Capítulo 18
E l silencio recordaba al de una planta de oncología después de que dieran las peores noticias: conmoción empapada de un terror embriagador.
Durante un momento, Maggie solo pudo mirar fijamente a la doctora Hadley.
Reid también se había quedado completamente inmóvil.
La vainilla que impregnaba el aire la asfixiaba.
¿Cómo es posible?
Los cochecitos relucían en lo alto de la caja de Colin: rojo, azul y amarillo; un coche de carreras, un camión militar, un descapotable...
Del mismo tipo que habían dejado en las escenas del crimen.
La sangre de Colin estaba en el baño de su padre.
Alguien había enviado aquellos archivos a Reid y había llamado para asegurarse de que relacionaran los casos.
¿Había cometido Colin los asesinatos, les había dejado una serie de pistas y después había regresado aquí a toda prisa para matarse?
Con su historial de intentos de suicidio, parecía posible, pero ¿por qué aquí?
Si se estaba encaminando hacia el final de la partida, tendría más sentido que se hubiera suicidado junto al niño pequeño.
El patrón completado, el círculo cerrado.
Sin embargo, había dejado a Ezra vivo y...
—¿Cuándo murió? —preguntó Reid, abriéndose paso entre el batiburrillo que tenía Maggie en la cabeza. Si ella era la Oligarca del Sobrepensamiento, él era el Conde del Examen Expeditivo.
Hadley parpadeó.
—Hace más de un año. Tendría que consultar la fecha exacta, pero la averiguaré antes de que se vayan.
Aquella revelación por fin encauzó sus pensamientos en una sola dirección.
Un año. Colin James no era su asesino. Daba igual si los crímenes habían comenzado antes de su muerte: él no había matado a su familia, no había matado a la familia de Ezra.
Habían incriminado falsamente a Colin James. Otra vez.
Pero si Colin llevaba un año muerto, ¿cómo había dejado el asesino la sangre?
¿Y por qué quería que relacionaran a Colin con este caso?
Contaba con que Reid terminara aquí y comprendiera que Colin era inocente.
Maggie no sabía por qué no se habían enterado hasta entonces de que estaba muerto —por qué su fallecimiento no se había comunicado al Estado—, pero lo averiguarían.
Lo más probable era que se debiera al papeleo atrasado.
—¿La ducha donde murió Colin era de uso común? —preguntó Reid.
Al parecer, él ya había pasado a la posibilidad de que Colin hubiera sido asesinado, mientras los pensamientos de Maggie habían vuelto a dar vueltas como un saltamontes atrapado en un remolino.
Hadley negó con la cabeza.
—Todas las habitaciones tienen ducha propia. Por eso tardaron varias horas en encontrarlo. Un vigilante vio la luz del baño encendida a través de la ventana de observación y la mano de Colin en el suelo, aún sujetando uno de sus cochecitos.
Un coche... Había muerto con un coche en la mano. Su sospechoso prácticamente les estaba gritando: He sido yo. ¡Venid a por mí!
Reid inspiró por la nariz.
—Necesitaré ver el informe de la autopsia.
Hadley volvió a negar con la cabeza.
—Estoy segura de que el ayuntamiento tendrá un informe del forense, pero no creo que le hicieran una autopsia. Colin James tenía antecedentes de pensamientos e intentos de suicidio. Se dictaminó que había sido un suicidio.
Reid se removió en el asiento; la caja presionaba contra el brazo de la butaca.
—¿Cómo consiguió el arma? ¿No toman precauciones especiales con pacientes que tienen ese tipo de historial?
Las aletas de la nariz de Hadley se dilataron, y con razón. Reid estaba insinuando que la muerte de Colin había sido culpa suya.
Maggie le dio un suave toque en la muñeca para llamar su atención. Estaba húmeda de sudor, aunque no sabía si era por la piel de él o por su propio dedo.
—Los pacientes son difíciles cuando están decididos. Si hace falta, usan los dientes.
Se volvió hacia la psiquiatra.
El rostro de Hadley se suavizó: gracias por eso . Parpadeó y volvió la mirada hacia Reid.
—Tomamos precauciones extraordinarias. No tenía marcos de fotos rígidos en la habitación ni espejo.
No se le permitía tener nada que pudiera desmontar para fabricar un arma.
También hacemos registros rutinarios de las habitaciones.
Pero de algún modo consiguió hacerse con un tenedor-cuchara y lo afiló entre la cena y la hora de acostarse. Como ha dicho su compañera...
¿Yo, su compañera? Vaya. A Maggie no le desagradaba aquella suposición, aunque no fuera del todo cierta. ¿O sí? Quizá lo era.
—Necesitaremos ver su habitación —dijo Reid.
—Ahora mismo hay otro paciente en ese cuarto.
Pero Hadley se puso en pie.
—Denme cinco minutos.
Maggie observó cómo se marchaba la doctora y sacó de la caja uno de los cochecitos: un descapotable amarillo.
Reid suspiró.
—Muerto. ¿Te lo puedes creer?
—Pues la verdad... no. ¿Cómo no sabíamos que Colin estaba muerto? Y cuando digo «nosotros», me refiero a ti.
Aunque ya tenía una idea. Las solicitudes de derivación desde prisión a veces tardaban un año o más en llegarle.
Una buena cuarta parte de aquellos pacientes ya estaban en libertad o muertos cuando ella se enteraba de que existían.
A veces los reclusos morían y sus familias pasaban meses sin saberlo.
—Este hospital está infrafinanciado —dijo Reid—, y tan saturado como el sistema penitenciario.
En este caso no hubo funeral, así que tampoco hubo director de funeraria; normalmente sería él quien solicitara el certificado de defunción en nombre de la familia.
El hospital suele avisar a los familiares más cercanos, pero introducir los datos en los ordenadores puede eternizarse: la mayor parte del papeleo se acumula en papel.
Al final todo entra en el sistema, pero...
Ella asintió. Era lo que había supuesto.
—Muy conveniente para nuestro asesino —murmuró Reid.
—No creo que sea así —dijo despacio, haciendo girar las ruedas de metal con los dedos.
Los diminutos neumáticos daban vueltas, vueltas, vueltas—.
Es evidente que quería que relacionaran sus crímenes con la familia de Colin.
Todo empezó allí, así que tengo que creer que eran especiales para él.
Y con estos coches, todos como el que Colin sostenía la noche en que murió su familia, este sospechoso está vinculando su brutalidad actual directamente con su primer asesinato.
Dejó caer el descapotable de nuevo en la caja.
—Creo que está asesinando a la familia de Colin una y otra vez.
—Volvemos a alguien que ellos conocían, ¿eh? ¿De la misma manera que crees que el asesino era conocido de Ezra? Pero no vivía nadie más en esa casa, Maggie.
—Quizá fuera amigo de Colin; quizá un antiguo niño de acogida. ¿Podemos conseguir esos expedientes?
—Lo investigaron durante la pesquisa original, pero podemos revisarlo otra vez.
El mayor problema es que los niños a los que acogieron eran todos muy pequeños; incluso ahora, ocho años después, la mayoría seguirían siendo menores de dieciocho años.
Un chico de dieciséis podría haber asesinado a la familia de Ezra, pero un niño de siete no mató a la familia de Colin hace ocho años. Y con lo de los coches...
Bajó la mirada hacia la caja; las ruedas del descapotable seguían girando.
—Me cuesta creer que tengamos a dos asesinos distintos.
Hay demasiados detalles concretos que nunca se hicieron públicos, elementos idénticos de una escena del crimen a otra.
No solo parecidos: exactos. Los coches, sobre todo.
Encontraron a Colin sujetando uno junto a la cama de su madre, pero ni siquiera nosotros lo sabíamos hasta hoy.
—Pero ¿qué pasa con la sangre en casa de mi padre? ¿Crees que mató a Colin y le sacó la sangre, o que de algún modo la... guardó desde que asesinó a la familia de Colin?
Sabía mucho de psicología, pero muy poco de ciencia forense.
Y cuál de las dos opciones fuera cierta podía alterar su perfil.
Una cosa era extraerle sangre a un hombre porque querías dejarla en la escena de un crimen que aún ibas a cometer.
Otra muy distinta, conservar sangre durante ocho años.
Y para recogerla... ¿el asesino le habría clavado una aguja en el brazo a Colin y después le habría cortado las muñecas, o qué?
—Aún no me ha llegado el informe forense completo —dijo Reid.
Fulminó el coche con la mirada y deslizó la caja hasta el suelo, donde quedó como un pozo lleno de cosas desconocidas.
—Solo me han llamado para confirmarme la coincidencia de ADN. Lo primero que hacen es pasar la sangre por el sistema en busca de coincidencias. Los detalles llegarán más tarde, y ahora supongo que ya sabemos lo que encontrarán.
Encontrarían marcadores de fluidos corporales más antiguos de lo esperado. Pero la casa de su padre estaba mojada. El asesino había puesto allí la sangre y… la había reconstituido para formar aquel charco. Un simbolismo delirante, pero un paso de una importancia crucial para él, sin duda.
—Yo apostaría a que el asesino sacó la sangre de este hospital —prosiguió Reid—.
Colin no resultó herido durante el ataque a sus padres: cuando llegó a casa, el asesino ya se había marchado.
Y es menos probable que el ADN hubiera saltado en el sistema tan deprisa si la sangre tuviera más de dos años.
Las muestras se degradan. Tal vez si el sospechoso la conservó de alguna manera, pero incluso así…
No me convence. Tampoco me convence ninguna explicación en la que nuestro asesino no mate a Colin.
Nadie de este hospital le vendió medio litro de sangre de Colin a nuestro sospechoso.
Maggie asintió.
—Y que la plantara en el apartamento de mi padre… Da la impresión de que está presumiendo, ¿verdad? Nos está demostrando que puede entrar y salir de instalaciones seguras sin ningún problema.
Así que tal vez haya algo de narcisismo.