Capítulo 25
E l silencio cargado del coche le ayudó a asentar el estómago, pero Maggie sentía como si llevara una goma elástica tensada alrededor del torso mientras Reid conducía para salir del barrio.
Tenía los nervios en carne viva, la piel vibrándole con la necesidad de hacer algo: la energía acumulada por la impotencia.
El estrés llevaba días acumulándose, pero la carnicería de aquella casa, aquellos niños muertos… era demasiado.
Necesito soltar esta presión. Voy a perder la cabeza. Aunque había sido su mayor vía de escape durante los meses posteriores a la muerte de Kevin, no podía ir al club. El hedor a sangre seguía pegado al fondo de su garganta; no era precisamente excitante. ¿Qué otra cosa se suponía que debía hacer?
—Así que ha vuelto a usar un hacha —dijo Reid—. ¿Qué crees que significa?
Resolveré un asesinato. Tiene que ser mejor que follar por ahí en un club de sexo, ¿no? Cuando llegara a casa, hasta podría ponerse el cuero. Y procuraría no pensar en Tristan. Pensaría en… George Clooney. ¿Seguía estando bueno? Si pensaba en Kevin, acabaría llorando. Quizá pensaría en…
Miró de reojo. Reid la observaba. Maggie carraspeó y se obligó a expulsar aquellos pensamientos de la cabeza, pero le temblaban las manos cuando dijo:
—Creo que significa que no está tan empeñado en cambiar de patrón como creíamos.
Daba igual que hubiera intentado involucrar o no a ese nuevo chico en los asesinatos; había vuelto a las andadas. Parpadeó y, en la oscuridad tras los párpados, vio al niño muerto sobre la alfombrilla del baño, los labios azules… aquella agua rosa. El asesino estaba tan furioso con esos niños.
—Ezra podría haber sido un experimento enfermizo —dijo Reid de pronto—.
Puede que el asesino decidiera en el momento torturar a Ezra obligándolo a matar a su padre.
Cuando no lo disfrutó tanto como había previsto, volvió a su viejo modus operandi .
Tampoco le gustó dejar a Colin con vida, porque regresó a por él.
Y seguían sin tener ni idea de cómo había conseguido entrar en el hospital psiquiátrico. Pero esa explicación «espontánea» para el comportamiento del asesino no la convencía, y, por la manera en que Reid había entrecerrado los ojos, a él tampoco.
—Solo necesito unos minutos para pensar —murmuró.
Y un orgasmo.
—Y un café —dijo Reid.
Mierda, ¿he dicho eso en voz alta?
—Perdón —se corrigió al ver su expresión—. Té.
Uf.
El resto del trayecto transcurrió en un silencio tan espeso que lo sentía como una presencia física, húmeda y pegajosa contra la piel.
Maggie contempló el cielo color peltre, cada vez más oscuro, e intentó expulsar de los senos nasales el sabor cobrizo de la muerte.
Su cerebro se había quedado inexplicablemente en silencio.
Cuando por fin llegaron a la consulta, hasta el ascensor parecía reticente, como si los engranajes comprendieran que necesitaba un poco de delicadeza y hubieran contenido sus chirridos y gemidos.
Se acomodó en la silla tras el escritorio.
Ezra estaba en la sala contigua con Owen; llevaba allí desde que se habían marchado, quizá bebiéndose su peso en Mountain Dew.
Owen le había escrito para decirle que había pedido tacos, buen tío que era.
Con suerte, Ezra los estaría disfrutando.
Su chai estaba caliente, pero insípido; sus papilas gustativas se habían tomado el día libre.
—¿Ha vuelto a robar el pisapapeles? —Reid señaló el escritorio, desnudo salvo por los rastros de cera que el lápiz de Ezra había dejado al atravesar el papel—. ¿O lo has guardado tú?
No, pero he guardado el muñeco cabezón, así que está claro que ya había detectado su tendencia a mangar. Dejó el chai en el hueco vacío que había ocupado el pisapapeles y se encogió de hombros.
—Que se lo quede, si tanto le importa.
—No deberías ceder ante ese tipo de comportamiento.
Maggie arqueó las cejas. Tenía razón, claro que la tenía, pero el crío había visto morir a toda su familia; lo habían obligado a participar. Si llevarse aquel pisapapeles le hacía sentir siquiera un poco de control, si lo ayudaba a abrirse para que pudieran atrapar a un asesino…
—Yo soy la psicóloga, ¿recuerdas? Tú a lo tuyo, madero.
—¿Madero? —Dio un sorbo al café e hizo una mueca—. Llaman los años cuarenta; quieren que les devuelvas su jerga.
—Llaman los noventa; quieren que les devuelvas los pañuelos de bolsillo.
Parecía que los dos intentaban aliviar con bromas el horror de la escena del crimen. Pero ninguno logró esbozar una sonrisa.
—Es un pañuelo de bolsillo estupendo —replicó, alzando una mano hacia el pecho. Frunció el ceño y miró el bolsillo vacío—. Bueno, normalmente llevo pañuelos de bolsillo estupendos. — Reid suspiró, dejó caer la mano y negó con la cabeza—. Tengo la sensación de que se nos acaba el tiempo.
Ella parpadeó, incapaz de rebatirlo. También lo sentía: una presión punzante a lo largo de la espalda. Urgencia.
—Recuérdame cuánto tiempo había entre los otros asesinatos.
Se quedó mirando el café mientras giraba el vaso para leer el nombre escrito en un lateral: READ.
—Seis meses entre el primer asesinato y el segundo, cinco entre el segundo y el tercero, y luego tres meses hasta la familia de Ezra.
Y ahora… cuatro días.
—Así que ha ido acelerando poco a poco, pero esto se sale por completo de su pauta. —Tomó un sorbo del chai aguado—. Dejar a Ezra con vida lo descolocó; no le proporcionó el subidón que buscaba. Asesinar al resto de la familia no sació esa compulsión de matar ni siquiera durante una semana.
La mandíbula de Reid se tensó. Estaba furioso, aunque no parecía que con ella.
—Ahora resulta tan obvio, pero no lo vi. En mi cabeza, se identificaba con la víctima más joven, sentía remordimientos; a veces lo veía llorando junto a aquella bañera. Se me escapó por completo que matar al niño era el único objetivo.
Escupió la última palabra como si fuera un trozo de pollo podrido.
Maggie se quedó inmóvil. El objetivo. El único objetivo. Se enderezó.
—¿Y si los dos tenemos razón?
Reid levantó la vista.
—¿Cómo?
—Podría llegar a esos niños en cualquier otro momento, de un millón de formas distintas.
Quizá no sea capaz de imponerse a un adulto, pero no tendría problemas para reducir a un niño de ocho años.
Si está dispuesto a correr esos riesgos, matar al resto de la familia también tiene que ser importante para él.
Puede que el niño sea la muerte más importante —el postre—, pero los quiere a todos muertos.
—Así que volvemos al castigo —dijo Reid—. Nada de protector; todo va de venganza.
—Vuelvo a pensar que formaba parte de la familia de Colin, o que se sentía parte de ella.
Incluso podría ser un vecino. Alguien cercano a los James también explicaría el orden de nacimiento de los niños que mató y por qué Colin no encajaba en ese patrón.
Colin era mayor que su hermana, pero en todas las demás familias asesinadas había un niño menor.
Aquel primer crimen debería de haber sido el que más se acercara a su verdadera intención.
Reid frunció el ceño.
—Pero… no, eso no tiene sentido. O se está matando a sí mismo en efigie o no lo está haciendo.
—La proyección no es una ciencia exacta.
Creo que escoge familias con un hijo pequeño porque se ve a sí mismo en esos niños.
Pero no trata al crío como si fuera él, sino como trataría a alguien a quien odia; quizá a alguien que le hizo daño.
Creo que, cuando mata al niño, se le mezcla todo en la cabeza: proyecta sobre ellos a ese chico mayor.
Reid entrecerró los ojos, pensativo, y dejó el café sobre el escritorio de Maggie.
—Estás hablando de… ¿la tendencia de Colin a ser un capullo? ¿Crees que Colin maltrataba a nuestro asesino?
—Creo que toda la familia tuvo algo que ver, por cómo los está descuartizando, aunque su único delito fuera no haber detenido a Colin.
También creo que aquella noche no pensaba dejar vivo a Colin.
Que Colin no estuviera en casa no formaba parte del plan.
El plan era que muriera. Y el sospechoso no pudo llegar hasta él mientras estuvo entre rejas.
En cuanto salió de prisión, el asesino vio su oportunidad de acabar con Colin, y su puesta en libertad reavivó a la vez el impulso de hacerlo otra vez.
Matar a esas familias al completo, culminar la aniquilación de arriba abajo, le dio aquello que ansiaba desde que empezó con la familia de Colin ocho años atrás.
—Pero ¿quién, Maggie? No he encontrado a una sola persona lo bastante cercana como para odiar así a los James.
Nunca acogieron a chavales mayores que tuvieran la capacidad física de cometer el crimen, y durante todo el año previo a los asesinatos no hubo ningún menor acogido en esa casa.
El último habría sido el chico al que vio Les, pero ni siquiera Tristan consiguió identificarlo.
No hay familia extensa que encaje. No tenían amigos íntimos de la familia.
—Se frotó la sien con tanta fuerza que se le enrojeció la piel—.
No tengo ni idea de dónde pudo conocer Colin a algún niño vulnerable al que maltratar; los vecinos tampoco lo saben.
Y el vecino mirón, que seguramente sabía más que nadie, murió hace tres años.
Qué conveniente.
—¿Lo asesinaron?
Reid negó con la cabeza.
—No, a menos que el asesino sepa provocar cáncer de páncreas.
Maggie oía los latidos de su corazón dentro de la cabeza: drub-drub, drub-drub, drub-drub .
—Vale, así que nadie pudo confirmar que hubiera otro niño viviendo en esa casa. Pero dijiste que tenían preparada una habitación de más, ¿no?
—¿La de la cuna?
Ella asintió.
—Quiero decir, todos hemos visto Muñeco diabólico …
Reid esbozó una media sonrisa.
—Aunque la familia del bebé se enfadara porque le retiraran la custodia, no podría averiguar quién lo tenía acogido; esos expedientes se guardan bajo llave por algo. Y ahora no tendrían ningún motivo para matar familias.
Sí, eso no encajaba con el perfil. ¿En qué estaba pensando? ¿Qué demonios estaba diciendo? Apenas había dormido en días. Estaba acelerada, al límite, perdiendo la cabeza.
Pobre bebé. Pobre bebé enfermo.
Alzó una mano temblorosa y se frotó la sien, imitando el gesto de Reid. No sirvió de nada. Drub-drub, drub-drub, drub-drub .
—Es evidente que estamos tratando con un adulto. No había adolescentes mayores acogidos, y un niño pequeño no mató a la familia de Colin. La paciencia y el sigilo necesarios para asesinar a una familia sin que nadie se despierte…
—Además, hundió la hoja hasta el hueso, tanto en casa de los James como ahora.
A menos que algún crío levantara pesas todas las noches y llevara toda la vida atiborrándose de esteroides, no tendría la fuerza necesaria…
—Sus palabras se apagaron contra las paredes, sustituidas por el jadeo cada vez más rápido de su respiración.
Maggie se quedó inmóvil. Bajó la mano. Reid tenía los ojos muy abiertos, presa de una revelación horrenda. Hasta se le había desencajado la mandíbula, como si la idea fuera tan espantosa que no pudiera pronunciarla, que solo pudiera dejar que se abriera paso lentamente entre sus labios.
—¿Estás bien?
Él no respondió. A Maggie se le tensó la espalda cuando él se levantó.
—Reid, ¿qué…?
—He encontrado tu pisapapeles —dijo, acercándose a la silla de ella.
Maggie giró para seguir sus movimientos. Reid se inclinó y escrutó el terrario de Fluffy. La tapa estaba abierta. Y…
Se le cerraron los pulmones. El corazón se le detuvo. Oh, no.
El pisapapeles relucía tras el cristal: una serpiente enroscada, lista para atacar. Y, por debajo de la pesada figura, asomaban varias patas peludas.
Todas inmóviles.
—Maggie, lo siento —dijo él—. No pensé…
Se levantó como a cámara lenta; las extremidades se movían sin pedirle permiso.
Metió la mano en el terrario y levantó con cuidado el pisapapeles del cadáver de Fluffy.
Unas vísceras largas y viscosas permanecieron adheridas al cristal durante un latido antes de desprenderse, y el cuerpo volvió a caer sobre el suelo de piedra con un golpe blando.
Oh, Fluffy. Lo siento muchísimo, pequeñín.
Dejó el pisapapeles al otro lado del terrario y retrocedió hasta que notó el borde del escritorio presionándole la parte posterior de los muslos.
Le escocían los ojos por las lágrimas que se negaba a derramar.
Bueno, papá, supongo que ahora sí que estoy oficialmente sola.
El amigo que él le había dado ya no estaba.
Y la única persona que había estado allí dentro era Ezra. Lo había dejado solo cuando salió a hablar con Reid.
—Por eso dejó vivir a Ezra —dijo con voz hueca—. Fue el primer niño con el que el asesino se identificó por completo; el primero sobre el que no pudo proyectar el rostro de Colin.
También habían interpretado mal las otras palabras que le había dicho a Ezra. Tú eres el siguiente no quería decir que el asesino fuera a volver a por él. Creía que el chico era su sucesor. El que tomaría el relevo cuando el asesino culminara su sangriento plan final.
Porque el niño también era un psicópata.