Los muertos no hablan (Juegos de la mente 2) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Y sabían que el sospechoso no había ido al apartamento de su padre para degollarlo.

Podría haber dejado aquella sangre en cualquier parte.

El asesino había ido allí a enviar un mensaje; un mensaje específico para el padre de Maggie, pensado para arrastrarlos a su juego.

Pobrecito . Lo mismo que Colin no paraba de murmurar después de encontrar a su familia asesinada.

Lo mismo que había repetido una y otra vez en el hospital.

Pobrecito . Significaba algo para Colin. Pero ¿qué significaba para su asesino?

Aún no lo sabía, pero Colin era claramente la pieza clave, el detonante. Y la cronología también la inquietaba.

—Te llamó fingiendo ser detective antes de matar a la familia de Ezra. ¿Tienes alguna pista de dónde llamó?

—Tengo gente trabajando en ello. Pero es listo, así que seguramente usaría un móvil de prepago. Tampoco hay huellas ni ADN en los archivos que envió.

Ya se lo figuraba.

—Estaba todo muy bien planeado, Reid. Todo. Se aseguró de que relacionaras todos sus crímenes anteriores. Y, al dejar esa sangre en casa de mi padre, se aseguró de que encontráramos a Colin.

—Lo habríamos encontrado tarde o temprano.

—Puede que… puede que no. Mató a la primera familia de esta serie hace veintiún meses.

El sospechoso sabía que los ordenadores de mierda de tu departamento de pueblo no iban a relacionar el caso James con estos nuevos crímenes.

Y ya hemos hablado de que está acelerando los plazos: fue a por mi padre el mismo día que mató a la familia de Ezra.

Eso indica que tiene un objetivo final. Aquella sangre era su forma de hablarte directamente.

Te está llevando de vuelta a su primer asesinato porque…

—Porque está preparado para acabar con todo—dijo Reid—. Para que lo cojan o para jugar a que la policía lo mate.

—Y, por lo visto, ya ha elegido al policía que quiere que le haga los honores.

A Reid se le tensó la mandíbula.

—Puede ser. Pero parece que también te ha elegido a ti.

Maggie volvió la vista hacia la ventanilla. El móvil vibró. Se movió para sacarlo del bolsillo, con el corazón ya disparado. ¿Papá? ¿Había vuelto el sospechoso a por él?

No. La presión en el pecho cedió. Era un mensaje de Tristan:

«¿Me necesitas ya?»

Frunció el ceño, suspiró y pulsó para responder:

«No. No te necesito.»

La respuesta llegó al instante:

«¿Sabes que estás buscando a un muerto?»

Joder, Tristan. ¿Lo sabía antes de que se fueran? Si era así, había dejado que perdieran un tiempo valiosísimo conduciendo hasta otra ciudad cuando deberían haber estado buscando a un asesino. Si por culpa de Tristan moría alguien más, otra familia, un niño …

—¿Estás bien, Maggie? ¿Ha pasado algo?

Guardó el móvil en la chaqueta con tanta fuerza que casi rasgó el bolsillo.

—Todo va bien. ¿Quieres escuchar el resto de ese libro?

Reid la miró de reojo; su mirada atravesaba como la de un águila. Entornó los ojos y volvió la atención a la carretera.

—¿Cómo está ese hermano mío?

Ella se encogió de hombros.

—No lo sé.

—Probablemente esté irritado por estar pagando a los guardias sin poder entretenerse haciendo de detective.

Había dado bastante en el clavo.

—Deberías ser psicólogo.

Esperó hasta que él volvió a mirarla y entonces dijo:

—¿Qué te parecería incorporarlo a la investigación?

Los hombros de Reid se tensaron.

—Tristan no tiene acceso a más información sobre la familia de Colin. Y, si tuviera algo sobre este asesino, nos lo diría.

Sí… acaba de hacerlo.

—Puede encontrar cosas que tus patéticos ordenadores…

—¿Patéticos ordenadores de mierda?

—…no pueden encontrar. Solo estarías contratando a un detective privado para compensar la falta de recursos tecnológicos del departamento.

Si este asesino vivió alguna vez en otro país, si mató cruzando fronteras estatales durante los últimos ocho años, no lo sabríamos, porque se mueve por jurisdicciones distintas de pueblos pequeños.

La única razón por la que sabemos que los casos están relacionados es porque él nos lo dijo.

Reid entrecerró los ojos ante el parabrisas, pero ella podía leerle la tensión en la mandíbula. Tenía los nudillos blancos sobre el volante.

—¿Qué acaba de decirte Tristan?

Maggie suspiró y se volvió hacia la ventanilla. El cielo gris encajaba con su ánimo.

—Que el hombre que buscamos está muerto.

Hubo una pausa. Por fin, él dijo:

—Esa información te habría ahorrado un día de viaje conmigo, ¿eh?

La dureza de su tono era cortante, afilada. Se le erizó el vello de los brazos. ¿A qué venía eso?

Se volvió hacia él y arqueó una ceja. No la estaba mirando, pero tenía una comisura del labio caída y el párpado inferior flojo.

Tristeza, no enfado. Vaya. ¿Le había dolido que sugiriese contratar a Tristan, o la idea de que ella lamentara haber ido con él al hospital?

No, no tenía sentido. Otra vez dándole demasiadas vueltas a todo.

—Dijera lo que dijera Tristan, habríamos venido de todos modos—dijo despacio, sin apartar los ojos de su cara—. Solo por la tarta ya ha merecido la pena.

—Eso también es verdad—dijo él, justo cuando las primeras gotas de lluvia empezaban a repiquetear contra el cristal.

—Entonces, ¿qué opinas, Reid? ¿Hacemos que se gane el sueldo?

Reid suspiró.

—Contraté a Tristan como asesor para rastrear aquella llamada de Point Harris… o de lo que yo creía que era Point Harris. Se suponía que debía llamarme a mí si encontraba alguna pista más, no a ti. Tú ya estás bastante metida en esto.

¿Ya había contratado a su hermano? ¿Y por qué no lo había dicho?

¿Y a qué venía aquello de bastante metida ?

¿Intentaba mantenerla a salvo, tan al margen como pudiera?

No sabía si le parecía tierno o entrometido: protección de hermano mayor o celos.

Y el hecho de que no pudiera distinguirlo…

¿debería preocuparla? ¿Le estaba dando demasiadas vueltas?

Pregúntale qué ha querido decir, Maggie.

Pregúntaselo. Pero, en vez de eso, dijo:

—Llamarlo debió de resultarte difícil.

—Más difícil es enterrar a otro niño. Y el departamento anda escaso de fondos. Tristan dijo que lo haría gratis.

—¿Gratis? —Se quedó pasmada—. ¿Por qué?

—¿De verdad tienes que preguntarlo?—la miró de reojo.

Por mí. Tristan lo hace por mí.

—Puede que en nuestra próxima parada encontremos algo que podamos utilizar—continuó Reid—. O que Tristan pueda utilizar.

Maggie tenía el corazón atascado en la garganta. No habría podido responder aunque hubiese querido. Apoyó la cabeza contra el asiento y contempló cómo la lluvia resbalaba por la ventanilla como lágrimas.