Los muertos no hablan (Juegos de la mente 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

F ree Wes . Esto era malo. Muy malo. Maggie apoyó los codos en la mesa; las luces del techo de la cafetería parecían de pronto lo bastante intensas como para quemarle las retinas.

Wes Armstrong era un hombre condenado y ejecutado por asesinar a su hermana.

Al año de ajusticiarlo, otra persona confesó el crimen.

Las pruebas de ADN acabaron demostrando que Wes era inocente, pero para entonces su familia ya lo había perdido todo.

Free Wes había surgido a raíz de aquel error judicial con el objetivo de liberar a los condenados injustamente.

Los casos que asumían se examinaban con sumo cuidado y se investigaban a conciencia.

¿Se habrían equivocado? Tenían que haberse equivocado, o la sangre de Colin no estaría en el baño de su padre.

Además, la cronología encajaba demasiado bien como para pasarla por alto: lo liberaron justo antes de los primeros asesinatos.

Maggie levantó el chai de la mesa y se lo llevó a los labios.

Ya estaba frío, insípido, aguado. Si al hombre que había atacado a su padre lo habían puesto en libertad dos años atrás, el suyo debió de ser uno de los últimos casos en los que su padre colaboró.

Justo antes de sufrir el primer ictus. Y perfectamente podía haberle dado a Colin James su número escrito en un trozo de papel.

Que papá se olvidase las tarjetas de visita era una muestra de despiste que ella había advertido mucho antes de que el ictus lo incapacitara para ejercer.

—¿Atacaron a alguna de las otras personas implicadas en el caso de este hombre? ¿Este… Colin James?

Reid negó con la cabeza.

—Que yo haya podido averiguar, no.

El asesino había ido a por su padre. Solo a por su padre.

Quizá tuviera sentido. Los abogados trabajaban entre bastidores, hablando con jueces y moviendo papeles, pero cuando se trataba de ganarse a la opinión pública, Grant era quien estaba bajo los focos.

Tenía una réplica para todo y era infinitamente más gracioso que cualquier abogado.

Por eso la organización lo había escogido como rostro visible.

Pero la pregunta seguía en pie: ¿por qué iba ese asesino a atacar a su padre, un hombre que lo había ayudado a salir de prisión?

Pero no mató a tu padre, Maggie , le susurró una vocecilla.

Podría haberlo matado, y no lo hizo. Dejó el chai sobre la mesa.

En un rincón, al otro lado del hombro de Reid, Ezra la miró un instante y pasó otra página para colorear.

—Es zurdo, ¿verdad? —dijo, con la voz tirante.

Estaba desviando el tema, intentando distraerse de sus pensamientos desbocados, pero no podía evitarlo. Necesitaba un minuto para ordenar sus ideas.

—Mi hermano era zurdo. Mi padre también.

Reid miró por encima del hombro.

—Dicen que los zurdos son creativos.

Ella esbozó una media sonrisa. Puede que fuera cierto o puede que no, pero le gustaba que él quisiera pensar cosas bonitas del niño.

—Háblame de la sangre, del hombre al que pertenecía —dijo—. Cuéntame todo lo que sabes de Colin James.

Reid observó a Ezra un momento, luego se volvió hacia ella.

—Detuvieron a Colin hace ocho años y medio, después de que asesinaran a su familia.

Afirmó que, al volver a casa, encontró muertos a su madre y a su padre en el dormitorio.

También a su hermana. A todos les habían cortado la garganta y tenían el cuerpo cubierto de heridas profundas causadas por un hacha; a algunos les habían abierto el abdomen de parte a parte, hasta alcanzar el somier.

Al propio Colin James lo encontraron sentado en el suelo, junto a la cama del dormitorio principal, en un charco de sangre de su madre, murmurando para sí.

Maggie hizo una mueca. Podía ver a Ezra allí, en casa de Colin, encogido junto a la cama de su madre, cubierto de sangre, completamente callado. Al fondo de la cafetería, Ezra seguía garabateando. Ajeno a todo.

—¿Qué murmuraba Colin? —preguntó.

Reid vaciló, como si no se hubiera planteado la pregunta.

—No… constaba en el expediente.

—¿Es posible que Colin fuera inocente de aquel crimen?

Podía haber imitado más tarde la forma en que asesinaron a su familia, pero era importante saber si su padre había ayudado a liberar a un culpable.

—Sí. No creo que matara a su familia. Lo liberaron porque había una grabación en la que se le veía entrando por la ventana después de haber estado con un amigo…

drogándose junto al río. El vecino era un mirón, de ahí que ocultara el vídeo durante el juicio original.

Según el informe del forense, la familia de Colin ya llevaba muerta cuando el vecino lo grabó volviendo a casa.

Y, ocurriera lo que ocurriera con los James, parece que Colin retomó el trabajo donde lo dejó aquel asesino. Incluso tiene un lunar en la nuca.

Pero… ¿drogándose junto al río? Intentó imaginar a Ezra drogándose en mitad de la noche —o a cualquiera de los niños de ocho años que aquel sospechoso había asesinado— y no pudo.

—¿Cuántos años tenía Colin entonces?

—Diecinueve.

Frunció el ceño.

—¿Y la hermana?

—Era menor que él, de la misma edad que las niñas asesinadas.

Maggie se enderezó.

—Entonces estos asesinatos no son iguales a los del caso original. No solo el orden de nacimiento está invertido —hermana menor, hermano mayor—, sino que el asesino se identifica con los niños, que son mucho más pequeños de lo que era Colin James entonces.

—Sí, ya sé que no encaja a la perfección. Pero, dé igual por qué Colin se siente ligado a los ocho años, aceptemos de momento que es un hombre empujado a matar después de haber estado encerrado por un crimen que no cometió. ¿Para qué iba a reprimir esos impulsos si iban a detenerlo de todas formas?

Asintió, pero se les estaba escapando algo; lo notaba retorcerse en las tripas, como una anguila furiosa.

¿Y si Colin había sido inocente a los diecinueve, pero otros presos —bastante más culpables— le habían dado un curso acelerado de «Matar por diversión»?

Eso parecía. La sangre de Colin había estado en casa de su padre.

Como dirían los hijos de Sammy: en plan, obvio .

—¿Qué móvil planteó la fiscalía?

—Que Colin padecía una enfermedad mental.

Hasta la defensa se sumó a esa teoría, con la intención de conseguir un internamiento psiquiátrico.

Alegaron que había intentado suicidarse dos veces antes de que lo detuvieran, aunque no tenían documentos que lo demostraran.

La defensa sostuvo que, dado su ya frágil estado psiquiátrico, las drogas que había tomado, unidas a una serie de lesiones en la cabeza por jugar al fútbol americano, le provocaron un brote psicótico.

¿Un arrebato homicida psicótico inducido por las drogas que aun así le había permitido actuar con el sigilo suficiente para no despertar a sus familiares mientras los asesinaba uno por uno?

Hasta su muffin de plátano a medio comer parecía escéptico.

Las conmociones cerebrales podían provocar conductas violentas e irracionales, pero aquello solía ocurrir a edades más avanzadas.

—¿Qué drogas consumía?

—Fumaba marihuana.

¿Marihuana? Quizá si intentabas asesinar unos Doritos. Negó con la cabeza.

—Ni hablar, eso no provoca...

—Ya sé que no. La defensa lo justificó diciendo que la droga estaba adulterada.

Pero sufrió otro brote psicótico en prisión, mientras estaba siendo juzgado: no paraba de hablar de su hermana, se negaba a creer que estuviera muerta, y tampoco parecía creer que su familia hubiera muerto.

No hizo más que reforzar la idea de que era culpable.

Las drogas y la enfermedad mental eran una explicación que el jurado podía aceptar.

Para la mayoría, la locura era más fácil de digerir.

Pero no resultaba lógico, no en este caso.

Para asesinar a la familia de Colin con tanto sigilo, con tanta precisión, el asesino tenía que haber conservado el pleno control de sus facultades.

Y un crimen tan salvaje no parecía aleatorio. Eso era lo que le retorcía el estómago.

—¿No había otros móviles? ¿Móviles de verdad? ¿Ninguna prueba de que los padres hubieran hecho algo malo?

—Por desgracia para Colin, la defensa no encontró a nadie que estuviera dispuesto a declarar contra las víctimas.

No solo quedarías como un capullo insinuando que se lo habían buscado, sino que no había pruebas de mala conducta.

Eran ciudadanos ejemplares. Acogían a niños con regularidad, además de ocuparse de Colin y de su hermana.

Donaban dinero a organizaciones benéficas...

—Vale, buenistas profesionales de puertas afuera, pero ¿eran unos cabrones entre las sábanas?

Reid arqueó una ceja. Te has pasado, Maggie.

Ella siguió hablando.

—Solo quería decir que quizá al asesino no le gustaba lo que representaban. ¿Y acabas de decir que cuando murió la familia había niños de acogida en casa?

Un niño más pequeño quizá ayudaría a que el patrón actual de Colin tuviera sentido. Y si el asesino original había dejado vivo al menor...

Reid ya negaba con la cabeza.

—No habían tenido a ningún niño de acogida desde hacía al menos un año antes de los asesinatos, aunque tenían preparada una cuna, así que quizá esperaban otro niño.

Se recostó en la silla y soltó un largo suspiro de frustración.

—Pero me inquieta que el asesinato de la familia James fuera un incidente aislado.

Toda aquella carnicería, como si el asesino hubiera disfrutado de cada segundo de los ataques, ¿y el sospechoso se limita a parar?

Seis, casi siete años sin asesinatos mientras Colin estuvo encerrado.

Luego Colin salió hace dos años y, seis semanas después, empezaron a morir familias.

—¿Investigaste a los detenidos en la zona durante los meses posteriores al asesinato de la familia de Colin? Puede que el asesino original esté encerrado por otro delito.

Maggie se dio cuenta de que Reid olía a canela. Como el muffin. Desde luego, no como su hermano, con aquel olor a antiséptico.