Capítulo 27
E l anochecer que se echaba encima olía a violencia, aunque seguramente era el rastro de cobre que aún le quedaba en la nariz o las tripas de Fluffy empapándole la carne.
Sí, buena idea, Maggie. Céntrate en la sangre y las vísceras. Seguro que ayuda.
Maggie obligó a sus pulmones febriles a aspirar aire, parpadeó mirando el edificio de su consulta a través del parabrisas y giró la llave de contacto.
Reid había puesto a Phoebe al corriente de las conductas desviadas de Ezra —lo de Fluffy, el robo del pisapapeles, el asesinato de su padre—, pero la agente no se había mostrado sorprendida, al menos no por las dos primeras.
Había un motivo por el que Phoebe no lo había dejado a solas con su perra.
Había sentido en la nuca esa inquietud que los psicópatas solían despertar.
Pero no se había atrevido a decirlo en voz alta.
Nadie quería hablar mal de un niño traumatizado.
Maggie también lo había sentido, pero lo había atribuido al trauma: el embotamiento puede parecer falta de empatía.
En aquellas circunstancias, era irresponsable saltar a la conclusión de que padecía un trastorno antisocial de la personalidad, sobre todo porque ese diagnóstico no se aplicaba a los niños.
A Ezra aún le quedaban años antes de que le colgaran una etiqueta oficial.
Pero no podía negar que estar sola en el coche, lejos del niño, suponía un alivio bienvenido.
El silencio se extendía como hebras finísimas de seda; la brisa armonizaba con el zumbido constante de los neumáticos sobre el asfalto.
El ruido blanco también le aliviaba la presión del pecho, la espantosa tensión de los hombros, y reemplazaba la vibración frenética de su cabeza por una bruma apagada, vacía, entre oleadas de pensamientos frenéticos.
Ya debería saber que no es prudente dejarse llevar a ese extremo. Cualquiera podía tensarse demasiado. Cualquiera podía tensarse hasta romperse. Cualquiera. Pero los profesionales de la salud mental tenían fama de creerse demasiado fuertes para quebrarse.
Dio un respingo: le vibraba el bolsillo. Maggie sacó el móvil a trompicones de la chaqueta y se lo llevó al oído sin mirar la pantalla. Últimamente, todas las llamadas podían ser importantes; cada gesto estaba cargado de urgencia.
—Tu sospechoso no trabaja en el hospital psiquiátrico. Los he investigado a todos como en los seis grados de Kevin Bacon.
Tristan. Puso el intermitente.
—Pero no me has llamado para decirme solo eso, ¿verdad?
—Querer oír tu voz no es poca cosa.
Se quedó callada, esperando a que fuera al grano. Escuchándolo respirar. Le dolía el corazón… ay, el corazón.
¿Qué vas a hacer con él, Maggie?
Si de verdad quisieras que te dejara en paz, ya habrías cortado por lo sano. Te habrías metido con su pelo, con su coche o con lo que sea que cabree a los tíos hoy en día. Sus ideas políticas, quizá.
Por fin, Tristan carraspeó.
—He encontrado la conexión entre tus víctimas. Tenías razón, como de costumbre. Los chicos de las familias asesinadas acosaban a niños cuyos padres pertenecían a un grupo de apoyo concreto. Bueno, el grupo es para los padres, pero ya me entiendes.
Frunció el ceño al contemplar el horizonte de un naranja sanguinolento. Pronto oscurecería.
—¿Mencionan a los acosadores por su nombre?
Si era así, tenían toda una lista de posibles objetivos. Quizá pudieran averiguar quién era el siguiente en la lista del asesino.
—Solo alguna inicial de vez en cuando, y en el grupo hay miles de personas.
Pero no me ha costado tanto relacionar direcciones IP locales con nombres de usuario.
Además, según iban muriendo los acosadores, los padres de los niños que sufrían el acoso dejaron de publicar; cuando cesó el hostigamiento, ya no necesitaban tanto apoyo.
Eso lo ha facilitado. Pero ninguno de esos niños tiene padres asesinos: he comprobado sus coartadas para las noches de los crímenes.
Aunque ahora sé que dos de esos padres tienen síndrome del intestino irritable, uno padece disfunción eréctil y otro está liado con alguien.
Presumido.
Pero el doloroso martilleo de su pecho se había apagado hasta convertirse en un aleteo opresivo. Sabían cómo elegía el asesino a sus víctimas. ¿Sabía Tristan quién era?
—¿Has logrado identificar al sospechoso? ¿Un nombre, una dirección, un…?
—Sigo con ello. Ya he acotado la búsqueda geográficamente, centrándome en un radio de cien kilómetros alrededor de los asesinatos más recientes.
Pero todavía hay muchos miembros que revisar.
Estoy cruzando datos con quienes estuvieron en Ohio durante los asesinatos de allí, pero de momento no he sacado nada.
Puede que tu hombre se maneje bien en la web profunda.
Varios miembros jamás utilizan la misma IP, lo que dificulta rastrearlos.
Y unos cuantos se conectan siempre desde lugares públicos —bibliotecas, cafeterías y sitios así—, de modo que revisaré esas grabaciones antes de ampliar el radio de búsqueda.
Joder, era bueno.
—Ya que estás…
De verdad que no quería pedirle aquello, pero le parecía necesario… vital.
—Si los empleados del psiquiátrico son un callejón sin salida, ¿puedes acceder a los historiales de los pacientes? ¿Ver quién estaba ingresado con Colin?
Mantendría aquella información en secreto salvo que hubiera buenos motivos para pensar que uno de ellos era un asesino.
—Lo he intentado y no he podido. Reid está tramitando una orden judicial de registro, así que dentro de poco será cosa federal. Pero ese sitio sigue anclado en la Edad Media. Todos sus archivos están en papel: tendríamos que entrar físicamente a robarlos para conseguir lo que necesitamos.
Debería haberlo supuesto. Si todo hubiera estado informatizado, habrían sabido que Colin estaba muerto antes de llegar allí.
—¿Qué ha dicho Reid sobre el grupo de apoyo?
Una pausa.
—Aún no se lo he contado.
Maldita sea, Tristan. —¿Por qué no? Es el único que puede hacer algo relevante con esa información.
—Ya, pero eres mi favorita. Y mucho más mona.
Se le oprimió el pecho, pero no era solo ansiedad: había otra sensación más abajo, más ardiente, en lo hondo del abdomen.
¡Peligro, Maggie! ¡Peligro! —Voy a colgar, Tristan.
Tienes que llamar a Reid ahora mismo y ponerle al corriente.
Y cuando averigües algo más, tendrás que volver a llamarlo.
De todos modos, casi no me queda batería.
—Voy a llamarte, te guste o no.
Pulsó el botón para terminar la llamada y lanzó el móvil con rabia al asiento de al lado.
Si Tristan buscaba a alguien a quien controlar, se iba a llevar una decepción.
A veces tenía que aceptar que no podía controlarlo todo: sus pacientes no siempre tomarían las decisiones adecuadas, por puro protocolo, el detective tenía que llevar la voz cantante en los casos criminales, su padre estaba perdiendo la cabeza, Aiden y Kevin estaban muertos.
No podía hacer nada al respecto. Pero ni de coña iba a permitir que alguien como Tristan Simms le dijera lo que tenía que hacer.
Le gustaban los retos, pero no de esa manera.
Entonces ¿por qué no dejaba de obsesionarse con aquel tío? ¿Qué demonios había estado pensando?
No sabes lo que quieres. Estás tan jodida desde que murió Kevin que ni siquiera eres capaz de averiguar qué podría hacerte feliz.
Apartó aquellos pensamientos. Ya estaba jodida antes de que Kevin muriera. Si no lo hubiera estado, habría aceptado su proposición de matrimonio en vez de dejar que se marchara con el corazón roto. Si hubiera sido normal, él seguiría vivo.
Maggie entró en el aparcamiento y metió el coche de golpe en la posición de aparcamiento, dejando que el calor que sentía en el vientre cuajara en irritación. Tristan Simms es insoportable. Había vidas en juego y él estaba usando el caso como excusa para tocarle las narices.
El aire frío de la noche se le coló bajo la blusa de escamas de dragón y le erizó la piel mientras se dirigía al edificio.
Ya no había policías locales en la residencia; sin duda, los guardias armados de Tristan los habían hecho sentirse poca cosa.
En la puerta estaba el mismo hombre que la última vez, con la cabeza calva reluciente y el uniforme negro impecable. Asintió al verla girar el pomo.
Su padre estaba sentado en su sillón, mirando la televisión.
Anuncios. No había querido ampliar los servicios de streaming porque a veces disfrutaba de los anuncios de hamburguesas con queso y batidos, dos de sus cosas favoritas antes del primer ictus.
Le gustaba pensar que aquellos anuncios despertaban algo en su cabeza.
Una sensación, aunque no fuera un recuerdo.
—Buenas noches —dijo él sin apartar la vista de la pantalla.
Maggie se detuvo junto al brazo del La-Z-Boy. ¿Sabía quién era? Si la hubiera llamado Mags, lo habría sabido, pero buenas noches servía para cualquiera.
—Hola. ¿Qué haces?
—Ver mis programas. Es tarde para visitas, ya lo sabes.
—Sí, lo sé. ¿Estás cansado?
—Qué va.
Su padre se quedó callado. Maggie siguió su mirada y vio a una mujer retorciéndose sobre el capó de un coche, al parecer enloquecida de deseo por unas...
¿patatas fritas hechas de pollo? No tenía claro qué alimento podría ponerla a ella así de cachonda, pero desde luego no sería pollo de comida rápida.
Quizá solo tenía que ser algo prohibido.
Era alérgica a los anacardos; esos sí la harían retorcerse hasta llegar al hospital.
Un suave shhh desde el fondo de la sala interrumpió sus pensamientos. Su padre miró hacia allí cuando Reid entró por la puerta corredera de cristal y saludó con un gesto al guardia apostado en la parte trasera. La entrada posterior seguía vigilada.
La mandíbula de su padre se tensó. Cerró los puños. Puede que no supiera quién era ella, pero a Reid lo reconocía sin ninguna duda.
—Ya se lo dije a la policía... se lo dije. Les dije que estaba mal, todo mal.