Capítulo 24
— T enías razón con lo del cambio de patrón —dijo Reid, con los dedos cerrados en torno al volante—. Y con que está acelerando el ritmo.
¡Muy bien, Maggie! ¡Date un aplauso!
Solo llevaba cuatro días metida en aquel caso, pero tenía la sensación de no estar haciendo lo suficiente.
El sospechoso mataba con tanta rapidez que apenas les daba tiempo a investigar, por no hablar de recibir los resultados forenses entre un crimen y el siguiente.
Habían solicitado analizar con urgencia aquel charco de sangre, pero aún estaban catalogando y examinando docenas de pruebas del apartamento de su padre. El asesino controlaba la partida.
—¿Hay alguna conexión entre esta familia y las demás?
—Viven en la misma ciudad que Ezra, dentro de mi jurisdicción. Pero, de momento, es la única conexión. Los niños no van a los mismos colegios: las nuevas víctimas iban a uno privado; Ezra y su hermana, a uno público.
Estiró el cuello, entrecerrando los ojos para leer la placa de una calle, y puso el intermitente.
—¿Qué opinas de lo del pasamontañas?
—Es una precaución razonable para cualquiera que entre a robar en una casa.
—Sobre todo si tiene complejos con su aspecto —dijo Reid—. Lo que comentaste: que es pequeño, acomplejado... Un cobarde, ¿no? Fácil de intimidar. Una máscara le permitiría esconder del mundo esa cara de enclenque.
—A mí me interesa más lo de «Hombre Topo».
Ezra dejó muy claro que el asesino se hacía llamar así.
Podría ser una treta, pero también podría haberse hecho llamar Cicatriz: ese nombre tendría tan poco que ver con su aspecto real como el otro, pero sonaría más duro, ¿no?
Debería gustarle más si mata para sentirse poderoso.
Y Maggie creía que era eso lo que buscaba. Tal vez lo moviera la venganza, pero protegía al hijo menor.
«Hombre Topo» era el tipo de supervillano moderno, ridículamente nervioso, que ninguna editorial de cómics publicaría jamás. Aunque quizá no debería juzgar. Si crearan un supervillano inspirado en ella, seguramente sería una suricata. O un mapache con TDAH.
El rostro de Reid parecía pálido contra el azul luminoso del cielo al otro lado de la ventanilla del conductor.
—Puede que se vea a sí mismo como un «hombre topo» porque no forma parte de la sociedad convencional, la de la superficie. He oído usar un término parecido para hablar de personas sin hogar que viven bajo los pasos elevados.
—No es muy progresista.
Pero ella también lo había oído, sobre todo en referencia a quienes vivían en los túneles bajo las grandes ciudades: Gente Topo .
—No he dicho que esté bien; solo que es un hecho. —Hizo una pausa—. ¿Era la madre quien maltrataba a Ezra?
Maggie asintió.
—Eso parece. Aunque resulta extraño que el asesino cambie esa parte del perfil de la víctima, con lo meticuloso que ha sido en todo lo demás.
Dudo que la madre de Colin hubiese podido provocarle una conmoción cerebral a su hijo, que jugaba al fútbol americano, y Les dijo que había sido el padre de Colin.
Así que podemos dar casi por seguro que el asesino no tenía una relación estrecha con Ezra.
Puede que supiera que había malos tratos, pero no conocía bien los detalles.
Dio por hecho que sería como en su propia experiencia.
Reid frunció el ceño.
—No paras de volver a eso. A que nuestro asesino sufrió abusos. A que mató a la familia de Colin porque le hacían daño a Colin. Pero de todos los niños de acogida con los que hablé, ni uno solo dijo haber sufrido malos tratos en casa de los James.
—¿Chicas o chicos?
—¿Qué?
—Los exniños de acogida con los que hablaste. ¿Eran chicas o chicos?
Los ojos de Reid se entrecerraron.
—Todas chicas. Parecían pensar que los padres de Colin eran poco menos que santos.
Vaya truco de feria tan inútil.
—La hermana de Colin nunca tuvo lesiones, Reid. No invitaba a nadie a casa, y no digo que estuviera a salvo al cien por cien, pero nuestro asesino no se comporta como si las hijas necesitaran protección.
—Joder. Tienes razón.
Suspiró.
Procura no parecer tan sorprendido, Reid, por Dios.
—Así que las chicas de la casa salieron indemnes.
Solo vivieron allí dos chicos de acogida, frente a trece chicas a lo largo de los años.
Está claro que preferían a las niñas. Pero no conseguimos encontrar a los chicos; los expedientes de adopción están sellados.
El crío al que vio Les se ha esfumado. Un niño de seis años no mató a la familia de Colin, pero me vendría de perlas alguien que pudiera dar fe de cómo eran.
Se frotó con la parte carnosa de la palma la mejilla, cubierta de barba incipiente. También había perdido el pañuelo de bolsillo. ¿Se le habría caído? En la oficina no lo había visto.
—Se nos escapa algo —dijo tan bajo que bien podía estar hablándose a sí mismo.
Volvió la vista hacia el parabrisas. Con suerte, podré averiguar qué.
Reid asintió como si pudiera oír sus pensamientos, pero, al meter el coche en la entrada, la pesadumbre que emanaba de la casa silenció cualquier posible conversación.
Aunque el día era luminoso, la vivienda parecía anegada de gris; la muerte había pintado los ladrillos con sombras de luto.
Las luces intermitentes parpadeaban en el parabrisas: rojo, azul y un violeta brumoso allí donde ambos colores se mezclaban.
Los vecinos, solemnes, rondaban la propiedad como un banco de tiburones alrededor de una ballena herida.
Solo una mujer lloraba. Los demás tenían los ojos hambrientos, sedientos de sangre y escándalo. Bienvenida a los suburbios.
Reid se volvió hacia ella, otra vez con aquella expresión culpable. Como si le doliera obligarla a mirar cosas muertas. Personas, Maggie; personas muertas.
—¿Estás lista? —preguntó.
—Lo más lista que voy a estar.
Cogió los cubrezapatos que le ofrecía y un par de guantes de látex.
—No toques nada. Y cuidado donde pisas.
Ya. Bizqueó y ladeó la cabeza.
—¿Tengo pinta de idiota?
—Es fácil olvidarse del protocolo.
No sonrió. Porque él estaba cuerdo… a diferencia de ella.
—Y ya hemos dejado atrás las descripciones y las fotos de la escena. Necesitas verlo de primera mano.
Pero Maggie oyó lo que no decía: Me da miedo que muera más gente antes de que consiga resolverlo por mi cuenta.
Lo siguió por el césped. Un agente con un bigote de manillar le lanzó una mirada de reojo; aquel salmonete facial le tembló antes de asentir hacia Reid.
—Llevan un rato esperándote —dijo, y se enganchó los pulgares en las trabillas del cinturón, con aires de vaquero que va a hablar de caballos .
Reid ni pareció advertirlo. Ni siquiera miró al agente; se limitó a seguir sobre la hierba y doblar la esquina de la casa.
El rodeo del edificio era largo, por un sendero serpenteante de adoquines naranja rosado que, en otras circunstancias, quizá habrían recordado a una puesta de sol.
Los técnicos forenses se afanaban de rodillas, pasando hisopos por las piedras y rebuscando entre la hierba de alrededor.
¿Estaban los cuerpos en el jardín trasero? No era propio de su asesino.
Detrás de la casa, el sendero daba paso a un patio de hormigón, donde otro técnico estaba arrodillado en el punto en que la losa se unía al ladrillo.
Reid se detuvo al borde del patio y miró a ambos lados, como si esperase que alguien pudiera estar observándolo.
Después cruzó despacio la losa, abrió la puerta trasera y desapareció dentro.
Maggie frunció el ceño. ¿Recorría siempre así una escena del crimen? Parecía metido en su propio mundo, como si ella ni siquiera estuviera allí. Se apresuró hacia la casa y entró detrás de él.
En el zapatero del recibidor trasero había tres pares de zapatillas bien colocados en los estantes y otros cuatro desperdigados por el suelo, a su lado.
Una mochila descansaba sobre el banco, con papeles sobresaliendo por arriba.
Aquel desorden no era producto de un forcejeo, sino un mero efecto secundario de tener hijos.
Los humanos pequeños solían hacer que tu casa pareciese el escenario de un intento de asesinato.
Pero aquel rastro metálico en el aire no era normal. Y, al internarse en la casa y dirigirse hacia las escaleras, el olor cobrizo se hizo más intenso, más dulce, empalagoso al fondo de la garganta. Reprimió una arcada.
—Esta vez no hay cuerpos en el salón —murmuró Reid a la escalera que tenía delante—. Muertes más rápidas.
A diferencia de lo que había ocurrido en casa de los Darren, el asesino no se había encontrado con nada que no hubiera previsto. Maggie escuchó, tratando de localizar el rumor del agua que llegaba de la planta de arriba y se volvía más fuerte a medida que subían. ¿Agua corriendo?
Claro. El asesino siempre dejaba el agua abierta. Debería haberlo recordado. Era una buena manera de ocultar pruebas, supuso; al menos, las pruebas de lo que hubiese ocurrido en el cuarto de baño.
El pasillo de arriba era corto y achaparrado, pintado de un azul real que le daba el aspecto de un túnel de observación de acuario.
Maggie avanzó con cautela tras él, hacia la primera puerta, pero Reid no se detuvo allí.
Tampoco ante la segunda, de donde llegaba con más fuerza el rumor impetuoso del agua.
En vez de eso, empujó con la punta del pie la puerta que había al fondo del pasillo.
—Primero los padres —dijo, más para sí que para ella—. Siempre lo hace así.
Ah. No estaba en su propio mundo. Estaba en el mundo del asesino , imitando sus movimientos, recorriendo la casa como lo había hecho el sospechoso, de principio a fin. Intentaba ver el crimen a través de los ojos de su asesino.
—¿Cómo sabes que esa es la habitación de los padres?
—Hay habitaciones más pequeñas a ambos lados del pasillo, ahí detrás. Y la distribución de la planta baja indica una zona diáfana más grande en el piso de arriba, justo enfrente de las escaleras.
Maggie solía considerarse una persona observadora, pero, por lo visto, le costaba muchísimo hacerse una idea de la distribución de una casa.