Capítulo 23
E zra entró en la sala con paso suave y una sonrisa tímida. No de las que pones cuando eres feliz, sino de las que intentan tranquilizar a los demás. Se instaló en la silla.
—¿Quieres acercarte más al escritorio, Ezra? He pensado que hoy podríamos dibujar.
En la cafetería parecía haberle gustado, así que se había comprado material para la sesión del día siguiente.
Se le iluminaron los ojos.
—¿De verdad?
Maggie parpadeó, sorprendida. Ya estaba hablando: buena señal.
—De verdad.
Sacó las ceras y el papel del cajón inferior y los dejó sobre el escritorio, entre el pisapapeles y el muñeco cabezón. La cabeza de Bert se bamboleó. Maggie miró los demás objetos que había sobre la mesa, cogió el muñeco y lo escondió en el cajón. Para hacer más sitio.
Sí, claro, Maggie. Lo que pasa es que no quieres compartir tus juguetes.
Podrías haber apartado el pisapapeles sin problema; el crío ya te lo robó una vez.
Pero, si a Ezra le gustaba tanto el pisapapeles, podía quedárselo.
Ya tenía bastantes regalos de Tristan por casa.
De Kevin solo tenía aquel muñeco cabezón.
Maggie rodeó el escritorio y ayudó a Ezra a acercar la silla. Cuando regresó a su asiento, el niño estaba inclinado sobre el otro lado de la mesa, apretando con fuerza una cera azul contra la hoja. Ida y vuelta, ida y vuelta: trazos ásperos, furiosos.
Ezra dejó de garabatear, miró a algún punto detrás de ella y se pasó la lengua por el labio superior, concentrado. Bajó de nuevo la cera. Una criatura amorfa con dos patas azules.
Maggie sacó otra hoja e imitó sus movimientos con un color distinto. Amarillo para ella, soleado y alegre como los pasillos del psiquiátrico. Donde habían asesinado a Colin.
—Me han dicho que te quedaste a dormir en casa de Phoebe —dijo Maggie, cambiando el amarillo por el naranja—. Tiene un perro, ¿verdad?
La pregunta solo pretendía romper el hielo; difícilmente iba a desembocar en un gran avance.
Pero, al mencionar al animal, Ezra levantó la cabeza.
—Es viscoso. Lo pone todo perdido de babas.
Una vocecita diminuta. Un niño diminuto.
—Sí, ya me lo imagino.
Garabateó con más fuerza. Cuatro patas. Seis.
—No quería jugar conmigo. Lo mandó a casa de los vecinos, a jugar con su perro.
La hoja se rasgó cerca del centro, una fina línea de destrucción que Ezra no pareció advertir.
—Lo miré por la ventana, dando saltos por el jardín de los vecinos. Pasándoselo tan bien sin mí.
La cera de Maggie se quedó suspendida sobre la hoja. Madre mía, de repente al crío le salían todas las palabras. Y la mayoría rezumaban rabia. Aunque ella también estaría furiosa si la hubieran obligado a matar a su padre.
—Debió de ser decepcionante.
El niño sorbió por la nariz. Ras, ras, ras hacía la cera. Tendría que ir con cuidado; la terapia requería tiempo. Y tiempo era justo lo que no tenían. Un dilema terrible.
—El perro tiene manchas, ¿no? Como el lunar de aquel hombre que viste. Me han dicho que Phoebe te enseñó fotos.
Una transición bastante torpe, pero Ezra parpadeó.
—No tenía ningún lunar.
Eh... ¿qué? —Entonces, ¿por qué lo llamaste así?
—Me dijo que os dijera eso. Pero que en realidad él era un topo. Y que nadie podía saberlo.
Maggie parpadeó. Espera… ¿el asesino le había dicho a Ezra que mintiera a la policía?
Y habían caído de lleno en la trampa: tantísimas horas de trabajo desperdiciadas en una artimaña.
Pero también le había insinuado a Ezra quién era en realidad: un topo.
¿Quién querría que lo asociaran con un topo?
Los topos eran furtivos. Salían de noche.
Eran la perdición de los campos de golf.
Pero también eran pequeños y casi ciegos, ¿no?
Quizá se lo hubiera puesto otra persona, como el mote que Tristan le había puesto a Reid: Richie.
Dejó la cera sobre el escritorio.
—¿Te acuerdas de qué aspecto tenía? Si no tenía ningún lunar…
—Llevaba una máscara. Como un gorro que le tapaba toda la cara.
Ezra frunció el ceño mirando su cera, afilada como una navaja por uno de los lados de tanto pintar con ella.
¿Un pasamontañas? Con razón no había podido describirlo más allá de «el topo».
—¿Cuánto medía?
—Más que yo.
Eso no le decía gran cosa, siendo Ezra tan bajito, pero ya tenían una idea aproximada de la altura del asesino y Maggie no sabía cuánto tiempo más seguiría hablando.
—¿De qué color tenía los ojos?
Ezra ladeó la cabeza. Se encogió de hombros.
—¿Y lo otro que te dijo? Lo de que tú eras el siguiente. ¿Te lo dijo exactamente así?
—No sé. Eso creo.
Creo no era una respuesta suficiente, pero tal vez no pudiera sacarle nada más claro. Y tampoco había muchas maneras de interpretar tú eres el siguiente .
—¿Dijo algo más?
El niño apretó los labios como si quisiera decir «basta». Tendría que cambiar de enfoque si quería que siguiera hablando. Maggie bajó la voz.
—Ezra… Sé que has pasado por mucho. Con tu padre. Por lo que cuentas, parece que fue muy cruel contigo.
Ezra volvió a entrecerrar los ojos, mirando más allá de ella, y añadió una séptima pata a su dibujo. Fluffy, comprendió. Estaba dibujando a Fluffy.
—No fue mi padre.
Se le tensaron las costillas. Eso era todavía peor. Matar a un hombre que te había dado una paliza brutal ya era bastante horrible, pero que te obligaran a matar a uno de tus padres que jamás te había hecho daño…
—¿Fue tu madre?
Volvió a sellar los labios. Pero el destello de crueldad en sus ojos parecía una respuesta en sí mismo. Y aún seguía conmocionada por la revelación de que el sospechoso no tenía ningún lunar. Habían perdido tantísimo tiempo siguiendo esa pista.
Quizá por eso el asesino se lo había ordenado. Convertir a un crío en su cómplice involuntario, en un instrumento para desviar la investigación mientras él preparaba su siguiente movimiento. Habían hecho exactamente lo que esperaba que hicieran.
Ezra cogió una cera roja y coloreó a toda velocidad el cuerpo segmentado de Fluffy: una elección chillona, aunque curiosamente patriótica.
—El topo… ¿te pidió ayuda, Ezra? ¿Te pidió que mataras a tu padre? ¿Te amenazó? ¿Por eso sigues vivo?
Con una última pasada de cera roja, Ezra apartó el dibujo de un empujón.
—No quiero hablar más.
Ella asintió. Demasiado lejos, demasiado rápido. Pero seguía usando palabras para comunicarse, y eso era buena señal.
—¿Quieres tomarte un descanso? Puedo traerte un vaso de agua, si quieres.
Él alzó lentamente la mirada hacia ella.
—Owen me deja beber Mountain Dew.
Maggie se quedó quieta. Owen ni siquiera dejaba que sus propios hijos bebieran refrescos. Desde luego, no guardaba un alijo en el despacho.
—Voy a… mirar qué tenemos.
Ezra entornó los ojos, evaluándola; quizá imaginando cómo sería hundirle un hacha en la garganta.
Se le erizó el vello de la nuca. Para, Maggie, solo es un niño.
Se encaminó hacia la puerta y él por fin apartó la vista de ella para acercarse el dibujo.
Cuando giró el pomo, ya estaba coloreando otra vez.
El vello de la nuca dejó de estar erizado. ¿Y eso a qué ha venido?
El aire del pasillo era fresco, casi dulce. Echó un último vistazo por encima del hombro al cruzar el umbral… y se estampó contra una pared. No… demasiado cálida para ser una pared. Parpadeó. Reid. Su móvil cayó sobre la moqueta.
Muy sutil, Maggie.
—Perdona, no esperaba que estuvieras… justo ahí .
Él se agachó a recoger el teléfono, milagrosamente intacto.
—Venía a verte.
Había traído a Ezra desde tan lejos para una sesión de urgencia, ¿y ahora quería interrumpirla? ¿Había ocurrido algo?
—¿Cómo va? —preguntó.
—Ezra quería tomarse un descanso. Y, además, quiere empezar a labrarse una diabetes, siempre que Owen se haya pasado al lado oscuro de los refrescos. Vamos, Reid, dime qué ha pasado.
Él miró hacia la puerta.
—¿Crees que estará bien una hora con Owen? Ha habido un… incidente.
Un incidente. Así había llamado la enfermera al ataque contra su padre.
El tiempo se ralentizó; la respiración se le volvió superficial.
El asesino había vuelto a por papá. Claro que había vuelto a por él.
Y si podía entrar y salir de un psiquiátrico con medidas de seguridad, encontraría la manera de sortear a los guardias de Tristan.
—Reid, ¿mi padre…?
—No se trata de tu padre.
El aire volvió a sus pulmones. Ay, gracias a Dios.
—Pero necesito tus ojos. Hay algo crucial en este asesino que no estoy viendo… No tengo ni idea de qué se me está escapando.
Tenía los músculos de la mandíbula tan agarrotados que a Maggie le sorprendió no oír el chirrido de sus muelas.
Él sostuvo su mirada.
—¿Qué tal llevas la sangre?