Capítulo 22
L a noche posterior al viaje al hospital se le hizo interminable, marcada por un cansancio que le calaba los huesos y le dejaba la cabeza embotada.
Cada vez que cerraba los ojos, oía el toc, toc, toc de unos pasos fantasmales.
Cada vez que los abría, deseaba que Reid estuviera allí.
No porque necesitara protección, sino porque sentía que él, más que nadie, entendería por qué no conseguía quitarse de la cabeza las imágenes de Colin James.
El sol salió demasiado pronto de su escondite nocturno, trenzando de plata las nubes.
La luz del amanecer cayó cortante sobre el suelo.
Se duchó, pero bastó con mirar el desagüe para que le viniera a la mente el cuerpo de Colin: la cabeza y el torso despatarrados sobre las baldosas como un muñeco de trapo, una mano muerta aferrando un coche de juguete que no era suyo.
Se preparó un chai y lo echó en un termo, aspirando el aroma de la canela, pero el olor del psiquiátrico se le había quedado prendido en los senos nasales: el empalagoso tufo a vainilla del despacho de Hadley.
Iba a ser un día muy largo.
Maggie tenía la agenda llena de pacientes hasta las tres; había encadenado las citas para compensar el día libre. El primero, J.D., parecía tranquilo y dueño de sí mismo. Apenas miró a la tarántula mientras hablaban e incluso sonrió a Fluffy al salir con paso firme. Fue un alivio muy de agradecer.
Durante las sesiones de mañana y tarde, no se le apareció la imagen de Colin.
El dulzón hedor del despacho de Hadley no la asaltó; solo percibía el chai especiado que iba saboreando entre paciente y paciente.
Aun así, Maggie seguía intranquila. Ninguno de los pacientes de su lista corría un peligro inmediato, pero moriría más gente si no encontraban al asesino. ¿Estaba perdiendo el tiempo?
Claro que no. Ya le había dado a Reid un perfil psicológico.
Había hablado con la psiquiatra. Su padre contaba con protección las veinticuatro horas del día, igual que Ezra.
Ahora solo podía esperar a que la policía hiciera su trabajo.
Pero, cuando por fin salió la última persona a la que atendía, el despacho pareció encogerse a su alrededor, como si la habitación hubiera inspirado de golpe, presa del pánico.
El asesino les había dejado aquella sangre. Tenía un plan.
¿Cuánto tiempo les quedaba antes de que hiciera daño a alguien más?
Por muy habitual que fuera su pauta, no creía que el asesino fuese a esperar otros tres meses para atacar de nuevo, ni siquiera tres semanas.
Pero ¿sería otro ataque contra una familia, esta vez sin su fiel hacha?
¿Iría a por algún abogado de Free Wes? ¿Iría en busca de Ezra o del padre de Maggie, a quienes inexplicablemente había dejado con vida?
Se recostó en la silla del escritorio y abrió el cajón para coger el móvil. Reid ya la había llamado cuatro veces.
Se le aceleró el pulso. Habían encontrado algo.
Él había encontrado algo. Pulsó el botón para buscar su número, pero se le cayó el teléfono cuando la puerta de la sala de espera se abrió de golpe.
Pasos… dos pares de pasos. Se le tensaron los hombros, pero se relajaron al ver a Reid asomarse por el marco de la puerta.
—Lo siento. He intentado llamarte.
Y sus ojos… de verdad que parecía arrepentido, aunque tampoco estaba irrumpiendo exactamente. En el coche ella le había dicho que salía de trabajar a las tres, por si la necesitaba.
—Si tienes tiempo para cenar, puedo pedir algo. Ya sé que es pronto, pero… ¿igual puedes sacar una hora?
Comida… ups . ¿Había comido algo aquel día? No; estaba demasiado estresada para tener hambre. Ah, los peligros de las profesiones basadas en la empatía. Sí, claro, Maggie: es la empatía, no los asesinos en serie que exterminan familias y las fotos de sangre cuajada.
—Sí, cenar parece importante.
Se enderezó y le indicó a Reid la silla frente al escritorio.
—¿Qué has encontrado?
Él se dejó caer en la silla de enfrente y, en cuanto el culo le tocó el asiento, se desplomó contra el respaldo, como si el estrés por fin hubiese podido con él.
—Ezra… tiene cicatrices considerables que yo desconocía. Seguramente de un cinturón.
Maltratado como Colin. Tortura oculta. Mierda .
—Y eso no es lo peor. El asesino…
Inspiró hondo y dejó escapar el aire.
—Los forenses dicen que nuestro sospechoso obligó a Ezra a matar a su padre.
Maggie se le quedó mirando, con los músculos de pronto demasiado agotados para mantenerla erguida. Como Reid: con una pinta de jorobada tremenda. Pobre niño; pobre criatura . —¿Habían obligado a alguna de las otras víctimas infantiles a matar a sus padres?
Una cosa era asesinar familias; otra, forzar a sus miembros a matarse entre sí, torturar a un niño pequeño obligándolo a asesinar a su padre, hubiera habido malos tratos o no.
—No. Es la primera vez que obliga a participar a un miembro de la familia. Siempre se demora más con el más pequeño, como dijiste antes, pero nunca había involucrado al niño en sus otros crímenes. Hasta ahora.
A Maggie se le encogió el corazón al ver la expresión devastada de Reid. Pero no podía arreglarle aquello. Si existiera una pastilla para olvidar los horrores de este mundo, podría comprar Twitter. No es que quisiera hacerlo. Menudo horror.
—Quizá esto sea una escalada de su modus operandi original —dijo—. Tanto en el caso de Colin como en el de Ezra dejó vivo al niño. En el caso de Colin, ni siquiera estaba en casa; quizá fue un descuido.
Un error que el asesino no volvió a cometer.
—Pero tal vez lo que nuestro sospechoso quería de verdad era que el niño se implicara. Que se protegiera a sí mismo .
Se llevó una mano al cuello y se rascó la piel junto al cuello de su blusa azul de escamas de dragón. No le apretaba, pero sentía como si intentara estrangularla.
—¿Y si les pide ayuda a todos los niños y ellos siempre se niegan? Si cree que está protegiendo al más pequeño, primero de sus padres y después, si es demasiado blando, de un mundo cruel — pobrecito, ni siquiera es capaz de matar a quien abusa de él —, entonces sus actos tienen sentido.
A su manera de asesino en serie.
—Hemos establecido que es de baja estatura, así que seguramente crea que hace falta un extra de agallas, un extra de violencia, para sobrevivir.
—Pero esta vez le dejó el cuchillo a Ezra. El que ha utilizado en todos los asesinatos. ¿Por qué iba a abandonar su trofeo?
—Si tengo razón, por fin encontró a un niño digno de él.
Una recompensa por hacer lo que le ordenaban, por defenderse, quizá incluso para que pudiera protegerse cuando el asesino se hubiera ido.
Podrían ser manifestaciones distintas de los mismos objetivos de fondo: castigar a quienes hacen daño a los niños y salvar al más pequeño de sufrimientos mayores.
Frunció el ceño.
—Pero no hay denuncias de maltrato infantil en ninguna de las otras familias, ¿verdad?
Él negó con la cabeza.
—No. He repasado los informes policiales, leído las transcripciones de las entrevistas a los amigos, mirado los expedientes escolares y las visitas a la enfermería. No hay nada.
Pero tampoco había habido nada en el caso de Ezra. ¿Sería por eso por lo que los había escogido? ¿Porque, de otro modo, no se habría hecho justicia?
—Este asesino tiene que sacar a las víctimas de algún sitio. Si quiere reflejar la vida familiar de Colin, tendría sentido que eligiera víctimas de malos tratos. Pero ¿cómo iba a saberlo? Las heridas de Ezra no se veían a simple vista.
—No estoy seguro. Lo que sí diré es que esta última escena fue... más caótica de lo habitual. Como si estuviera improvisando. Puede que Ezra le dijera algo que le hizo replantearse su modus operandi.
Podía imaginarlo. Si Ezra le hubiera preguntado: ¿Vas a hacerme daño como hace mi papá? , quizá el asesino se habría detenido a pensarlo.
—Sigo creyendo que está reproduciendo la dinámica familiar de Colin: hace coincidir a las víctimas con la familia James hasta en el color del pelo. Y, aunque los malos tratos a Colin nunca se comunicaron a las autoridades, bastante gente estaba al corriente como para que le pareciera... importante.
Reid se removió y enderezó la espalda, aunque seguía teniendo el rostro agotado.
—Será difícil seguir ese rastro, pero investigaré más a fondo a los compañeros de Ezra y a los amigos de las otras víctimas.
Puede que el asesino solo sepa de ellos a través de terceros, pero nunca del mismo.
Cada vez, un amigo de un amigo. No me imagino que se dedique a hacerse amigo de los niños él mismo, pero quizá algún compañero recuerde a un monitor de pasillo o a un hombre en la biblioteca... a cualquier tipo con un lunar.
Casi se había olvidado del lunar. Y la idea del asesino charlando con niños pequeños, buscando a una nueva familia a la que asesinar, hizo que se le formara un nudo en la garganta. Maggie tragó saliva.
—¿Dónde está Ezra ahora?
—Con Owen, en la habitación de al lado, escuchando un programa en mi móvil. Le gusta mucho Weird History .
Ladeó la cabeza.
—¿Te lo ha dicho él?
—Sí. No mucho más, pero...
Suspiró.
—Ese es uno de los motivos por los que estamos aquí. Dice unas pocas palabras cada vez, pero deja de hablar en cuanto menciono a su familia. Pero tú... Quiero decir, habló contigo el primer día. Te contó lo del tipo del lunar. Pensé que quizá podríamos intentarlo otra vez.
Ya lo tenía previsto; en un principio habían quedado para el día siguiente.
—¿Hay algo más que deba saber?
Como si no fuera suficiente que lo hubieran apaleado y luego obligado a matar a su padre.
—Sobre Ezra, no.
—¿Y Tristan...?
—Él tampoco ha encontrado nada —respondió demasiado deprisa y con brusquedad—.
Y tampoco hay nada en los registros de visitas del psiquiátrico.
Nadie fue a ver a Colin —añadió ya en voz baja, suave, como si se disculpara—.
Estamos revisando los expedientes de los empleados del hospital, pero nadie encaja con el perfil de nuestro sospechoso.
Ni un solo lunar entre todos ellos. Pero he podido verificar que la muerte de Colin fue un homicidio.
Las laceraciones profundas de las muñecas, que le seccionaron las arterias radiales, eran casi idénticas.
Eso es raro en los suicidios, porque el segundo corte se hace con la mano no dominante ya lesionada.
Le sostuvo la mirada.
—El informe del forense también señalaba una marca de punción.
—¿Una aguja?
Reid asintió.
—Supusieron que era medicación psiquiátrica, pero Hadley no tiene constancia de que se le administrara ningún medicamento inyectable en las veinticuatro horas, aproximadamente, anteriores a la muerte de Colin.
Nuestro sospechoso asesinó a Colin y lo desangró para nuestro beneficio.
Le robó la sangre para poder dejársela a tu padre.
Pero ambos sabían que aquella no era la única razón. A su asesino le encantaba colarse en lugares donde no debía estar. Le encantaba el juego. Le encantaban la sangre, la carnicería, el salvajismo.
Le gustaba demasiado matar para dejar de hacerlo.