Capítulo 27 #2
Se acordaba perfectamente de Reid y, más aún, de que lo habían interrogado por el ataque. Pero ¿recordaba el ataque en sí? ¿Y qué creía haberles contado? Que ella supiera, no les había dado nada de utilidad.
Miró a Reid, pero él parecía tan desconcertado como ella. Al menos su padre estaba centrado en el caso que habían ido a tratar y no en... sándwiches de queso. Casi parecía demasiado fácil.
—Lo sé, papá. Se lo dijiste. Pero esperaba que pudieras contarme un poco más sobre el hombre que te hizo daño. Alguien que me importa corre peligro.
No era del todo cierto: no tenía ni idea de quién podía ser el siguiente en la lista del asesino, pero él olvidaría aquella mentira piadosa al cabo de una hora.
Él volvió la cabeza bruscamente hacia ella y torció el gesto, receloso, antes de regresar la vista a la televisión.
Ah... Lo había llamado papá. No había querido usar aquel apelativo cariñoso; nunca quería presionarlo para que recordase, pero a veces se le escapaba.
Era difícil deshacer treinta y seis años de respuesta automática.
—Se lo dije —murmuró—. Estaba mal, todo mal.
Pulsó el botón del mando a distancia para pausar el programa. El silencio resultó ensordecedor. ¿Habían estado alzando la voz por encima de la tele hasta entonces? Entre el agotamiento físico y la tensión emocional de los últimos días, apenas había registrado el ruido.
—El equivocado —afirmó papá con firmeza. Alzó un índice y señaló la pantalla, donde Harris Overstreet aparecía al borde del encuadre.
Maggie frunció el ceño. ¿El equivocado? Otra clave, otro acertijo. A menos que no significara nada. Entrecerró los ojos ante el rostro congelado del presentador: la boca medio abierta, los párpados medio cerrados. No era eso lo que su padre intentaba enseñarle.
El equivocado, el equivocado… equivocado.
Aquel era su programa favorito, el único que veía con regularidad; había elegido la plataforma de streaming únicamente por él.
Pero nunca había sido exigente con el episodio.
Y ahora, dos veces, había mencionado «el equivocado» mientras lo emitían.
Una cuando ella le preguntaba por el caso, y ahora…
Se acomodó en el segundo sillón reclinable y le miró la cara. Él no se volvió, obligándola a contemplar el lateral de su cabeza como una acosadora enamorada: la mejilla, la mandíbula apretada.
—¿Qué episodio es el correcto ?
¿Era realmente una pista? ¿O solo estaba hablando por hablar? Pero después de lo que había pasado con Ezra, no quería descartar nada de lo que dijera.
Su padre mantuvo la mirada fija en el televisor.
—Grant… —empezó Reid, acercándose por detrás de los sillones.
Pero volvió a callarse al ver que Maggie negaba con la cabeza. La concentración de su padre no estaba garantizada; aquella posible revelación parecía tan frágil que no quería gafarla, no quería que nada lo distrajera.
Por suerte, su padre no le prestó la menor atención a Reid.
Parpadeó ante la pantalla silenciosa, ante la cara de Overstreet congelada en una expresión extrañamente orgásmica.
Puaj . ¿Ella ponía esa cara alguna vez? En el club llevaba antifaz, así que, aunque se pusiera en modo Overstreet total, nadie llegaría a saberlo.
—Los de los uniformes —dijo por fin su padre.
Maggie levantó la vista hacia Reid, pero él ya tecleaba en el móvil, sin duda buscando el episodio en cuestión.
Uniformes… Uniformes… Había montones de episodios en los que delincuentes con algún tipo de uniforme secuestraban, asesinaban o eludían a la policía.
Un uniforme era una buena manera de conseguir que la gente bajara la guardia, y los delincuentes lo sabían.
¿Era eso lo que papá trataba de decirles?
¿Que el asesino llevaba uniforme? ¿Había entrado el sospechoso en este piso vestido de enfermero o de médico?
Volvería a preguntar en la residencia, pero ya lo habían revisado todo con lupa.
Al personal que había estado cerca de la habitación de su padre.
Los coches del aparcamiento. Los visitantes que había habido en el vestíbulo antes del ataque.
Maggie se estrujó el cerebro tratando de recordar algún episodio del programa con médicos o enfermeras, pero no se le ocurrió ninguno.
—¿Uniformes militares? —preguntó Reid, alzando la cabeza—. Hay un par de episodios de esos.
Su padre resopló, pero se le suavizó la tensión en la comisura del ojo. Maggie asintió en su lugar.
—¿Podemos usar el mando para encontrar el correcto?
Reid le tendió la mano a su padre. Maggie aguardó una negativa rotunda, que les mandara callar, quizá que le preparasen algo de picar mientras él pulsaba el play, pero se limitó a bufar y dejó caer el mando en la palma de Reid. Ambos observaron cómo recorría la lista de episodios.
La otra mano de Reid descansaba sobre el respaldo de su sillón, cálida cerca de su hombro. Se le erizó la piel mientras los títulos de crédito pasaban a doble velocidad. Reid pulsó el play cuando apareció Overstreet, con aquellos ojos azules y penetrantes que parecían atravesarle el alma.
—Con su ayuda, puede que por fin resolvamos estos enigmas.
El primer segmento avanzó con una lentitud exasperante: la historia de un oficial de la Marina que se convertía en secuestrador al regresar a casa y descubrir que su mujer se había ido a vivir con otro hombre.
—¿Es este? —le preguntó a su padre.
Su padre gruñó. Fulminó la pantalla con la mirada.
Maggie negó con la cabeza para que Reid lo entendiera, y él siguió pasando episodios con el mando hasta encontrar otro de «uniformes».
Observó el rostro de su padre mientras, una vez más, Overstreet aparecía y soltaba su numerito de apertura.
Papá seguía hosco, irritado. Tenían que darse prisa; ¿quién sabía cuánto podría durar siquiera aquel grado de lucidez?
Le hizo otro gesto a Reid, y él salió del episodio para poner otro. Esta vez, en cuanto Overstreet apareció en pantalla, su padre se enderezó.
Sí… sí . Vamos, papá.
La imagen cambió a un hombre de pelo ralo y desgreñado, con una camiseta verde militar y unos vaqueros azules desteñidos hasta el gris.
—Nadie más lo habría llamado así —dijo el hombre—. Era un mal tipo, un tipo vil. Pero no pensé que fuera un topo.
Su padre dio una palmada al oír la palabra — topo — con tanta brusquedad que Maggie dio un respingo.
—Podemos… investigar al personal militar —dijo Reid.
Pero a Maggie se le revolvieron las tripas de incertidumbre. Nada en aquel caso ni en el perfil del asesino apuntaba a espionaje, y desde luego los asesinatos tampoco.
—Cruzaré los datos con los archivos del personal del hospital.
—No es alguien que trabajara allí —dijo ella en voz baja.
—¿Cómo sabes…? —Se interrumpió—. Claro. Por supuesto.
Había deducido que Tristan la había llamado, y Tristan, evidentemente, había pasado de llamar a Reid, como ella le había pedido.
Se volvió hacia su padre.
—¿Esto era lo que querías que supiera? ¿Que el hombre que irrumpió aquí era un topo?
Por fin la miró y asintió una sola vez. No era mi hombre ; era el tipo del topo .
Ahí estaba el error. Pero los ojos color ámbar se le veían lúcidos, tan lúcidos como antes del ictus.
Maggie le sonrió; la mano, que hasta entonces había mantenido cerrada contra la rodilla, se alzó en busca de sus dedos.
Estoy aquí, papá. Pero aquella chispa se apagó tan deprisa como había surgido.
Él volvió a mirar la pantalla, donde el presentador divagaba sobre operaciones encubiertas.
Reid dejó el mando a distancia en el apoyabrazos del sillón de su padre.
Maggie bajó de nuevo la mano al muslo. La decepción le atravesó el torrente sanguíneo, ardiente y punzante. Céntrate, Mags. Misiones militares. Operaciones encubiertas.
Topos.