Los muertos no hablan (Juegos de la mente 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

A ntes de volver a casa tenían que hacer una última parada.

A Maggie no le hacía ninguna ilusión aquel desvío, pero tampoco quería pedir otro día libre para entrevistar a los amigos de Colin.

No, amigos no , se corrigió. Amigo . En singular.

El joven con quien Colin se había estado colocando junto al río —una frase que oyó con la voz de Chris Farley— había accedido a reunirse con ellos en la comisaría de la localidad natal de Colin.

A Reid le había bastado una llamada para que les cedieran la sala de interrogatorios.

El hombre sabía ser encantador cuando le convenía.

Un policía local con rizos de Justin Timberlake los condujo por la oficina común hasta un cuarto pequeño. Allí no había espejos unidireccionales; solo paredes de cemento y una cámara en la esquina del fondo para asegurarse de que la policía no les diera una paliza a los sospechosos.

Si no hubiera sido por la línea de la mandíbula, Maggie habría calculado que Les Abernathy todavía tenía diecinueve años.

Las fotos del juicio mostraban un rostro más carnoso, cubierto de granos, pero al hombre que tenía ahora delante lo habían endurecido las circunstancias y el tiempo: delgado, vestido con camiseta y vaqueros negros, la cabeza rapada le hacía sobresalir las orejas como las puertas abiertas de un taxi.

Tenía los codos tan brutalmente afilados que parecían capaces de atravesar la mesa de acero sobre la que descansaban.

—Háblenos de Colin —dijo Maggie en voz baja cuando se sentaron.

Allí dentro olía a limpio de una manera extraña. No a productos de limpieza ni a antiséptico, sino a nada en absoluto, como si la tensión de la sala hubiera vuelto inerte cualquier olor.

—Soy psicóloga, no policía. Solo quiero saber cómo era Colin como persona.

Les Abernathy entrecerró sus fríos ojos grises, como si intentara averiguar qué esperaba ella que dijera.

—Hace mucho tiempo, tío.

Pero el brillo tenso alrededor de sus iris le indicó a Maggie que Colin jamás se había alejado demasiado de sus pensamientos.

¿Habría creído alguna vez que Colin era culpable?

Tras la condena, ¿se habría preguntado si la familia seguiría viva de no haberlo colocado?

Y después de que exoneraran a Colin, quizá llegó la culpa: la vergüenza de no haber salido en su defensa durante el juicio.

—Colin era… Colin.

—Era amigo suyo, ¿verdad? —insistió Maggie.

Reid no la tocaba, pero ella sentía el calor de su cuerpo a su lado, impulsos eléctricos que saltaban de su brazo al de ella y le erizaban la piel. No estaba segura de que aquello la reconfortara. Desde luego, su presencia no parecía tranquilizar a Les.

Los ojos de Les fueron de Maggie a Reid y de vuelta a Maggie.

—A ver, tampoco es que fuéramos tan amigos. Era alguien con quien salir de fiesta. Siempre tenía pasta, siempre estaba deseando largarse de casa. La mayoría de los chavales tenían hora de llegada y esas movidas.

Reid plantó los antebrazos sobre la mesa, imponentes junto a las ramitas afiladas de Les.

—Así que, como ni usted ni su amigo Colin tenían que preocuparse por una hora de llegada, estaba con Colin cuando asesinaron a su familia. La única persona que podía confirmar dónde se encontraba.

Aparte del hombre de la cámara de vídeo, el mirón que lo observaba desde la casa de al lado.

—Pero durante el juicio no quiso corroborar su versión. ¿Es correcto?

Demasiado, Reid. Ve despacio.

No culpaba a Les por querer distanciarse de Colin.

Por su consumo de drogas, la policía lo había considerado un testigo poco fiable; lo interrogaron casi tanto como al propio Colin.

Y Les no era sospechoso, ni entonces ni ahora, a menos que Reid supiera algo que ella ignoraba.

Levantó una mano, dispuesta a reconducir la conversación, pero los ojos de Les ya se habían endurecido hasta parecer esquirlas de acero.

—Joder, tío —dijo Les—. ¿Para esto he venido? Si ya descubrieron que era inocente, lo soltaron y todo.

—Sabemos que Colin era inocente —dijo Maggie—. Estamos intentando averiguar quién asesinó realmente a su familia, porque sabemos que ni él ni usted tuvieron nada que ver.

Los hombros de Les se relajaron. Se recostó en la silla y cruzó sus delgados brazos sobre el pecho de pájaro, como dos palillos.

—En aquella época… creían que les estaba diciendo lo que querían oír. Y cuando por fin admití que estábamos juntos, pensaron que estaba protegiendo a Colin. —Negó con la cabeza—. Yo no habría hecho eso.

—Eso dijo. Muchas veces.

Demasiadas veces, de hecho. Era uno de los motivos por los que Maggie había querido hablar con él. Les había rechazado incluso la idea de que hubieran sido amigos.

—Dígame por qué, Les. Ayúdeme a entenderlo. Soy nueva en este caso, pero da la impresión de que Colin ni siquiera le caía bien.

—Bueno… quiero decir… —Bajó la mirada al regazo; las pestañas le aletearon con un tic nervioso—.

Era divertido cuando iba colocado, pero Colin no era un tío majo .

Me da cosa decirlo ahora, pero tampoco costaba tanto creer que pudiera haber matado a su padre.

Aquel tipo era aún más gilipollas que Colin.

Gilipollas o no, no habían encontrado a nadie que le guardara rencor al padre. Habían buscado. A conciencia. Pero parecía que Les disponía de información que nunca había compartido ni con la policía ni con el abogado de Colin.

Reid resopló.

—¿Un gilipollas, eh? Es una forma curiosa de hablar de un amigo.

También era una forma curiosa de hablar de un hermano, aunque el apodo que Tristan le había puesto a Reid — Richie, diminutivo de Richard — implicaba llamarlo capullo sin parar.

—No es una forma rara de hablar de Colin. —La voz de Les era tan baja que apenas se le entendía—. Nadie era realmente amigo de Colin.

—He leído que era popular —dijo Maggie—. Para mí eso significa que tenía amigos, pero precisamente por eso está usted aquí: para ayudarme a aclararlo.

Les levantó la cabeza y soltó una risa nasal.

—Sí, supongo que era popular. Pero eso no significa que fuera buena persona. Tocaba la guitarra, y a las chicas les iba ese rollo. Si tenías a las animadoras de tu parte, eras el rey, diera igual lo que pensaran los deportistas.

—Él también era deportista, ¿no? —intervino Reid—. ¿Jugaba al fútbol americano?

—Jugó un semestre, más o menos. Y con todo ese numerito de genio atormentado… —Les negó con la cabeza, amargado.

¿Genio atormentado? Maggie no había visto indicio alguno de que Colin destacara especialmente en nada; nadie lo habría llamado un genio. Pero la palabra atormentado …

Freud había dicho aquello de que a veces un puro era solo un puro. Pero a veces un puro era un arma; a veces, un pene. A veces, ambas cosas.

—«Genio atormentado» es una expresión muy particular, señor Abernathy —dijo.

Les clavó en ella su mirada inquieta, como si tratara de decidir si confiaba en sus intenciones.

—Bueno, ya sabe… Ya sabe a qué me refiero.

—Sabemos que Colin lo pasó mal. —Maggie se inclinó hacia delante y procuró suavizar la expresión—. Tenía muchos problemas psicológicos. Pero no creo que conozcamos ni la mitad. Cuéntenos qué no les dijo a sus abogados.

Los ojos de Les se abrieron de par en par, como los de un ciervo cegado por los faros.

El silencio se prolongó; el débil tictac entrecortado del reloj de pulsera de Reid rebotaba contra el acero.

Por fin, Les tomó aire y lo expulsó como si estuviera apagando las velas de una tarta. Le olía el aliento a Funyuns.

—Colin nunca… admitió nada —dijo Les—. Nunca dijo que nadie le pegara.

Apartó la mirada y asintió hacia la pared. Evasivo.

—Pero usted sabía que algo no iba bien —dijo ella—. ¿No es así?

Les suspiró y volvió a mirarla, con los ojos vidriosos. ¿Culpa?

—Uno de los chavales del vestuario hizo una broma sobre los moratones. Dijo que su novia le había dado una paliza porque intentó metérsela por el agujero equivocado.

—¿Cómo lo de la oreja? Eso sí que era una buena forma de ganarse un puñetazo.

Les parpadeó. Ups. Asintió para que siguiera.

—Sí, bueno, el caso es que unas semanas después dejó el equipo.

Ah. Alguien se había fijado en sus lesiones y él comprendió que no podía ocultar los abusos mientras practicaba deporte en el instituto.

¿Era esa la conexión, la razón por la que el asesino era tan amable con el niño más pequeño de cada familia?

Quizá el sospechoso sabía que Colin sufría abusos y había matado a su familia para protegerlo.

Tal vez nunca había querido hacerle daño a Colin; tal vez no quería que acabara en prisión.

Pero si se trataba de protegerlo, ¿por qué matarlo? ¿Por qué dejar que se pudriera en la cárcel durante años? Bastaría con reproducir el crimen mientras Colin estaba entre rejas para sembrar dudas sobre la condena.

—¿Por qué nunca mencionaste sus heridas? —preguntó Reid—. Si sospechabas que sufría abusos...

—¿Y qué se suponía que debía decir?

Los ojos le brillaron —encendidos, ardientes—. A la defensiva.

—Mucha gente tiene padres que les pegan.

—Pero asesinaron a la familia de Colin —espetó Reid—. Si su padre era maltratador, esa información podría haber ayudado a la defensa o, al menos, haberle dado al jurado alguna perspectiva.

Maggie vio cómo las preguntas hacían mella; vio los ojos atormentados de Les mientras examinaba la mesa, el temblor de sus dedos al entrelazarlos.

—¿O sea que tendría que haber subido al estrado y dicho que su familia merecía morir? —Las orejas de Les se habían puesto rosas como una langosta cocida; quizá alguien había intentado meterle un pene en una de ellas. —¿Tienes idea de la imagen que habría dado?

—Pero Colin, tu amigo, estaba siendo juzgado —dijo Reid—. Y, en lugar de protegerlo, corroborar su versión o hacer que el jurado empatizara con él, te negaste a hablar hasta que otra persona verificó su coartada.

Se encogió de hombros.

—Bueno, estábamos fumando, así que no me hacía mucha gracia admitirlo delante de un juez.

—No era por la droga, Les.

La voz de Reid resonó hueca en el cuartucho.