse allí un adulto si Colin era semejante capullo?

—No tengo ni idea de cómo ocurrió, Reid.

Y puede que esté completamente equivocada.

Pero esto encaja. Encaja más que cualquier pista que hayamos seguido hasta ahora.

Cuadra con el perfil. Hubo alguien lo bastante cercano a esa familia como para que le hicieran un daño terrible; tanto daño que acabó perdiendo la cabeza y despedazándolos a todos a hachazos.

Esto no fue un accidente, y no fue algo aleatorio...

¿Estaba gritando? Sí. Estaba gritando.

Apartó la mirada de Reid. La pantalla del televisor se había quedado negra y la habitación estaba sumida en un silencio sepulcral, salvo por el eco de sus propias palabras, que aún se apagaba en sus oídos.

¿Era aquella la forma de su padre de decirles que ya había terminado de ver el programa?

¿Era eso lo único que quería que vieran?

Pero su padre no apagaba el programa. Nunca apagaba el programa.

Se apartó de Reid y rodeó el sillón de su padre. Él no se movió. Y no tenía el dedo posado sobre el mando como si lo hubiera apagado a propósito. La palma descansaba de plano sobre el apoyabrazos, con la parte carnosa del pulgar sobre los botones. Inerte.

—¿Papá?

Miraba fijamente la pantalla, como siempre. Pero el viscoso hilo de baba que le serpenteaba desde el labio inferior hasta la rodilla no era habitual. No estaba bien. No estaba bien en absoluto.

Oh, no.

El corazón le tronaba en el pecho, en la cabeza, mientras corría hasta colocarse frente al sillón y caía de rodillas.

No, no, no, no. Los dedos de su mano derecha tamborileaban contra el cojín del asiento, pero la mano que descansaba sobre el mando seguía lacia.

Lo agarró por los hombros. La cabeza se le venció hacia delante, con el cuello flojo, como si le hubieran extraído todos los músculos. Los párpados se le cerraron.

Lo echó hacia atrás, se puso en pie de un salto y corrió hacia la puerta, pero Reid ya estaba allí, gritando hacia el pasillo.

—¡Necesitamos ayuda aquí!

Toda la seguridad del mundo no había podido salvar el cerebro de su padre. Lo que no sabía era si aquel sería el ictus que por fin se lo llevaría por delante, con el asesino todavía encerrado dentro de su cabeza.