Capítulo 18 #2
—Me preocupa más que de repente quiera llamar la atención. Plantó esa sangre porque quería que lo relacionáramos con Colin. Ya no le basta con esperar en las sombras a que nosotros lo averigüemos.
Reid abrió la boca, dispuesto a responder, pero el chirrido agudo de la puerta lo interrumpió. Hadley tenía el rostro desencajado.
—Síganme, por favor.
Nada más salir al pasillo amarillo chillón, a Maggie le cosquillearon las fosas nasales con el olor astringente del alcohol sanitario y los productos de limpieza, aún más cortante tras el dulzor empalagoso del despacho.
Cortante como la colonia involuntaria de Tristan.
Tragó saliva y apartó aquel pensamiento de un empujón.
Sus pasos retumbaban como un redoble de tambor contra aquellas paredes brillantes.
Subieron en ascensor a la quinta planta, una copia soleada de la de abajo, aunque allí olía más a polvo, casi a ceniza.
Maggie observó cómo Hadley pasaba su tarjeta por el lector al final del pasillo: un sistema de seguridad electrónico.
Los tres entraron en la unidad de pacientes al son de un zumbido monótono que cesó cuando la pesada puerta se bloqueó sola a sus espaldas.
Los dejaba atrapados dentro con los pacientes.
El ambiente de la unidad era más suave, tanto en olores como en estética: las paredes, de un azul menta, estaban salpicadas aquí y allá de pósteres paisajísticos.
Se suponía que debía resultar relajante, pero a Maggie le hormigueó la espalda con un escalofrío de reconocimiento.
Se parecía al edificio de su padre. El centro donde vivía su padre no estaba cerrado a cal y canto, pero el mostrador de recepción era el mismo, igual que los tramos de pasillo que llevaban a las habitaciones individuales de los pacientes.
Solo había una entrada, y el asesino había conseguido franquearla sin dificultad.
¿Había entrado como visitante? Poco probable.
No permitían visitantes en las unidades de pacientes; los hospitales disponían de una zona común para las familias.
Y, aunque hubieran dejado pasar a un visitante hasta allí, no se lo habrían permitido de noche, cuando murió Colin.
Sus bailarinas repiquetearon contra el linóleo, pero el latido de la sangre en sus oídos se tragó el sonido.
Para entrar allí fuera del horario de visitas, el asesino habría tenido que robar una tarjeta.
Tendría que haber pasado junto al control de enfermería, expuesto a tres pares de ojos curiosos —quizá solo uno durante el turno de noche, pero alguien se habría fijado en él—.
Reid parecía pensar lo mismo, porque miró de reojo hacia la puerta por encima del hombro y dijo:
—Necesitaremos los registros de uso de las tarjetas. Supongo que tendrán algún registro informatizado de quién estuvo en la unidad aquella noche.
Hadley siguió caminando, con los ojos fijos en el pasillo que se abría ante ellos.
—No hay registros informatizados. Instalaron estos sistemas después de la muerte de Colin.
—¿Los sustituyeron después de que muriera? Parece raro, si no sospechaban que hubiera juego sucio.
Maggie le clavó un codo a Reid en las costillas. Él volvió la cabeza hacia ella, sobresaltado, no dolorido, y levantó la mano a medias. Te he oído, te he oído.
—Juego sucio… —suspiró Hadley, al parecer decidida a no responder a la acusación velada—.
Era una reforma prevista —dijo, mirando por fin hacia atrás—.
Los sistemas antiguos estaban desconectados por mantenimiento cuando murió Colin, pero había guardias en las puertas.
Entrevistamos a todo el mundo. Nadie vio nada extraño, nadie supo cómo consiguió el tenedor-cuchara.
Hadley se detuvo en seco ante una puerta que ya estaba abierta y les indicó con un gesto que entraran.
La habitación tenía un mobiliario escaso, iluminado por una luz cenital amarillenta y una única ventana alta al fondo.
Una cómoda de madera estaba atornillada a la pared opuesta; la cama, tendida con sábanas de un blanco austero, estaba fijada al suelo.
Sobre ella, un póster de Lizzo sonreía, flauta en mano.
Su sonrisa era contagiosa, pero dadas las circunstancias, la flauta parecía un arma.
Reid ya avanzaba hacia el fondo de la estancia. Pasó un dedo por el marco de la ventana.
—¿Se abre?
Hadley negó con la cabeza.
—No. Por razones obvias.
Reid acercó la mejilla al cristal y estiró el cuello para examinar la pared bajo el alféizar.
—Así que los pacientes están encerrados todo el día —dijo, más para sí mismo que para Hadley.
—Tanto las autolesiones como las fugas son posibilidades que no podemos ignorar.
La voz de Hadley había adquirido un filo cortante, pero Maggie percibió la pena que había debajo. La culpa.
Reid entornó los ojos.
—No hay manera de que nuestro hombre haya trepado hasta aquí —dijo—. No hay ningún punto de apoyo en la pared. Aunque viniera equipado hasta los dientes para escalar, no habría podido abrir esta ventana sin romperla.
Se enderezó y se dirigió a la otra puerta: el baño.
Era diminuto; Maggie lo veía entero desde donde estaba, en medio de la habitación.
Paredes color menta a juego con las de la unidad, una ducha de pie y un lavabo independiente.
Ni siquiera había un lugar donde guardar toallas, seguramente porque podían hacerlas tiras para improvisar una soga.
Los pacientes sin antecedentes de intentos de suicidio probablemente tenían toallas.
Quizá hasta marcos de fotos de verdad. Pero estarían alojados en otra unidad, una menos segura.
No es que la seguridad adicional le hubiera servido de mucho a Colin James.
—Haré que venga Científica —dijo Reid, asomándose detrás del inodoro como si esperase encontrar otro cochecito de juguete empapado en la sangre de Colin, muerto hacía tanto—. Por si quedan indicios de partículas.
—Quiere decir por si lo asesinaron —dijo Hadley. No era una pregunta—. Le aseguro que, si hubiera creído que alguien hizo daño a Colin, habría actuado hace mucho tiempo.
—Lo sé, doctora —respondió él—. Esto no fue culpa suya.
Pero sí era, en parte, culpa de quien hubiera dejado que el asesino entrara en aquella habitación. Y los tres lo sabían.
Señaló la cama con un gesto; señaló a Lizzo.
—¿Podrían trasladar al paciente que ocupa ahora la habitación hasta que terminemos con la inspección forense? No llevará más de uno o dos días.
De todos modos, era una posibilidad remota.
—Por supuesto. —Hadley tragó saliva—. Estoy tan motivada como ustedes para asegurarme de que no vuelva a suceder nada parecido.
Hadley no podía garantizar que no hubiera suicidios; bastaban un par de incisivos y unos minutos a solas.
Pero, con suerte, podría tomar precauciones adicionales contra los homicidios.
Maggie no creía ni por un instante que Colin se hubiera quitado la vida.
Sus antecedentes hacían que fuera posible, pero la sangre en el apartamento de su padre lo volvía improbable.
Y nadie había tenido la menor idea de que Colin estuviera relacionado con el caso hasta que un asesino dejó aquella sangre en el cuarto de baño de su padre.
Ni siquiera sabían que se enfrentaban a un asesino en serie hasta que el propio asesino se lo dijo.