Capítulo 15
M aggie no recordaba el trayecto desde la cafetería hasta la residencia; solo sabía que estaba en el aparcamiento. El aire fresco la asfixiaba. La tarde tenía ojos, y el amarilleo de aquellas nubes ictéricas era el presagio de horrores que no tardarían en acechar entre las sombras del crepúsculo.
El asesino lo había planeado todo. Había identificado sus vínculos y explotado las conexiones entre ellos.
La relación de Colin con su padre se remontaba a una década, pero había elegido al detective sabiendo que Reid llamaría a Maggie.
Colin James los había seleccionado a todos con el mismo cuidado con que escogía a sus víctimas.
Los había ido metiendo en aquello uno por uno.
Pero ¿por qué ellos? ¿Por qué su padre? ¿Por qué iba Colin a por el hombre que lo había ayudado a salir de la cárcel?
El apartamento de su padre tenía el mismo aspecto que aquella mañana, incluidas las marcadas rayas del peine en el pelo.
Pero la habitación parecía más pequeña. El ambiente era quebradizo y desesperado, como si hubieran entrado en la guarida de una rata asilvestrada y famélica, aunque seguramente aquello solo estuviera en su cabeza.
Papá apenas miró el marco nuevo que había traído: de madera, con flores grabadas que combinaban con su chillón papel pintado.
Metió en él la foto en la que salían Aiden y ella, procurando ignorar que una de las esquinas estaba rasgada, fingiendo que no le hacía arder el pecho.
Había perdido todas las fotos de Aiden en el incendio de aquella casa, y daría casi cualquier cosa por recuperarlas.
Maggie colocó el marco sobre el piano y se volvió hacia Reid, que ya estaba junto al sillón La-Z-Boy de su padre.
Ezra esperaba en el pasillo con el guardia.
Cuando salieran de allí, Reid lo dejaría en casa de Phoebe, bajo una fuerte vigilancia policial; Maggie iría a preparar una bolsa y él pasaría a recogerla.
Un plan eficaz, deliberadamente precipitado.
El día ya había sido largo, y aún tenían por delante al menos cuatro horas de coche.
Aunque ninguno lo había dicho en voz alta, sabía que no estaban dispuestos a perder ni un minuto.
No podían darle a Colin James la oportunidad de matar a otro niño.
—¿Recuerda a este hombre? —preguntó Reid, elevando la voz para hacerse oír por encima de Los enigmas más desconcertantes del mundo .
Su padre se había negado a apagar la tele, y la tensión en sus hombros indicaba que a Reid le bastaba un paso en falso para que lo echaran. ¿Había pasado algo desde aquella mañana?
Reid extendió la foto satinada hacia el sillón de su padre, con el brazo rígido pero sin actitud desafiante; se inclinó a un lado para no taparle la pantalla. Buena decisión. Su padre echaría a Reid sin pensárselo si el detective se interponía entre él y su programa favorito.
Estudió el rostro de su padre, pero él no mostró ni un gesto de reconocimiento; ni siquiera miraba la foto.
La foto de Colin James no era la típica ficha policial, sino una foto escolar del chico sonriendo ante un fondo azul pálido.
Cuando se la hicieron, a Colin le faltaba un año para asesinar a su familia y, según las transcripciones del juicio, ya consumía drogas y tenía otras conductas autolesivas.
Pero nadie lo habría adivinado al ver aquella sonrisa.
Las fotos mentían a menudo.
Por fin, su padre echó una mirada de reojo a la imagen, resopló y levantó el mando. El indicador de volumen subió y la voz del presentador le atronó en los oídos.
—¿Y quizá este? —Reid sacó otra foto de la carpeta que llevaba bajo el brazo, esta vez la infame ficha policial: la boca apretada, los ojos muertos, veinte años más viejos de lo que deberían—.
Probablemente era mucho más parecida al aspecto que tenía Colin cuando estuvo en este apartamento…
¿De verdad había sido ayer? Parecía que hubieran pasado semanas.
Su padre miró la foto, parpadeó y volvió la vista a la televisión. Papá, inténtalo. Solo inténtalo. Estaba protegiendo al asesino tanto como a Ezra, aunque no fuera consciente de ello.
—Pero tuvieron que pasar tres días antes de que los vecinos se dieran cuenta de que algo no iba bien… —bramó el presentador.
La electricidad le palpitaba en las sienes, como si sus sinapsis gritaran tanto como la televisión.
—Solo eche un vistazo —dijo Reid, prácticamente a gritos para que se le oyera por encima del programa—. Vino a verlo la otra noche, ¿verdad? Ese tío es una mala pieza. Le gusta tirar mesas.
Y ni uno solo de los demás residentes había visto nada. Era de esperar.
Su padre alzó un hombro.
—Qué va.
Ella y Reid intercambiaron una mirada. Maggie negó con la cabeza. Esto no sirve de nada.
Se acercó y le puso una mano en el hombro.
—Tengo que irme dentro de unos minutos —dijo tan alto que le dolió la garganta, áspera—. Pero en cuanto llegue a casa veré un episodio contigo. ¿Te parece bien?
Su padre ladeó la cabeza hacia ella, pero no alzó la vista para mirarla. Estaba mirando más allá de ella. Reid también había desviado la mirada hacia…
Se volvió. Maggie ni siquiera había oído abrirse la puerta por encima del estruendo de la televisión, pero Ezra ya asomaba la cara por detrás de la jamba. El guardia, a su espalda, levantó una mano a modo de disculpa.
—Se estaba impacientando —dijo el guardia, con una voz demasiado aguda para su corpulencia, aunque quizá también estuviera forzándola para hacerse oír, igual que ellos.
—¿Tienes hambre? —le preguntó Reid al niño.
Ezra asintió, con una expresión tan compungida como la del guardia. Pobrecito , pensó. Pobrecito.
Reid bajó la foto y recolocó la carpeta bajo el brazo. Pero su padre ya se estaba poniendo en pie, con los ojos clavados en la imagen, mirándola como si acabara de despertar. ¡Sí! ¡Victoria! Si lograba confirmar que Colin James había estado allí…
Su padre le arrancó la foto de los dedos a Reid y señaló a Ezra con un brusco gesto de la cabeza.
—Tú lo conoces, ¿verdad? —exigió.
Maggie se quedó paralizada un instante. A Ezra se le abrieron los ojos de par en par mientras su padre pasaba junto a ella. Hacia el niño.
—Tu amigo —le dijo su padre a Ezra—. Tu amigo vino aquí, estuvo aquí, y tú… tú…
La última palabra se le quebró; la saliva salió despedida de sus labios y un único pegote espumoso le resbaló por la barbilla.
Por fin, el cuerpo de Maggie reaccionó. Prácticamente saltó entre su padre y el niño, con las manos levantadas en una postura defensiva. ¡Eh, eh, eh!
—Papá, espera, solo…
—¡Lo sabe! —gritó su padre, señalando a Ezra con un dedo tembloroso—. Él es quien viene después. Tú eres el siguiente, ¿verdad?
El siguiente… el tío del lunar dice que yo soy el siguiente .
Ezra había dicho eso durante la primera sesión que tuvieron juntos.
¿Le habría dicho el asesino algo parecido a su padre?
Pero, por la forma en que hablaba papá… ¿habría mencionado el asesino a Ezra al hablar directamente con su padre?
¿Le habría enseñado una foto del niño? No tenía sentido; era una locura.
Pero entonces ¿de qué demonios estaba hablando?
Ezra retrocedió hasta la puerta, hasta que el hombro chocó contra la madera. Reid ya había rodeado la figura ligeramente encorvada de su padre y le había cortado el paso, con las manos a los lados, protegiendo al niño.
Maggie se acercó a Reid y levantó con él una barrera de dos personas entre su padre y Ezra. Aquella mirada, aquella malicia reluciente, aquel odio furibundo hacia ese huérfano diminuto… Ese no era su padre. Estaba convencida de que, si se apartaba, él mismo mataría al niño.
—¿Qué te dijo Colin?
Su padre ni la miró. Fulminaba a Ezra con la mirada.
—¡Fuera! —gritó—. ¡Fuera de aquí! ¡No quiero tener nada que ver con ese hombre!
¿Ese hombre? ¿Estaba alucinando? En aquella habitación no había nadie a quien pudiera confundir con Colin James; solo estaba la foto.
Quizá simplemente proyectaba lo que había visto en ella sobre quien tuviera cerca.
Ya le había pasado una vez: vio la foto de un perro famoso y empezó a llamar «Trixie» a su propio perro.
Pero aquello no había sido una alucinación, y esto…
Su padre dio otro paso al frente, tratando de colarse entre ella y Reid.
Pero Reid ya retrocedía, sacando al niño al pasillo y poniéndolo en brazos del vigilante, que parecía tan atónito como ella.
Aquel hombre estaba entrenado para reducciones y tiroteos, pero no tenía la menor idea de qué hacer con un paciente con demencia que se había puesto agresivo.
Maggie salió al pasillo y cerró la puerta de un portazo detrás de ellos. Su padre seguía gritando:
—¡Sacadlo de aquí! ¡Fuera!
Al parecer, el personal de enfermería había oído el alboroto; una mujer de trenzas tirantes y un anillo de casada del tamaño de una bola de chicle venía a toda prisa por el pasillo.
El equipo de seguridad —el encargado de los pacientes agresivos, no el vigilante de Tristan— venía corriendo pisándole los talones a la enfermera.
Le ardían los ojos. Papá… ay, papá.
Se apartó para que entrara el personal y escuchó un instante la voz demasiado amable de la enfermera.
—Grant, me han dicho que estás dando guerra…
Pero su padre parecía haberse calmado en cuanto ellos desaparecieron de su vista.
—No doy ninguna guerra —respondió él, con voz serena y más baja que hacía unos instantes, pese al televisor atronador.
¿De verdad lo había alterado tanto la foto de Colin?
Al principio había reaccionado con tanta indiferencia…
Pero era posible que la foto policial hubiera removido algo en su cabeza; desde luego, al final había reconocido la imagen.
Y lo había dejado completamente trastornado.
Quizá aquello fuera lo más cerca que llegarían de confirmar la identidad de Colin.
No se sostendría ante un tribunal, pero…
Él es el siguiente. Tú eres el siguiente, ¿verdad?
Tenía el pecho hecho un ovillo de pinchazos y hormigueo. No era solo la foto. Estaba claro que había hablado con el asesino. Y aquel hombre le había dicho que Ezra sería el siguiente, igual que se lo había dicho al propio Ezra.
Miró de reojo a Reid. Tenía la boca apretada y las aletas de la nariz dilatadas. Ezra no apartaba los ojos de la puerta, con los hombritos tensos y rígidos, como si esperara que el loco saliera de un salto para ir a por él.
—Déjame tomarte las constantes y luego puedo traerte un sándwich, si quieres —dijo la enfermera desde la habitación de su padre—. ¿Estás listo para cenar?
La respuesta de su padre llegó rápida y tranquila.
—Me parece encantador, cariño.
Nunca había sido de llamar «cariño» a las enfermeras, pero tampoco había sido de gritarles a los niños.
¿Qué demonios estaba pasando? Sin duda conocía a Colin por Free Wes; eso constaba en los archivos.
Y había reaccionado a aquella foto, había hablado con el asesino…
Era evidente que tenía algo que contarles.
Quizá muchas cosas. Pero no podían sacárselo de la cabeza, al menos no de manera coherente.
Tenía la garganta en llamas, cerrada por la emoción. A no ser que fuera por los gritos.
—Lo siento —logró decir, ahogada—. No sé qué ha pasado. Quiero decir, está claro que la foto de Colin le ha alterado, y…
El niño. La presencia de Ezra también había desencadenado algo, por lo que fuera que Colin le hubiese contado a su padre.
Reid negó con la cabeza.
—Eh, estamos a salvo. —Le dio una palmada en el hombro a Ezra—. Todo irá bien.
Pero Ezra frunció el ceño y escondió la cara contra la cadera de Reid. No deberíamos haber venido.
Reid apoyó su manaza sobre la cabeza de Ezra y le acarició el pelo.
—¿Quieres que paremos a por unas patatas fritas de camino a casa de Phoebe? Tiene muchas ganas de pasar el rato contigo esta noche. Tiene un perro monísimo y un montón de películas de superhéroes preparadas.
Ezra estaría en buenas manos con otra agente, sobre todo con unidades patrullando el perímetro.
Pero, por lo que Reid había dicho en la cafetería, tenía otro motivo para dejar al niño con ella.
Creía que Ezra había asociado el trauma con el propio Reid y esperaba que quizá se abriera con Phoebe…
o con el marido de Phoebe. Por lo visto, aquel hombre se parecía un poco a Ted Darren. No era mal plan.
Ezra seguía con la cara hundida contra el costado de Reid. Maggie tragó saliva con dificultad, tratando de que se le calmara el corazón.
¿Y si no quiere ir a casa de Phoebe? Si Ezra no quería quedarse con ella, ¿le pediría Reid que fuera sola al hospital psiquiátrico?
Seguro que mandaría a otro policía a acompañarla.
Pero aquella sensación en el pecho, el calor, la opresión…
¿era pánico residual por lo que acababa de ocurrir? ¿O era… decepción? Vaya .
Deja de comerte la cabeza, Maggie; ni siquiera le has dado tiempo al niño a contestar.
—¿Qué dices, chaval? —preguntó Reid.
Por fin, Ezra despegó la cara del pantalón de Reid. Alzó la vista hacia él, con los ojos más vivos y más tranquilos, y asintió.
La tensión se le deshizo en los hombros; el corazón ya se le había calmado. Pero tendría que ser capaz de hablar con la psiquiatra sin él. No debería importarle qué agente la acompañara. No si solo era trabajo.
¿Y si no era solo trabajo?
Se le erizó el vello de la nuca: Reid la estaba observando.
Desvió la mirada y apartó aquel pensamiento.
No podía permitirse que su cerebro —la Oligarca de Darle Demasiadas Vueltas— se desbocara siguiendo cualquier ocurrencia peregrina.
Se enfrentaban a un asesino calculador, uno que se le escurriría entre los dedos si perdía la concentración.
Había demasiado en juego como para permitirlo. No quería cargar con la sangre de otro niño.
Y Reid tampoco.