Los muertos no hablan (Juegos de la mente 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

REID

P ara cuando dejó a Maggie en casa, Reid sentía el pecho oprimido.

Maltratado… joder . ¿Cuántas de las conmociones cerebrales que Colin había sufrido de niño se debían a palizas y no al deporte?

¿Y quién era aquel niño misterioso al que Les había visto?

Seguramente un menor de acogida, alguien a quien la familia había acogido.

Reid ya había interrogado a los niños de acogida que había logrado localizar, pero no era fácil encontrarlos.

Cuando adoptaban a uno, a menudo le cambiaban el nombre, y la mayoría de los expedientes de adopción estaban sellados.

Y luego estaban los cochecitos. Los juguetes no eran de Colin, aunque lo habían encontrado agarrando uno tanto en la escena del crimen de su familia como al morir él mismo. ¿A qué venía eso?

Se aflojó de un tirón el nudo de la corbata, intentando aliviar la presión que le atenazaba la cabeza y la garganta. Un caso sin resolver de hacía ocho años, y Maggie iba arrancando capas y encontrando cosas que a ellos se les habían escapado. ¿Qué más había pasado por alto?

Suspiró y giró por la calle de Phoebe, hacia la casa donde Ezra se había quedado mientras Reid estaba en el centro psiquiátrico.

El coche parecía vacío sin Maggie. Y, aunque Reid sabía que enseguida llevaría a otra persona a bordo, era poco probable que Ezra tuviera más que decir que la pila de expedientes que había recogido en comisaría: informes forenses sobre el hacha y los cadáveres.

Reid saludó al sedán sin distintivos aparcado enfrente mientras metía el coche en la entrada de la casa de Phoebe.

Clark le devolvió el saludo, con su sonrisa brillando en la penumbra del atardecer.

Clark era un buen policía, y tenerlo allí ofrecía cierto alivio, pero los escalones del porche parecían más empinados que el día anterior.

¿Se alegraría Ezra de verlo? Phoebe le había dicho que el niño tampoco le había dirigido la palabra a ella, aunque lo había oído murmurarle a sus peces.

El perro no estaba; desde el día anterior tenía una «quedada perruna» con un vecino.

Al parecer, el animal era viejo y no tenía demasiada experiencia con niños.

Una mordedura de perro era lo último que necesitaban, pero esperaba que Ezra no se hubiera sentido demasiado decepcionado.

Reid levantó el puño para llamar, pero no le dio tiempo. La puerta se abrió de golpe. Se quedó inmóvil. Phoebe estaba justo dentro del marco, pálida y con la mirada tensa.

La inquietud le arañó el estómago. Oh, no.

—¿Qué pasa? ¿Ezra está…?

—Está bien. O tan bien como lo estaba antes.

Miró hacia el recibidor que tenía a su espalda; no había ningún movimiento, salvo sus reflejos en el espejo del vestíbulo.

—Pero tenemos que hablar.

Pues eso no suena bien. Reid hizo ademán de cruzar el umbral, pero ella le indicó con un gesto que se quedara en el porche y salió tras él, cerrando la puerta a su espalda.

—He… visto algo. Cuando Ezra salía de la bañera.

Apartó la mirada, como avergonzada.

—Solo lo vi en el espejo, pero… ¿Visteis si tenía alguna herida mientras recogíais pruebas?

¿Heridas? ¿Se estaba haciendo daño como Colin? Mierda. Reid negó con la cabeza.

—Lo revisaron en urgencias, y yo estaba presente durante la recogida de pruebas. No vi ninguna lesión.

—¿Llevaba puestos los calzoncillos bóxer?

Reid arqueó una ceja, pero rebuscó en su memoria, repasando el día en que había conocido al niño.

—Sí. No había sangre en los calzoncillos; la sangre de sus padres estaba en la camiseta y en las manos. No había motivo para hacerle quitarse la ropa interior si no había indicios de que estuviera herido.

Phoebe hizo una mueca al oír la palabra herido . Un peso ardiente empezó a formársele en lo más bajo del vientre y se le extendió hasta el pecho. Ya sabía lo que iba a decir. Había sido padre de acogida de niños maltratados, y a menudo las heridas estaban en lugares que no se veían.

—Tiene cicatrices por todas las nalgas y la parte alta de los muslos —susurró—. En toda la zona que cubren los bóxers, tiene la piel hecha un desastre, surcada por las marcas de un látigo, quizá de un cinturón. No hay heridas abiertas, pero…

Maldita sea. Era peor de lo que había imaginado. Pero dentro de su cabeza oyó la voz de Maggie: ¿Alguien que hubiera querido protegerlo de los malos tratos en casa? ¿De su padre?

¿Era por eso por lo que el asesino había dejado vivo a Ezra? Ninguno de los niños muertos tenía antecedentes de malos tratos: ni lesiones, ni conductas problemáticas, nada que indicase que alguien les estuviera haciendo daño. Pero Ezra y Colin habían sobrevivido a la noche del ataque.

—Reid, ¿estás bien?

La voz de Phoebe le llegó desde muy lejos, pero su atención se desvió hacia la casa a su espalda cuando la puerta se entreabrió.

El niño se asomó con un ojo azul y brillante, pero Reid tuvo la clara impresión de que Ezra no los veía. El pobre crío ya estaba traumatizado antes de los asesinatos. Con razón había acabado enmudeciendo.

Reid se aclaró la garganta y volvió a mirar el rostro preocupado de Phoebe.

—Gracias por cuidar de Ezra. Te mantendré informada, ¿vale?

Ella asintió, con una sonrisa tenue rozándole una comisura de los labios.

Seguía preocupada, pero aún tenía esperanza.

Phoebe siempre guardaba un poco de esperanza de sobra.

Reid creía que Maggie también lo hacía. Era peculiar, difícil de descifrar, pero sus ojos solían transmitir optimismo incluso cuando se mostraba sarcástica.

O hacía chistes durante los interrogatorios.

No debería gustarle eso de ella, no debería gustarle que nadie distrajera a un sospechoso, pero…

Reid apartó el pensamiento y se volvió hacia el niño.

—¿Listo para irnos, Ez?

El niño abrió la puerta y salió al porche; después bajó los escalones con la mochila rebotándole contra un hombro.

Era una respuesta tan clara como si la hubiera gritado.

Tras despedirse una última vez de Phoebe con la mano, Reid siguió a Ezra hasta el Bronco, se puso al volante y arrancó carretera adelante, rumbo a casa.

El silencio dentro del coche era absoluto. El niño estaba físicamente presente, pero su voz no. Mantenía la vista fija en el cielo, cada vez más oscuro, al otro lado de las ventanillas.

—Siento haber tenido que irme anoche.

El niño contempló el paisaje al otro lado de la autopista.

—¿Te lo has pasado bien en casa de Phoebe? He oído que está muy bien, pero yo nunca he tenido la suerte de quedarme a dormir allí.

Ni un movimiento en el asiento trasero. Ni la menor señal de que el niño lo hubiera oído. Ezra no dijo una palabra en todo el trayecto hasta casa de Reid y, en cuanto Reid aparcó, se bajó y caminó deprisa hacia la puerta. Reid cogió los expedientes del caso y fue detrás de él.

Lo siento, Ezra. Debería haberlo sabido.

Debería haber hecho que los médicos te examinaran.

No había hecho nada mal: no tenían motivos para sospechar malos tratos; aquel asesino nunca agredía a sus víctimas, asesinato aparte, y desnudar a niños traumatizados para examinarlos no formaba parte del procedimiento habitual.

Tampoco había querido arriesgarse a romper la confianza del niño. Pero aun así se sentía fatal.

Reid abrió la puerta principal y se apartó para ver cómo Ezra se quitaba los zapatos de una patada y entraba arrastrando los pies en el salón.

La televisión se encendió con un clic. Más dibujos animados.

Al menos ha encontrado algo que le gusta.

Mientras cerraba la puerta, reparó en el sedán sin distintivos que se detenía al otro lado de la calle: Clark, de guardia. Bien.

Cerró la puerta tras de sí con llave y, aun así, tecleó el código de la alarma.

Mientras dejaba los expedientes sobre la mesa, Reid dejó que la información del día se asentara en su cabeza.

Para cuando le llevó palomitas a Ezra, tenía más preguntas que respuestas.

Y aún más cuando se instaló en la mesa del comedor, sin perder de vista al niño.

El chico estaba sentado con normalidad en el sofá, de modo que las heridas que hubiera sufrido ya se habían curado.

Las físicas, al menos. Las psicológicas siempre tardaban más en cicatrizar.

Reid observó al niño un instante más y abrió la carpeta de arriba. Empezó a leer.

Había numerosos informes forenses sobre el hacha.

Habían encontrado sangre de las víctimas en casa de Ezra, además de las huellas y el pelo del niño; nada sorprendente, puesto que aferraba el arma con fuerza cuando Reid entró.

Pero en las hendiduras del mango había otros tres perfiles de sangre distintos.

Según el ADN, aquella había sido el arma utilizada para matar al padre en la masacre de hacía diecinueve meses y a la hija en el crimen de tres meses atrás.

También había otra muestra de sangre que coincidía con…

¿La hermana de Colin?

Se echó hacia atrás en la silla, con el ceño fruncido y la cabeza latiéndole en pequeñas explosiones dolorosas al compás del corazón.

El asesino había conservado el arma todos aquellos años.

Como si siempre hubiera sabido que volvería a necesitarla.

Pero ¿por qué plantar la sangre de Colin en el apartamento del padre de Maggie si el hacha bastaba para vincular los crímenes?

Tal vez creyera haber limpiado el arma lo suficiente para borrar cualquier prueba.

Lo había hecho extraordinariamente bien: solo habían conseguido relacionarla con tres de sus víctimas anteriores.

Puede que el sospechoso también hubiera dado por hecho que el ADN estaría demasiado degradado para rastrearlo.

Era una buena apuesta; sencillamente habían tenido suerte.

Muchísima suerte. Tal como estaban las cosas, solo quedaba un perfil de ADN de la familia James.