Los muertos no hablan (Juegos de la mente 2) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—Sí, lo hice. Incluso pensé que quizá Colin había conocido al asesino original en prisión y que este, de algún modo, le había dado la idea. Pero...

Fue a coger la taza, hizo una mueca y dejó el café donde estaba.

—Las bases de datos son un desastre; los pueblos pequeños son así.

No tenemos dinero para tecnología ni personal que introduzca los datos.

Joder, cuando recibí la llamada la semana pasada, los detectives de Point Harris acababan de relacionar los casos recientes.

La familia de Colin murió en Indiana, a unas tres horas al norte de aquí.

Pero las dos primeras familias de esta cadena fueron asesinadas al otro lado de la frontera estatal, en Ohio.

Luego volvió aquí para los dos últimos crímenes.

Jurisdicciones distintas, todas de pueblos pequeños, lo que significa detectives distintos.

Cada caso se consideró un hecho aislado.

Aspiró por la nariz, volvió a coger el café y dio un buen trago.

—La falta de coordinación es ridícula, ya lo sé.

Tan organizado como un hurón colocado de metanfetamina. Pero no era eso lo que le preocupaba.

—¿Alguien te llamó para hablarte de este asesino antes del primer crimen en tu jurisdicción?

Volvió a dejar la taza sobre la mesa.

—Ya te lo he dicho.

—Sí, pero fue antes de que atacaran a mi padre, antes de que esto se relacionara con Free Wes.

A Maggie no le acababa de encajar que el asesino hubiera elegido como objetivo a una familia de aquí solo después de que Reid se enterase de su existencia, ni que el sospechoso hubiera regresado a su estado natal, tan cerca del escenario del primer crimen.

En cualquier otro lugar lo habrían considerado un incidente aislado.

Cada caso vinculado aumentaba la información de que disponía la policía y, con ella, las probabilidades de atrapar al sospechoso.

¿Sabía el asesino que alguien se había puesto en contacto con Reid y había escogido Fernborn a propósito? ¿Estaba… acercándose al desenlace?

—Ah, ya entiendo por qué lo preguntas: es el peor sitio que podría haber elegido para volver a matar.

Reid se rascó la barbilla, muy Sherlock Holmes.

—Le preguntaré al detective de Point Harris por qué me llamó. Si fue el asesino quien dio el soplo porque quería volver a cometer sus crímenes en casa, deberíamos poder atar cabos.

Sacó el móvil de la chaqueta y lo dejó junto al café.

—No saben que nuestro hombre ha vuelto a atacar, así que quizá tenga que dar unas cuantas explicaciones.

¿No le había contado nada al detective que lo había incorporado al caso? Interesante. Quizá no quería poner en riesgo el precario estado mental de Ezra sometiéndolo a más interrogatorios.

—No dudes en compartir tus impresiones si Tengreddy dice algo relevante —continuó.

Esperó a que ella asintiera, miró por encima del hombro hacia Ezra y se aclaró la garganta.

—También tenemos que revisar los archivos de tu padre. Intenté ponerme en contacto con Free Wes, pero son más herméticos que la hostia.

Maggie acercó la magdalena y desprendió una nuez de la superficie. Había perdido el apetito, pero le resultaba incómodo tener las manos tan… ociosas. Además, así tenía algo que mirar aparte del semblante sombrío de Reid.

—Anoche revisé las cosas de papá. Colin James no figura en esos archivos. Los abogados de Free Wes tendrán la documentación de Colin, pero no es probable que te den nada sin una orden judicial. Puede que ni siquiera con una.

Si Colin era culpable, aquello socavaba toda la organización.

Ya estaban sometidos a un escrutinio brutal.

La mayoría de la gente creía que, una vez entrabas en prisión, debías quedarte allí; que, aunque hubieras sido inocente al entrar, la cárcel te quebraba y te volvía incapaz de vivir en sociedad.

Y en el caso de Colin… parecía que tenían razón.

—Ya has trabajado con Free Wes —dijo Reid—. No en el caso de Colin James, pero quizá tengas más peso que yo.

Maggie se encogió de un hombro; el brazo le pesaba más de lo habitual.

—Lo intentaré, pero no creo que sirva de mucho. En cuanto sepan por qué llamo, me encontraré con las mismas trabas.

Volvió a apartar la magdalena de un empujón, y una nuez díscola saltó a la mesa. Todo un golpe de efecto.

Reid entrecerró los ojos.

—Me gustaría enseñarle a tu padre una foto de Colin. Sé que quizá no se acuerde, pero…

Ella asintió. Tenían que intentarlo. Solo debían estar preparados para fracasar.

—Y también esto.

Se movió en el asiento y sacó algo del bolsillo. Más grande que un móvil y más brillante; lleno de colores. Centelleaba bajo las luces del techo. ¿Su pisapapeles? Maggie arqueó una ceja.

—Lo encontré entre las cosas de Ezra. Debió de robarlo de tu consulta, pero se enfadó bastante cuando se lo quité.

Volvió a mirar al niño por encima del hombro; era la décima vez en media hora.

—Me preocupa, Maggie.

Ella también echó un vistazo furtivo a Ezra.

Seguía garabateando. Tranquilo, de momento.

Pero Reid tenía el rostro tan tenso por la preocupación que se alegró de que el niño no fuera consciente de que lo observaban.

¿De verdad era tan importante aquel pisapapeles?

Robar estaba mal, claro, pero tenía un poco de pinta de juguete.

Puede que se lo hubiera dado si se lo hubiera pedido.

—Deberías preocuparte, pero no por esto —replicó, tendiendo la mano por encima de la mesa hacia el pisapapeles.

Reid se lo puso en la mano —pesado y tibio por el calor de su cuerpo—, y ella lo colocó junto a la nuez fugada. Dejó la mano encima, cubriendo el cristal.

—Ha pasado por una experiencia terrible. Me preocuparían más la ansiedad, la depresión…

—Ese es el problema: no parece triste. Parece aburrido, quizá distraído, pero no ha llorado.

Clavó la mirada en la serpiente robada.

—He tratado con muchos niños traumatizados, pero esto… me resulta extraño. Casi como si estuviera fingiendo.

Cuando ella abrió la boca para protestar, levantó una mano en un gesto de alto .

—Sé cómo suena, lo sé, pero te juro por Dios que algo no va bien con él.

—¿Porque ha robado un pisapapeles?

Pero ella también había percibido algo raro en el niño, ¿verdad? Una frialdad que había achacado al trauma.

Reid tragó saliva y, cuando volvió a hablar, tenía la voz más baja, tensa.

—Ni siquiera quería quedarse hoy en casa en vez de ir al colegio; he tenido que destinar patrullas allí. Pensé que quizá se sentiría más cómodo con sus profesores, pero, cuando hablé con ellos, no parecía que fuera así.

Negó con la cabeza mientras miraba el café.

—Es que… se encontró conmigo en la escena del crimen, ¿sabes? ¿Y si el problema soy yo?

Soltó el pisapapeles y puso la mano sobre la de él, más cálida que el cristal.

—No eres tú. Puede que, después de que le arrebataran todo lo demás, necesitara aferrarse a una pizca de normalidad. Y lo del pisapapeles... quizá se lo metió en el bolsillo sin darse cuenta.

Pero ni ella se lo creía.