Los muertos no hablan (Juegos de la mente 2) Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

Nada raro. ¿Habría estado más dispuesto a aceptar el arreglo si ella hubiera prometido hacer algo raro?

No. Eran compañeros; así era como ella lo veía.

Y así era como él tenía que verlo también, sobre todo teniendo en cuenta su historial.

Los años junto a Christine habían sido tiernos, tranquilos, incluso llenos de amor...

hasta que ella le mostró su verdadera cara.

Siempre se enamoraba demasiado, y demasiado deprisa.

Podría haber acabado siendo el idiota marido de Christine, pillado por sorpresa después de la boda y sin acuerdo prematrimonial.

Pero ella había seducido a su hermano cuando descubrió que a él no le iban ni la dominación sexual ni los juegos emocionales.

Aunque Tristan encajara mejor con sus tejemanejes, Reid nunca aprobó aquella relación, por mucho que entonces le cayera mal Tristan.

Hay cosas que sencillamente están mal. También hay personas que lo están, incluso si no acaban muertas en el garaje en llamas de Maggie. Como Christine.

Sí, él y su hermano tenían muchas cosas que aclarar.

Maggie lo estaba mirando. Reid abrió la puerta del coche.

El aire era embriagador, una mezcla dulzona de gases de escape y forsitia; el arbusto se agitaba en el espacio entre ambos edificios.

—Una habitación me parece bien, siempre que no ronques. Si no tienen cable, podemos terminar ese libro.

—Suena bien —dijo ella, siguiéndolo hasta el restaurante. La fachada, de ladrillo rojo oscuro, tenía una puerta de madera que ocultaba lo que hubiera al otro lado.

El interior, sin embargo, estaba intensamente iluminado. Tal como anunciaban, el restaurante presumía de una vitrina entera llena de tartas: de cereza; merengue de fresa o limón; crema de chocolate; crema pastelera de frambuesa y vainilla; la tradicional de manzana.

—Los sándwiches tienen buena pinta —dijo Reid mientras examinaba el menú tras el largo mostrador. Solo servían para llevar; no había mesas.

Maggie asintió.

—¿Compartimos uno? Me veo obligada a dejar sitio para la tarta.

—Siempre que sea de corned beef .

—Perfecto.

Bajo la luz fluorescente, su pelo parecía un incendio forestal de California: inexplicablemente hermoso, pero peligroso como el aliento de un dragón.

Para, Reid.

Comieron sentados con las piernas cruzadas, cada uno en su cama de matrimonio, mientras el móvil de Maggie brillaba sobre la mesilla entre ambos y el narrador desgranaba estadísticas y puntos de inflexión con voz monocorde.

El corned beef estaba seco, pero la tarta de cereza era excelente, tal como prometían.

También lo era el merengue de fresa. Y la de chocolate.

Cuando terminó el libro, llamó un momento para comprobar cómo estaban Phoebe y Ezra.

Todo iba bien, como ya esperaba: Phoebe, su marido y Clark estaban cuidando del niño.

Para cuando Maggie salió del baño, con un pijama azul de algodón y arañas estampadas en las perneras, él ya se había acurrucado bajo las mantas de su propia cama.

Ella sonrió. Él le devolvió la sonrisa, aunque notó que se le encendían las puntas de las orejas.

Era trabajo, solo trabajo; y sin embargo, dormir juntos exigía una confianza más profunda que la que uno comparte con la mayoría de la gente.

Una confianza que suavizaba las aristas y templaba el frío que dejaba el dolor de la propia historia.

Dormir al lado de alguien significaba aceptar ocho horas de extrema vulnerabilidad.

Había una intimidad en ello, por muy platónica que fuera.

Y Maggie seguía mirándolo. ¿Sabía lo que estaba pensando?

Reid apagó el móvil y la luz, sumiendo la habitación en una oscuridad gris y brumosa, atravesada por un rayo amarillo perdido que se colaba por una rendija entre las cortinas.

—Mañana resolveremos un misterio —dijo, repitiendo la frase del programa favorito del padre de Maggie.

Mañana atraparemos a un asesino.

—Eso esperamos.

Ella se volvió de espaldas, ofreciéndole el azul de su pijama.

La única franja de luz le cruzaba el pelo y hacía que su cabeza pareciera ensangrentada.

Como Diane Darren. Como Lily Darren. Y, a diferencia de Ezra, que tenía a varios adultos velando por él, Reid era el único que estaba allí para proteger a la doctora. Se le tensaron los hombros.

La observó durante un rato, preocupado por que, en cuanto apartara la vista, un intruso escondido la asesinara.

Era ridículo, lo sabía, pero el pensamiento se negaba a soltarlo: se le había enganchado en lo más profundo de la carne del cerebro.

A la psiquiatra de la otra cama seguramente le encantaría analizar aquello.

Trauma, ¿no? Los cadáveres que había visto, la familia de Ezra, las diminutas manos del niño cubiertas de sangre.

Y este asesino lo había escogido a él. Era lógico que estuviera en tensión.

Pero cuando por fin se quedó dormido al ritmo de la respiración de Maggie, lo hizo pensando que su preocupación por ella iba más allá de la paranoia relacionada con el caso. No sabía exactamente qué significaba, pero la presencia de Maggie le hacía sentirse extrañamente como en casa.