Capítulo 20 #2
—La policía ya sabía lo de la droga. Incluso fueron a por tu camello porque la defensa sostuvo que el alijo estaba contaminado, que había provocado un brote psicótico en Colin. Lo único que necesitaban de ti era una hora.
La mandíbula de Les se movió. Sus orejas se agitaron como puertas de coche bajo una ráfaga de viento.
—A lo mejor pensé que el mundo estaría mejor si lo encerraban. ¿Vale?
Pero a alguien le había gustado Colin lo suficiente como para dejarlo vivir, al menos hasta hacía poco. Alguien había sentido tanta pena por él como para apretarle aquel cochecito en la palma ya muerta.
—¿Había alguien a quien le gustara más que tú? —preguntó ella—. ¿Alguien que quisiera protegerlo de los abusos en casa? ¿De su padre?
Por cómo el asesino iba de familia en familia, Colin podía recordarle su propia vida doméstica. Pero la familia de Colin había sido la primera en morir. Eso parecía importante.
—¿Proteger a Colin? —Soltó una risita ácida—. Nadie habría querido protegerlo. Ya te lo he dicho, era un gilipollas. Solo había un chaval que se le pegaba, que seguía a Colin como un perrito. Siempre tenía un aspecto un poco enfermizo.
Pobre niño; pobre niño enfermo. Maggie y Reid intercambiaron una mirada. El niño enfermizo al que Colin había aludido... ¿era real? ¿Había otro niño, aparte de su hermana?
—¿Qué edad tenía ese chaval?
Si era un adolescente mayor, podría haber asesinado a la familia de Colin. Desde luego, la policía había creído que Colin era capaz de hacerlo.
Les frunció el ceño.
—No sé. Unos... ¿seis años?
Bueno, no era el asesino. Pero resultaba extraño que aquel niño no apareciera en ninguna de las transcripciones del juicio. ¿La policía ni siquiera sabía que existía?
—¿Con qué frecuencia veías a ese niño? —preguntó Reid.
Les se encogió de un hombro, frágil como un hueso de pájaro, y apretó los dedos entrelazados hasta convertirlos en una bola rígida de nudillos y tendones.
—¿Unas cuantas veces por semana, quizá? A veces Colin lo llevaba a casa desde el colegio. El de primaria está justo aquí al lado.
Pero los colegios de primaria y los institutos no salían a la misma hora. Y, si Colin llevaba al niño en coche, estaba claro que existía alguna relación entre ellos; una relación que nadie había mencionado en el juicio. Ni siquiera Colin.
—¿Sabes cómo se llamaba?
Se volvió hacia ella.
—Lukas..., creo. O Lewis, quizá. Pero tampoco era alguien que fuese a proteger a Colin.
—Acabas de decir que lo seguía a todas partes. —Reid apartó los brazos de la mesa y se echó hacia atrás, como si quisiera poner distancia entre él y semejante estupidez.
—Yo creo que Colin lo obligaba a subir allí. El chaval le... llevaba la mochila. Le traía bocadillos y esas mierdas. Pero Colin seguía siendo un gilipollas con él. Le daba collejas, le ponía la zancadilla, cosas así.
En su mente vio a Colin abofeteando al niño, poniéndole la zancadilla, imitando lo que le hacía su padre; dando patadas a aquellos cochecitos de juguete. Me estoy perdiendo algo.
—¿Colin nunca te dijo quién era ese niño para él?
—Solo dijo que era un chaval del barrio. Y tampoco es que tuviera nada que ver con los asesinatos. Ni pudo ser testigo; el chaval ya no estaba... Joder, se fue más de un año antes de que arrestaran a Colin.
Eso explicaba por qué no aparecía en las transcripciones del juicio. ¿Quizá era un niño de acogida? Reid había dicho que había pasado por allí toda una ristra de ellos a lo largo de los años.
—¿Por qué lo mencionas si no estaba allí cuando ocurrieron los asesinatos?
—Has dicho algo de gente a la que le gustaba, amigos o lo que fuera. Y ese chaval era el único que volvía una y otra vez a por más. Bueno, aparte de mí. —Les se encogió de hombros—. Ya te lo he dicho, Colin era un gilipo—
—Sí, un gilipollas, ya lo sabemos —dijo Reid.
El tono se le había vuelto cortante, con un filo nítido en las palabras.
No llegaban a ninguna parte. Colin era un cretino, vale, pero alguien se identificaba con él.
Alguien procuraba que el niño más pequeño lo tuviera fácil.
Colin se había desangrado sin apenas dolor y había muerto con un juguete en la mano.
Aquello no era solo una firma. El juguete era un consuelo, un último regalo para acompañar suavemente a aquellos niños hacia la oscuridad.
—¿A Colin siempre le gustaron los coches? —preguntó Maggie.
Les enarcó una ceja.
—Conducía un cacharro viejo porque su padre se negaba a comprarle un coche de verdad.
—Perdón —rectificó ella—. Juguetes. Coches tipo Matchbox.
Les negó con la cabeza.
—No, nada de eso. No le importaban los juguetes, ni siquiera su Buick de mierda. Solo tenía aquella guitarra estúpida.
Reid se rascó el cuello como si el nudo recién hecho de la corbata lo estuviera estrangulando. Si a Colin no le importaban los cochecitos, ¿por qué los había tenido en la habitación del hospital? ¿Solo adquirieron importancia después de la muerte de su familia?
—¿A alguien más de la casa le gustaban esos coches?
—Yo no iba a su casa, tío —dijo Les, negando con la cabeza—. Solo hacíamos el idiota por el río.
Colegas de droga. Estupendo.
—De verdad, no creo que nadie fuera nunca a su casa. Su hermana se pasaba el tiempo en la pista de patinaje.
Aislados del mundo: un hogar maltratador de manual.
¿Por qué la defensa no había sacado aquello a relucir?
Pero sabía la respuesta. Una cosa era que Colin hubiese matado a su padre porque el hombre lo atacó, pero en ningún mundo eso justificaría despedazar a su madre y a su hermana mientras dormían.
No podía defenderse semejante brutalidad ni aunque mamá y la hermana supieran lo del padre de Colin, lo de las palizas.
Que ellas también fueran víctimas era irrelevante.
Mucha gente había sabido de los abusos y nadie había hecho nada al respecto.
Hasta que el ajuste de cuentas llegó al filo de un hacha.