Los muertos no hablan (Juegos de la mente 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

M ientras hablaban con la doctora, las nubes habían ido ganando terreno, envolviendo el sol en velos de gasa y transformando el cielo cerúleo en una extensión infinita de gris enfermizo.

Regresaron al coche en un silencio aturdido; Reid llevaba la caja de cartón que contenía todo lo que quedaba de Colin James.

Muerto desde hacía más de un año. Joder.

Reid suspiró al acomodar la caja en el maletero.

—De todo lo que imaginaba que podría decirnos…

El portazo del maletero retumbó por el aparcamiento desierto, rebotando contra los muros de hormigón.

No corría ni una brizna de aire. Hasta los pájaros habían enmudecido, aunque no recordaba haber oído trinos al llegar.

Seguramente hacían falta árboles para eso…

¿qué clase de pájaro masoquista se posaba sobre alambre de espino?

¿Un pájaro carpintero, quizá…? No. Un cuervo.

Se acomodó en el asiento del copiloto y se abrochó el cinturón, tirando de él hasta dejarlo bien prieto.

El coche también le parecía angosto, como si todo se hubiera encogido.

Colin James era inocente. No había matado a sus padres ni a aquellas familias.

Y ella había estado dispuesta a condenarlo, igual que un jurado ocho años atrás.

—Entonces, ¿qué opciones tenemos? —dijo Maggie—. O el asesino se coló en un centro con estrictas medidas de seguridad y robó la sangre de Colin, o Colin tiene un gemelo idéntico.

Reid soltó un resoplido y engranó la marcha.

—Los médicos pueden equivocarse, pero no se les escapa que otro ser humano haya salido del útero, con el griterío que se monta.

—Los dedos se le cerraron sobre el volante, inquietos—.

Está claro que el asesino incriminó a Colin.

Entrevistaremos a todos los guardias que estuvieran de servicio.

Revisaremos a todos y cada uno de los empleados.

Se han pasado por alto demasiadas cosas…

Demasiadas veces nuestro hombre debería haber caído. Y no cayó.

Ahora su asesino se estaba asegurando de que nadie volviera a dejar caer la pelota. Dejaba testigos. Dejaba sangre. Estaba listo para contar su historia.

Listo para atribuirse el mérito.

Estudió el perfil de Reid: los músculos que se contraían junto a la línea cuadrada de la mandíbula, la tensión en el rabillo del ojo. Llevaba torcida la corbata. Se resistió al impulso de enderezársela, de darle una palmadita en el hombro, de hacer cualquier cosa que pudiera arreglarlo, y dijo:

—Venga, hagamos una lluvia de ideas. Hablemos un momento y ordenemos lo que sabemos.

Maggie volvió la vista hacia el cielo brumoso mientras Reid maniobraba por el aparcamiento. Él se aclaró la garganta.

—Vale. Colin lleva muerto dieciocho meses, desde más o menos cuando empezaron los asesinatos.

—Sí, pero los primeros asesinatos ocurrieron antes de que muriera Colin, no después —dijo ella—.

La doctora Hadley comprobó las fechas antes de que nos fuéramos.

Exoneraron a Colin hace algo menos de dos años; el primer asesinato se produjo seis semanas después y, tres meses más tarde, Colin estaba muerto.

—Así que quizá nuestro asesino no tenía acceso a Colin en prisión. Pero, cuando lo dejaron libre, el sospechoso decidió que tenía que quitárselo de en medio, sobre todo si creía que Colin sabía algo que podía mandarlo a la cárcel.

Probablemente, algo que el asesino solo imaginaba que Colin sabía. Era evidente que Colin no tenía ninguna información relevante; de haberla tenido, se la habría contado cuando se jugaba la vida en el juicio.

—Es que… joder.

Reid giró el volante con violencia y el coche emprendió el largo camino de acceso, de kilómetro y medio, hacia la carretera.

—Pasarse todos esos años sin matar y, de pronto, volver a hacerlo por impulso…

—No creo que tuviera elección —dijo Maggie—. Creo que se vio impulsado a hacerlo. Con esta cronología, quizá la liberación de Colin desencadenó esa rabia: la misma rabia que sintió al matar a la familia de Colin.

—Y Colin era el chivo expiatorio perfecto —masculló Reid.

Bajó la vista hacia el retrovisor lateral y contempló cómo el hospital se alejaba a su espalda: los objetos reflejados en el espejo están más cerca de lo que parece . Como si la pegatina le estuviera advirtiendo de que el asesino les pisaba los talones.

Maggie apoyó la cabeza en el respaldo y miró al techo. Allí no había advertencias, solo el fieltro gris plomizo.

—Si mi valoración inicial es correcta, este hombre odiaba a la familia de Colin.

Que Colin saliera de prisión hizo aflorar de nuevo toda esa furia antigua y puso sus impulsos sanguinarios a toda máquina.

—Aún no habían encontrado asesinatos parecidos entre la muerte de la familia James y el que se produjo tras la salida de Colin de prisión, así que aquello era más que simple amor por la carnicería.

A menos que, mientras tanto, hubiera encontrado otro estado al que aterrorizar—.

Incriminar a Colin no era el objetivo; quizá nunca lo fue.

Solo quería que supiéramos por qué lo hizo.

—Giró la cabeza para echarle un vistazo.

Las aletas de la nariz de Reid se dilataron y volvieron a relajarse.

—Así que es homicida por culpa de la familia de Colin. Pero le remuerde la conciencia por los niños. Y parece que también le pesó lo de Colin, si lo mató de una forma parecida, con ese maldito coche en la mano.

Ella asintió.

—Quizá nuestro sospechoso asocia a los niños con Colin, y no consigo mismo. En cualquier caso, ese hijo menor representa a la única persona a la que lamenta haber hecho daño… la única persona a la que le pesa haber tenido que matar.

Reid redujo la marcha hasta detenerse ante la verja principal, y ella dirigió la mirada a la garita de seguridad. Solo alcanzaba a ver la parte superior de la reluciente cabeza calva del guardia. Alzó una mano a modo de saludo, pero la verja ya se estaba abriendo.

—No hacen falta credenciales, ¿eh? —gruñó Reid—. El asesino podría haber salido paseando como Pedro por su casa. Una placa falsa comprada en una tienda de disfraces habría sido hasta excesiva.

El problema no era cómo había entrado en el recinto, aunque tampoco era algo sin importancia. El problema mayor era que había tenido que colarse en la habitación de Colin sin que nadie lo viera.

—Dentro se toman la seguridad más en serio.

Hadley bajó a recibirnos, pero los dos guardias de la puerta nos pidieron identificación de todos modos.

No es que nuestro asesino entrara con un hacha y se fuera dando saltitos hasta el baño de Colin en mitad de la noche.

—Bromeaba con lo del hacha, pero bien podía haber llevado el arma consigo.

Los guardias no iban a cachear a un visitante en busca de un pincho.

—Si hay algo en los registros de visitas, lo encontraremos —dijo él al incorporarse a la carretera principal—.

Pero me da la sensación de que no habrá nada que encontrar.

A ningún visitante le habrían permitido entrar en la habitación de Colin para ducharse con él.

Quien hiciera esto logró acceder a lugares a los que jamás debería haber tenido acceso.

Buen argumento.

—Y, con el historial de Colin, a nadie le sorprendió su muerte. La dieron por un suicidio; un fracaso del tratamiento, sí, pero no un delito.

—¿No te parece demasiado fácil que el asesino trabajase en el centro? —preguntó Reid—. Nuestro sospechoso parece demasiado… escurridizo como para buscar trabajo allí. Necesitaría una identificación, un nombre… una placa con su foto.

Hadley ya estaba sacando para ellos los expedientes de los empleados. Maggie se encogió de hombros.

—Es tan probable como cualquier otra posibilidad. Si trabajaba allí, el asesino tendría acceso a Colin y a su ducha.

Reid resopló y se incorporó a la autovía. El zumbido constante de los neumáticos se entrecortaba cada vez que el coche daba un bote en la bacheada rampa de acceso.

Maggie se dejó caer contra el asiento. Tenía los párpados irritados por el cansancio.

La noche anterior había dormido poco y mal y, cada vez que se despertaba, imaginaba alguna figura asesina acechando entre las sombras.

Al menos la presencia de Reid la había ayudado a volver a dormirse, aunque él hubiera estado inconsciente.

Eran dos blancos fáciles, pero habían sobrevivido a la noche.

Reid suspiró y se llevó la mano al nudo torcido de la corbata; tiró de él. La corbata le quedó colgando, floja, como una horca a medio hacer.

—Da igual cómo lo hiciera: entrar en ese centro requirió mucha planificación, así que matar a Colin era una prioridad. Hasta entonces, era el único superviviente.

Y ahora Ezra. ¿Qué tenía Ezra de diferente?

—Lo de mi padre… eso también me inquieta. Apenas tuvo que ver con el caso.

Era lo único que Free Wes le había confirmado.

Una sola rueda de prensa: hasta ahí llegó la participación pública de su padre.

Seguro que había llevado a cabo algunas sesiones clínicas, pero nadie más tendría por qué saberlo.

Y aunque Colin le hubiera contado algún secreto que pudiera poner en peligro al asesino, papá ya no lo recordaría.

—Entiendo que esté enfadado con quienes ayudaron a poner a Colin en libertad, pero ¿por qué mi padre tiene más culpa? El asesino no ha atacado a nadie más que trabajara en el caso de Colin.

—Todavía no—dijo Reid, encogiéndose de hombros.

Pero había otra explicación.

—A lo mejor es un cobarde—escupió ella—. Solo va a por gente a la que está seguro de poder vencer. Ataca a sus víctimas mientras duermen, cuando son vulnerables. Mi padre tiene mucho carácter, pero está más frágil que los abogados. Y mucho más olvidadizo, desde luego.

Reid clavó la vista en la carretera.

—Sí. Un cobarde, sin duda. Le falta seguridad en sí mismo, ¿no?