Capítulo 16 #2
—Sería difícil que lo aceptaran en un piso tutelado; el tipo era agresivo en prisión.
En cuatro ocasiones atacó a otros reclusos con armas caseras.
—Puso el intermitente y volvió a cambiar de carril, colocándose detrás de un tráiler que, sin que se explicara cómo, circulaba unos quince kilómetros por hora más rápido que los demás coches—.
Puede que fuera inocente del asesinato de sus padres, pero se volvió violento en la cárcel.
Y aunque no sufriera un brote psicótico la noche en que murió su familia, sí tuvo uno durante los años que pasó encerrado, según el médico de la prisión que le recetó Haldol.
De toda la gente que Free Wes podría haber elegido para exonerar, me sorprende muchísimo que Colin estuviera entre los candidatos.
Maggie se quedó boquiabierta y abrió los ojos como platos. Dentro del coche solo se oía el zumbido constante de los neumáticos, hasta que los frenos chirriaron al volver a reducir la marcha ante una retención de tráfico.
—Era inocente —dijo.
—Era inocente del asesinato de sus padres, pero no tenía pinta de que fuera a convertirse en un ciudadano modélico y pacífico.
—¿Así que tu trabajo consiste en decidir qué vidas merece la pena salvar, sean culpables o no? —Los ojos le ardían. ¿Rabia? Ups. Parecía que había tocado una fibra sensible.
—Sabes a qué me refiero. —Se le revolvió el estómago, pero el calor que le ardía en el pecho era aún más intenso.
Puede que él también estuviera un poco enfadado—.
Por supuesto que no estoy de acuerdo con lo que pasó.
Pero me paso el día intentando proteger a la gente de capullos como Colin.
—Aunque, si hubiera conseguido encerrar a su hermano…
quién sabe qué clase de persona habría salido de prisión.
Apartó ese pensamiento y siguió—. Está clarísimo que un hombre como Colin dañaría a inocentes en cuanto recuperase la libertad.
Y no es una mera cuestión de semántica. Desde que salió, Colin ha asesinado a quince personas, entre ellas siete niños, y ha dejado huérfano a un niño pequeño.
Maggie apoyó la cabeza en el respaldo y volvió a sacar el móvil. Tenía los labios apretados en una línea fina.
—¿Qué escuchamos?
Cambiar de tema… ¿era bueno o malo? Probablemente era bueno que no quisiera discutir con él; quizá malo si ya lo había tachado de cabrón. Pero no iba a insistir.
—No estoy seguro. Suelo escuchar audiolibros. La mayoría de la música no me interesa demasiado. —Era verdad, pero sonó raro, y se arrepintió en cuanto lo dijo.
—No eres fan de Elvis, ¿eh? —Asintió—. Bien. Y sí que parecía aliviada, aunque él no tenía ni idea de por qué. —¿Qué te parece Malcolm Gladwell?
—Uno de mis favoritos.
Reid había escuchado todos los audiolibros de aquel hombre, pero haría como si le sorprendiera.
La narración hizo que el viaje se les pasara volando.
Al principio, las luces de freno centelleaban; después, al espesarse el tráfico y volver a clarear, se diluyeron en un rubor rojo, mate y uniforme.
Las hileras de pinos espinosos a ambos lados de la autopista fueron apagándose: del jade intenso al verde chillón de la albahaca, y de ahí a un profundo y embriagador verde alga, surcado de matices color carbón.
El sol ya se había ocultado tras el horizonte cuando se aproximaban al pueblo donde estaba el psiquiátrico.
A lo lejos se acumulaban nubes oscuras, pesadas como moratones sobre la carne del cielo.
No había gran cosa por allí, solo unos cuantos puntos de luz a la derecha de la carretera: una gasolinera, una tienda.
Un bar, porque nada rebaja mejor la tensión de un viaje por carretera que beber, conducir y pasar la noche en el calabozo del condado.
A quince kilómetros de su destino, el resplandor azafranado de una urbanización empezó a emerger despacio de la penumbra, hasta convertirse en un valle de ampollas relucientes.
Los hospitales psiquiátricos eran como las prisiones: rara vez se encontraban cerca del centro de una ciudad. Los vecinos solían protestar. Pero un pueblo tan pequeño como aquel no tenía gente suficiente para cambiar las cosas; seguramente se lo habían plantado encima.
Reid entrecerró los ojos al mirar hacia el pueblo y luego volvió a concentrarse en la carretera. ¿Por qué demonios habían dejado salir a Colin? Dijera lo que dijera Maggie, ningún hombre con aquel historial de violencia debería andar suelto por la calle.
Bzzzt.
El brillo del móvil de Maggie le iluminó el rostro; se había quitado las gafas. Su sonrisa le erizó el vello de la nuca.
—¿Otra vez tu hermano mandándote mensajes?
—Qué va, es Alex. Dice que hay una búsqueda por toda la ciudad.
Las manos de Reid se tensaron sobre el volante.
—¿Buscan a nuestro hombre? ¿Ha...?
—No, no.
Negó con la cabeza; su expresión no tenía nada de sombría. ¿Se estaba... riendo?
—Dos ladrones han salido corriendo con veintitrés kilos de Viagra. Dice que buscan a dos delincuentes muy duros.
Reid parpadeó.
—Eso es... gracioso. Creo.
Ella soltó una risita.
—Sí, Sammy le contó a Alex lo que pasó ayer con mi padre, lo del ataque. Lleva horas mandándome chorradas por si acaso me apetece sonreír.
Ah. Eso sí que era adorable.
—Sois muy dulces la una con la otra.
Maggie volvió a sonreír. ¿Alguna vez le había sonreído así a él?
Reid alargó la mano y apagó los altavoces, por los que aún sonaba la narración del libro.
—¿Puedes buscarnos un hotel?
—Estoy en ello, pero dudo que haya gran cosa por aquí.
Quizá fuera el teléfono iluminándole la barbilla o el rojo llameante de su pelo, pero de pronto tuvo la impresión de que estaban sentados alrededor de una hoguera, escuchando una historia de miedo. Supuso que era una metáfora tan buena como cualquier otra para lo que estaban haciendo allí.
—No hay hoteles de cadena por esta zona, pero hay un motel a media hora de aquí.
Tiene un restaurante anexo que prepara una tarta de cerezas de escándalo, si te fías de Yelp.
—Se apartó un rizo detrás de la oreja y añadió—: Yo voto por cenar y pedir postre extra antes de ir a la habitación. Estoy muerta de hambre.
Él también. Habían tenido prisa por salir a la carretera; seguramente deberían haber parado antes.
—¿Cómo se llama el motel?
—Knock Twice.
El teléfono proyectaba un resplandor nervioso y parpadeante sobre sus rizos, que se movían apenas con el aire de la calefacción. Reid apartó la mirada y se aclaró la garganta.
—Suena al típico sitio donde las putas dejan un calcetín en la puerta para marcar territorio.
—Totalmente. Pero mientras las sábanas estén limpias, me vale. El siguiente está a casi una hora de aquí, así que tendríamos que pasar de largo el hospital y luego volver sobre nuestros pasos.
—¿Cómo se llama ese?
—Easy Inn. Solo por el doble sentido ya sé que las sábanas no estarán limpias. Y tampoco hay tarta. Gira a la derecha en la próxima.
Él soltó una risita.
—Hecho. —Reid la miró de reojo, pero ella mantenía la vista clavada en el móvil—.
Y siento lo que he dicho sobre Colin. Espero que sepas que creo que la gente solo merece ser castigada por los delitos que ha cometido, no por los que no.
Es solo que... me cuesta distanciarme del dolor que causa cierta gente.
Ella bajó el teléfono.
—Sé por qué te sientes así. Y, dadas las circunstancias, el mundo estaría mejor si Colin James siguiera encerrado, fuera inocente o no.
Pero he visto a demasiada gente sufrir abusos por culpa del sistema, y no podemos castigar a nadie por lo que podría hacer.
Si no, tendríamos que detener a Ezra por su potencial como maestro del robo.
¿Era una broma? Aquello parecía prometedor para su estatus de no-capullo, pero su expresión impasible no le permitía saberlo.
—Entonces tú me recordarás que a veces la gente merece el beneficio de la duda, y yo te recordaré que hay personas demasiado peligrosas como para merecer ni una pizca de confianza. Entre los dos, deberíamos formar un buen equipo.
A Maggie se le curvó la comisura de los labios.
—No estaría aquí si no lo creyera ya.
Le sostuvo la mirada un instante de más, después apartó la cabeza de golpe y pulsó un botón del móvil. Los dos escucharon el tono de llamada.
—El motel está a tres minutos, pero reservaré las habitaciones para que podamos ir directos a por las tartas y...
Se volvió hacia la ventanilla cuando alguien descolgó.
—Hola, ¿tenéis disponibilidad para esta noche?
Si aquello era lo más parecido al perdón que iba a obtener, le bastaba.
Reid salió de la autovía y tomó la carretera de dos carriles que llevaba al motel.
Era un sitio diminuto, de no más de cinco habitaciones.
Una pensión con ínfulas. Aparcó a medio camino entre el motel y el restaurante mientras Maggie le dictaba por teléfono los datos de la tarjeta de crédito.
Se había olvidado de eso: tendría que pagarle.
Reid sacó las llaves del contacto justo cuando Maggie se guardaba el móvil en el bolsillo.
—Parece que nos toca compartir habitación —dijo—. Solo queda una doble. ¿Te parece bien si prometo no hacer nada raro?