Los muertos no hablan (Juegos de la mente 2) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

En cualquier caso, el asesino quería asegurarse de que entendieran el mensaje.

Había plantado la sangre de Colin porque tenía un plan final y estaba listo para ponerlo en marcha.

El hacha era su arma predilecta, tan celosamente guardada como los cochecitos de juguete que dejaba en las escenas, tan esencial para su modus operandi como las familias que escogía.

Había conservado la hoja todo aquel tiempo y luego, sin más… se la había entregado a Ezra.

El hombre estaba cambiando de patrón. Había abandonado el hacha. Pero Reid no podía imaginar que su reinado de terror hubiera llegado a su fin. Fuera lo que fuese que tuviera planeado, sería igual de brutal. Igual de despiadado.

Igual de letal.

Se sentía como si estuviera esperando que estallara una bomba. Y no tenía ni idea de dónde estaba; no podría verla hasta que el cielo lloviera fuego.

En el salón, el televisor seguía sonando con su monótono runrún.

Reid pasó la página hasta los informes del forense sobre la familia de Ezra.

La niña, Lily, había sido asesinada mientras dormía, aferrada a aquel unicornio: una muerte casi instantánea.

Diane se había despertado brevemente, como él había supuesto a partir de las heridas defensivas, pero la muerte también le había llegado deprisa.

Con la herida en la garganta y otra en el corazón que él no había visto bajo las sábanas, había permanecido consciente menos de treinta segundos antes de morir.

Reid pasó a la página dedicada a Ted Darren: el patriarca, asesinado en el sofá.

A diferencia de los demás miembros de la familia, Ted presentaba abrasiones en el pecho y hematomas bajo la ropa empapada en sangre.

Aquello era… extraño. Entrecerró los ojos al examinar las fotografías del forense.

Los hematomas eran superficiales y no se debían a un traumatismo por objeto contundente.

Ted ya estaba incapacitado cuando alguien…

¿se arrodilló sobre su pecho? La forma y la distancia parecían compatibles con ello.

Más extraño aún era que la médica forense hubiera encontrado dos patrones de heridas claramente distintos: cortes superficiales en los muslos, que revelaban una vacilación considerable, y hachazos más contundentes en la parte superior del torso, propios de su asesino.

También había encontrado las marcas de tajo típicas de su sospechoso en las corvas y los tendones de Aquiles de Ted Darren; cualquiera de ellas lo habría dejado inmóvil.

Reid frunció el ceño ante las páginas, pensando.

Era poco probable que el asesino hubiera vacilado al hacerle las heridas de los muslos, y todavía menos que tuviera algún motivo para dejar esas marcas.

No se había ensañado con las piernas de sus otras víctimas.

Y los tajos abiertos en la parte posterior de las piernas de Ted Darren tenían un propósito concreto: incapacitarlo.

¿Tenía el asesino un cómplice, alguien que no solía involucrarse tanto? ¿Era ese segundo sospechoso quien se había arrodillado sobre el pecho de Ted Darren?

Reid cogió el teléfono, esperando tener que dejar un mensaje, pero la doctora Jean Crawford respondió al primer timbrazo.

—Hola, Jean. Estoy leyendo tu informe y…

—Sí, imaginaba que llamarías. Hay claras incongruencias entre este asesinato y los otros expedientes que me enviaste. No hay hematomas en el pecho en ninguno de los crímenes anteriores. Tampoco indicios de patrones de heridas divergentes.

Reid esperó. Cuando Jean no añadió nada, la instó a continuar.

—¿Lo estoy entendiendo bien? Porque parece que son dos. ¿Crees que tiene un cómplice?

—Bueno… sí y no.

Su voz tenía ahora un filo distinto. No de enfado, sino de ansiedad, aunque Reid no lograba imaginar qué podía haber peor que dos psicópatas asesinos. Tres psicópatas asesinos, quizá.

—Perdona, ¿sí y no? Yo veo dos patrones. Uno más fuerte, seguro de sí mismo, y otro más débil y vacilante.

—Exacto. La fuerza de adulto corresponde a tu perpetrador; algunas heridas se infligieron con fuerza suficiente para incrustar el hacha entre las costillas. Es coherente con los asesinatos de los James y con todos los demás.

¿Fuerza de adulto? ¿A qué venía esa expresión? Examinó el expediente y pasó la página.

—¿También dos centros de gravedad distintos? Un sospechoso muy bajo y otro algo más alto, aunque también de baja estatura. Uno diestro y otro zurdo.

Ella se aclaró la garganta.

—Sí. La mayoría de las heridas las infligió el individuo más fuerte, el asesino experimentado.

Es posible que, agachado o de rodillas, inmovilizara a Ted Darren mientras guiaba a alguien…

más pequeño. Hay varias heridas penetrantes en el torso, y después las de las rodillas y los tobillos, que lo incapacitaron.

Los cortes débiles y vacilantes de los muslos no habrían hecho gran cosa, pero el tajo de la garganta encaja con el patrón de este segundo agresor.

Ese fue el golpe mortal. Acabó con él en cuestión de segundos.

El silencio se prolongó. Reid volvió a mirar el informe. Alguien vacilante había ayudado a su sospechoso. Alguien… más pequeño que su asesino de «fuerza de adulto». Zurdo. Alguien que no había estado presente en ninguna de las escenas de los crímenes anteriores…

Los pulmones se le cerraron. No.

Reid se volvió hacia el salón, como si moviera la cabeza a cámara lenta. Ezra contemplaba la pantalla del televisor. El mando, firmemente sujeto en la mano izquierda.

—Ezra ayudó —dijo. Apenas reconoció su propia voz.

—Sí —respondió Jean con un suspiro—. Puede que el sospechoso incapacitara a Ted Darren, pero obligó a Ezra a rematar a su padre.