Los muertos no hablan (Juegos de la mente 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

L akeland Psychiatric parecía más una prisión que un hospital, con el muro de seguridad coronado por tres hileras relucientes de alambre de cuchillas.

Y con razón, claro: quienes permanecían encerrados en aquel edificio necesitaban una ayuda que no podían recibir fuera, y quienes estaban fuera necesitaban la garantía de que estaban a salvo.

Colin, inocente o no, no debería haber recibido el alta sin supervisión, teniendo en cuenta la lista de delitos violentos que había cometido en prisión y sus persistentes diagnósticos psiquiátricos.

Había pasos intermedios, fases de transición entre el encierro y una libertad segura.

El guarda de la puerta principal, con una barba espesa y la cabeza lustrosa, examinó la placa de Reid con el interés de un perro mirando un paño de cocina.

Ni siquiera se asomó a la ventanilla del Bronco para echarles un vistazo; se limitó a devolver la identificación y les indicó que pasaran.

Nada tranquilizador. Igual Colin James se había limitado a salir por la puerta principal sin un formulario de alta.

Reid siguió el camino de entrada hasta el edificio, el más largo que Maggie había visto en su vida: un kilómetro y medio de asfalto recto que permitía contemplar cómo se acercaba el edificio, como si fuera el monstruo más aburrido del mundo.

El pañuelo de bolsillo granate de Reid y la corbata a juego resaltaban con un brillo casi obsceno contra aquel telón de fondo estéril.

Ni un miserable alféizar curvo y decorativo que distrajera de aquella estética funcional.

Ni una fuente que rompiera la inmensa extensión de hormigón.

Reid debía de estar pensando lo mismo, porque dijo:

—Parece un almacén.

Un almacén de personas. Los hospitales psiquiátricos desempeñaban un papel fundamental en la salud mental, pero, igual que las prisiones, también servían de centros de cuidados prolongados para quienes no podían desenvolverse en la esfera pública.

Si padecías esquizofrenia paranoide y no tenías a nadie que te ayudara, normalmente acababas en la cárcel, en un hospital o en la calle.

O, más probablemente, dabas vueltas por los tres en una existencia de puerta giratoria, una expresión que le evocó a Will Ferrell en Elf , dando vueltas en una puerta giratoria y vomitando en la papelera.

Solo uno de aquellos escenarios era hilarante, pero ambos compartían esa sensación de falta de control: estar atrapado en un mundo mareante al que no pertenecías.

Sus pasos resonaron por el aparcamiento.

Maggie aún tenía en la boca el sabor del café amargo de motel y de los restos de tarta de cereza que habían desayunado.

No se arrepentía, aunque ojalá hubieran pedido una ración extra de tarta de crema de chocolate.

El carril de la puerta automática chirrió como una bisagra vieja.

Los detectores de metales, nada más cruzar la puerta, estaban atendidos por otros dos guardas que al menos tuvieron la decencia de entrecerrar los ojos ante los recién llegados antes de indicarles que atravesaran el arco; menos mal que Reid había dejado la pistola en el coche.

Cuando terminaron, una mujer corpulenta, con pantalones de raya diplomática y una blusa de seda, avanzaba hacia ellos desde el pasillo del fondo.

Maggie reconoció su foto de los archivos de Reid: Willow Hadley, la jefa de psiquiatría.

De pronto se sintió mal vestida con su falda lápiz y jersey de cuello alto, pese a la chaqueta negra.

Y bajita, además. Cuando se acercó a estrecharles la mano, Hadley se alzaba por encima de los guardas y le sacaba al menos cinco centímetros a Reid, que medía metro ochenta y muchos.

Impresionante. Al menos los pacientes se lo pensarían dos veces antes de causarle problemas… seguramente.

Siguieron a la doctora Hadley por un laberinto de pasillos antisépticos, amarillos como el sol, hasta una amplia sala revestida de madera.

Parecía sacada directamente de los años ochenta, desde el anticuado ordenador de sobremesa en una esquina del escritorio hasta el cubo de Rubik de plástico en la otra.

Un bloc de notas adhesivas y un bolígrafo descansaban justo en el centro.

El empalagoso tufo a vainilla le hizo cosquillas en la nariz a Maggie y le recubrió la lengua, como el ambientador de un coche.

Prefería el hedor a desinfectante del pasillo.

Por invitación de Hadley, se acomodaron en dos sillones azul marino a juego, frente a su escritorio. Las líneas entre las trenzas de Hadley eran tan nítidas que Maggie le veía el cuero cabelludo, pero tenía unos ojos amables y una voz suave.

—Me preguntaba cuándo aparecería alguien para hablar de Colin.

Maggie frunció el ceño. ¿Sabía Hadley que Colin era peligroso cuando le dio el alta?

Si era así, no debería haberlo soltado: con aquel historial, podría haber presionado para que lo ingresaran de manera involuntaria.

Y aunque Maggie solía ser la primera en defender a capa y espada la confidencialidad de los pacientes, tenían motivos para creer que aquel hombre era un asesino.

Necesitaban saber quién era Colin para prever qué podía hacer a continuación.

—Llevo muchos años ejerciendo en clínica, igual que usted —empezó Maggie—. Le agradecería que compartiera con nosotros sus impresiones sobre los antecedentes de Colin.

Hadley asintió. Sus labios carnosos se entreabrieron como si estuviera a punto de lanzarse a un discurso sobre aquel hombre, o quizá sobre por qué no podía contarles una maldita cosa.

Pero se cerraron de golpe casi al instante.

Se le abrieron los ojos como platos. Entonces levantó un dedo y se agachó tras el escritorio, rebuscando algo que Maggie no alcanzaba a ver.

Maggie miró a Reid. Tenía una ceja arqueada: ¿esto es normal? ¿Qué está haciendo? Pese a su trabajo, no parecía tener demasiada experiencia con loqueros.

Ella se encogió de hombros: ni idea, tío . Pero no tuvieron que esperar mucho para salir de dudas. La doctora se incorporó y se puso en pie con una caja de cartón apretada entre las manos.

—Antes de que se me olvide… —Rodeó el escritorio y le tendió la caja a Reid, que se la acomodó en el regazo—. Recuperé las cosas de Colin del almacén cuando me enteré de que venían.

¿Sus… cosas? Desde luego, aquello parecía información confidencial, pero Maggie no iba a cuestionar la integridad de la doctora; aún necesitaban información.

Reid retiró la tapa de cartón y Maggie estiró el cuello para mirar dentro.

Sobre todo ropa, uniformes del hospital; seguramente, todo cosas que él preferiría olvidar.

Nada que mereciera la pena empaquetar para su nueva vida.

Salvo…

Maggie alargó la mano hacia el fondo de la caja y sacó la fotografía. El marco era de fieltro grueso, quizá hecho en alguna sesión de manualidades. No tenía cristal. Estaba deshilachado por la parte superior, pero la imagen seguía intacta.

En el extremo izquierdo había una mujer de pelo rubio ceniza, con el brazo alrededor de una niña de unos once años: la hermana de Colin.

El padre de los niños estaba al otro lado de la niña, con unas gafas oscuras que le daban aire de profesor universitario.

El propio Colin se alzaba detrás de su hermana, con el pelo rubio y desgreñado resplandeciendo, los ojos brillantes clavados en la cámara.

Su mirada le erizó el vello de la nuca a Maggie.

No porque pareciera frío o furioso, ni porque transmitiera la insensibilidad anestesiada de un psicópata…

sino porque no lo hacía. Su sonrisa parecía auténtica, implicaba todos los músculos adecuados de la parte superior del rostro.

Eso era difícil de fingir, incluso para los mejores actores.

La voz de la doctora Hadley la arrancó de sus pensamientos.

—Empezó a portarse mal en secundaria —dijo la psiquiatra—. Y en el instituto se juntó con malas compañías, como era de esperar. —Hadley se encogió de hombros.

Como era de esperar… ¿porque había terminado convertido en un maníaco homicida?

Maggie no había estado allí cuando Reid habló con la mujer, pero él debía de haberla puesto al corriente del caso.

Hadley parecía tener claro que algo no iba bien y, más aún, ansiosa por ayudarles a encontrar al asesino al que había dejado suelto en la comunidad.

—Solo por aclararlo, doctora, ¿por qué era de esperar que tuviera esos problemas?

—No quería dar nada por sentado: la psiquiatra poseía una perspectiva que ni Maggie ni Reid podían tener.

Pero, igual que con su padre, sentía que estaba interrogando a Hadley como se interrogaría a una sospechosa.

¿Así se sentía Reid todo el tiempo? ¿Inquieto, con un poco de náusea, pero extrañamente exaltado?

No había nada como perseguir la verdad —o a un asesino— para espabilarte por la mañana.

Bueno, y la tarta de cereza, si tenías suerte.

Hadley ladeó la cabeza.

—El consumo de drogas, para empezar. También mostraba síntomas depresivos y ansiedad. La orientadora del instituto recomendó una terapia más intensiva de la que ella podía ofrecerle. Medicación también, después de observar heridas en sus brazos.

—¿Autolesiones?

Hadley asintió.

—La orientadora del colegio creía que se hacía cortes, aunque él lo negó. Llamó a casa; los padres dijeron al colegio que se ocuparían de ello, pero por lo visto nunca hicieron nada. Negligencia médica, si me preguntas a mí.

Maggie asintió, conforme. Colin había acabado asesinando a familias que se parecían a la suya… Quizá aquellas familias seguirían vivas si hubiera recibido el tratamiento adecuado.

—¿Y esto, doctora Hadley? —intervino Reid. Su voz grave sonó demasiado alta después del tono suave de Hadley.