Capítulo 17 #2
Pero no miraba a la psiquiatra, ni a Maggie. Observaba sus propios dedos mientras retiraba despacio la mano de la caja y abría la palma. Tres cochecitos minúsculos (rojo, amarillo y azul), con las ruedecillas plateadas brillando bajo las luces del techo.
A Maggie se le encogió el estómago. El mismo tipo de coches que dejaban en las escenas del crimen. Como el camioncito del cuarto de baño de su padre.
—Los trajo consigo cuando ingresó —dijo Hadley, señalando los juguetes con un gesto de cabeza—. Era lo único que parecía mantenerlo entretenido. Se pasaba horas haciéndolos rodar de un lado a otro.
Si había ingresado con los coches… ¿los llevaba encima cuando lo detuvieron? Resultaba raro en un adolescente, pero si eran importantes para él, incluso amuletos de la suerte, eso explicaba por qué los dejaba en las escenas del crimen. Pequeños regalos. Una disculpa para el hijo menor.
—¿Tuvo brotes psicóticos mientras estuvo aquí? —preguntó Maggie—. Tengo entendido que sufrió varios episodios en prisión.
Hadley parpadeó mientras miraba los coches y luego alzó la vista hacia Maggie.
—Sí. Incluso en sus mejores días seguía teniendo alucinaciones y delirios. Apenas dormía pese a la medicación; se pasaba toda la noche murmurando. Ese fue uno de los motivos por los que tenía una habitación individual.
Maggie apoyó los codos en las rodillas y se inclinó hacia ella.
—¿Qué decía mientras murmuraba?
Le había hecho la misma pregunta a Reid la primera vez que se lo contó, y también entonces le había parecido importante.
—Sobre todo hablaba de su hermana; repetía lo mismo que decía cuando lo encontraron junto al lecho de muerte de su madre. «Pobre bebé; pobre bebé enferma». Una y otra vez.
El aire pareció enrarecerse. Pobre bebé … ¿La nota del cuarto de baño de su padre se refería a la hermana de Colin?
—¿Hablaba del resto de su familia o solo de su hermana fallecida? —preguntó Reid.
—Esa es la cuestión: no creía que su hermana estuviera muerta. El trauma le provocó una ruptura con la realidad, y nunca llegó a recuperarse del todo. Lo intentamos, pero…
La doctora suspiró. Tenía el rostro contraído por el dolor; por el remordimiento. Cogió el cubo de Rubik de su escritorio y giró una cara.
Clic, clic.
Ah. El cubo era como una pelota antiestrés.
Y si lo cogía ahora, era porque Hadley creía haberle fallado a Colin, quizá a toda la comunidad; a aquellos niños muertos.
Era una clase de culpa profundamente arraigada, de esas que empañan los buenos recuerdos con nubes venenosas de contrición.
Hadley probablemente se sentiría peor si hubiera matado a su propio hermano.
O a su casi prometido. Si al menos hubiera un cubo de Rubik lo bastante grande para eso.
Hadley giró otra fila, y el corazón de Maggie se retorció con ella.
—Cuando Colin ingresó por primera vez, no hablaba en absoluto —dijo Hadley en un susurro tan bajo que Maggie tuvo que esforzarse por oírla—.
Fue sorprendente, porque desde prisión no nos habían informado de ningún problema así.
Supusimos que se debía al estrés del traslado, quizá incluso a la conmoción de haber sido declarado inocente después de tanto tiempo entre rejas.
Había perdido toda esperanza y había intentado suicidarse varias veces en prisión, así que verse de pronto exonerado… bueno.
La ausencia de habla se parecía de forma inquietante a lo que presentaba Ezra.
A Maggie no le gustaba, aunque no sabía decir por qué.
Quizá porque el mutismo selectivo era estadísticamente poco frecuente; raro, incluso después de un trauma.
Y Colin no había mostrado mutismo durante el juicio ni mientras estuvo en prisión.
¿Por qué había decidido Colin guardar silencio en el hospital? ¿Había animado a Ezra a no hablar con la policía? ¿Había amenazado al chico? ¿Qué pretendía conseguir con algo así?
Silencio… ¿Qué tenía de atractivo el silencio?
—¿Recibió Colin alguna visita durante su estancia aquí? —preguntó Reid de repente.
Maggie le lanzó una mirada, aunque mantuvo una expresión neutra. La pregunta la sorprendió. Sí, estaba en la lista de cosas que debían preguntar, pero que Reid cambiara de ritmo tan bruscamente le dio la impresión de que había percibido un cambio en el ambiente que a ella se le había escapado.
Hadley se enderezó y arrojó el cubo de vuelta al escritorio.
¡Toc!
El golpe fue lo bastante fuerte para que Maggie diera un respingo. Uy. Parecía que había dado con un punto sensible. Reid tendría que ir con cuidado o Hadley cerraría la conversación.
—Hoy mismo solicitaré los registros de visitas y se los enviaré —dijo Hadley.
Tomó una nota en su bloc de notas adhesivas con los trazos grandes y ondulantes de una calígrafa de sexto de primaria, y luego se recostó en la silla—.
No les corre demasiada prisa, ¿verdad? ¿Hay alguna fecha límite para su proyecto de intervención comunitaria?
¿Proyecto de intervención comunitaria?
Maggie volvió a mirar a Reid, pero él tenía toda su atención puesta en la caja, como si intentara arrancarle de las entrañas la información que necesitaba. Se volvió hacia Hadley.
—Con los asesinatos…
Hadley levantó una mano.
—Ni hablar. Colin no era un asesino. Quiero decir, fue exonerado, pero eso ya lo saben.
Sus ojos saltaron de Maggie a Reid y de Reid a Maggie.
Reid no dijo nada, al parecer embelesado por la caja. Cásate con ella de una vez, Reid. Si querían que Hadley colaborase, que colaborase de verdad y les facilitara el último domicilio conocido de Colin, la doctora tenía que saber por qué.
—Fue exonerado por las muertes de su familia —dijo Maggie—, pero su sangre…
Se interrumpió, de pronto sin saber cómo expresarlo.
Allanó el piso de mi padre y dejó el suelo del cuarto de baño cubierto de sangre no era precisamente la revelación que justificaba saltarse la confidencialidad.
Su paciente ha asesinado a quince personas se acercaba mucho más.
¿Por qué había mencionado su sangre? ¿Como prueba de su culpabilidad?
Tenía sentido. Quizá no estaba tan loca después de todo.
Pero a Hadley se le descolgó la mandíbula. Apoyó los codos sobre el escritorio y se inclinó hacia delante, con los dedos entrelazados.
—Perdona… ¿sangre?
¿A qué venía aquella confusión? Al cerebro acelerado de Maggie le encantaba irse de fiesta en los momentos más inoportunos, pero seguro que Reid ya le había contado a Hadley casi todo aquello.
—No he tenido ocasión de ponerla al corriente del caso —dijo Reid, como si le hubiera leído el pensamiento.
Maggie se volvió hacia él, intentando mantener el rostro impasible, aunque probablemente parecía una lagartija colocada de LSD, con los ojos dando saltitos.
Si Hadley no sabía que Colin era sospechoso de una serie de asesinatos…
¿por qué se había mostrado tan dispuesta a hablar de su pasado?
Podía ser bueno y correcto compartir información en un caso de homicidio, cuando había pruebas directas que vinculaban a tu paciente con las escenas del crimen, pero ¿exponer todo su historial así, sin motivo alguno?
Maggie abrió la boca para preguntarlo, pero Hadley se le adelantó.
—Si se refieren a lo que ocurrió aquí, fue más limpio de lo que cabría esperar. La ducha… ayudó.
Los ojos de Hadley se habían oscurecido, como si estuviera reviviendo algún recuerdo doloroso.
—Una tragedia terrible.
—¿La ducha? —dijo Reid—. ¿Se supone que eso significa algo para nosotros?
La doctora enarcó una ceja y negó con la cabeza.
—Lo siento muchísimo, creía que lo sabían. Creía que por eso estaban aquí, que por eso iban a poner en marcha un proyecto de intervención comunitaria.
Reid y Maggie intercambiaron una mirada.
—¿Saber qué? —preguntó Maggie.
Hadley miró de Maggie a Reid y de Reid a Maggie, como si pensara que le estaban tomando el pelo.
—Colin James está muerto.