Capítulo 13
L a jornada se le pasó volando entre pacientes, sesiones y alguna que otra barrita de cereales.
A las cuatro estaba mareada por no haber comido nada decente y por una dosis de cafeína claramente insuficiente.
No le apetecía un sándwich de jamón y mayonesa; casi deseaba que le apeteciera.
Entonces estaría en otro restaurante, quizá con otra persona.
La cafetería donde solía quedar con Reid normalmente olía a canela y espresso, pero ahora solo olía un fuerte tufo a antiséptico.
El olor penetrante le escocía la nariz. Tristan siempre llevaba toallitas con alcohol en el bolsillo trasero, y la distancia que separaba a dos personas a ambos lados de una mesa de bistró era escasa, quisieras o no.
¿De verdad has propuesto este sitio porque te morías de hambre? ¿O intentas acercarte a él porque no puedes acercarte a Kevin?
Apartó una nuez de su muffin de plátano a medio comer y la masticó despacio.
Los ojos verdes de Tristan centelleaban.
Llevaba el pelo demasiado largo para resultar del todo profesional, aunque últimamente iba bien afeitado.
Traje caro, camisa de seda con el botón de arriba desabrochado, sin corbata; nunca llevaba corbata.
Travieso. Esa era la palabra para definirlo.
Quizá habría dicho que era taimado, si no hubiese sido tan directo respecto a lo que quería.
—Si hubiera sabido que bastaban unos cuantos guardaespaldas para convencerte de que tomaras café conmigo, te habría comprado hace tiempo unos cachas con pistola.
—Te agradezco el gesto.
Tristan dio un sorbo a su chai, con una sonrisa jugueteándole en los labios.
Kevin. Esa es la sonrisa de Kevin. Apartó el pensamiento.
En realidad, no se parecía a Kevin. Demasiado elegante.
Seguro que no tenía ni un tatuaje. Además, Kevin odiaba el chai, pero Tristan había pedido lo mismo que ella, y aquello le parecía extrañamente invasivo.
¿Como no podía meterse en sus bragas, iba a meterse en sus papilas gustativas?
Era una idea estúpida, pero no conseguía quitársela de la cabeza.
Maggie miró su propio chai, intacto, y frunció el ceño. Ya puestos, podía analizar qué significaba que le añadiera nuez moscada, o si sus gemelos significaban que pretendía… ¿enlazarse con ella? Dios mío, estoy loca. Pero loca de verdad.
Se aclaró la garganta.
—Agradecimientos aparte, creo que tenemos que… definir mejor nuestros papeles. No quiero desdibujar los límites. Y, sobre todo, no quiero darte falsas esperanzas cuando entre nosotros no puede pasar nada.
Él se encogió de hombros.
—Eso ya lo has dicho. Yo solo estoy aquí para ayudar. Y desde luego intento respetar esos límites de los que hablas constantemente.
—¿Haciéndome regalos? ¿Ocupándote de mi padre por mí? ¿Pagando de tu bolsillo guardaespaldas para él? —Apartó el muffin—. ¿Cuánto te debo por eso?
—Invita la casa. —Sonrió—. ¿Para qué están los amigos?
—Ese es el problema: no puedes ser paciente y amigo.
—Vale. Pues elijo amigo.
—Eras paciente hace unos meses. Si hubiesen pasado cinco años, quizá, pero seis meses era demasiado poco a ojos de cualquier colegio profesional.
No era ético. No estaba bien. Puede que solo sintiera algo por ella porque lo había ayudado a superar un trauma…
y viceversa. El afecto que él quería de ella no debía cimentarse en una transferencia paciente-psicóloga ni en una situación de tanta carga emocional.
—Esperaré unos meses más y entonces te invitaré a salir. ¿Te parece bien?
—No estás esperando nada. Ahora mismo intentas ser un colega. Intentas meterte en un caso en el que trabaja tu hermano… y en el que trabajo yo. —Frunció el ceño—. Por cierto, ¿cómo te enteraste del caso? Si Reid no se lo había contado…
—Eres amiga de Sam, y él es colega tuyo… a veces.
Vaya forma de esquivar la pregunta.
—Tú no eres Sammy —dijo—. Y yo no tengo sueños guarrillos con mi hermano…
puaj . ¿Esto qué es, Alabama? Por norma general, no es buena idea trabajar con gente cercana.
Que yo lo haga a veces, con personas a las que conozco de toda la vida, no significa que esté dispuesta a saltarme los límites con cualquiera.
—Vale, que se joda la poli y ese crío huérfano.
Dejó la taza sobre la mesa, cuya superficie color miel relucía. El lado de Maggie estaba limpio… pero no brillante. Seguro que había restregado el suyo antes de que ella llegara.
—No necesito ayudar a nadie, ni necesito terapia. Seré solo tu amigo.
—¿Un amigo que a veces contrata seguridad para mi padre?
Él sonrió.
—Ser amigo mío tiene muchas ventaj…
—¿Hoy te mezclas con la plebe, Maggie?
Alzó la vista. Había estado tan distraída con Tristan que ni siquiera había visto entrar a Reid en la cafetería.
Ezra lo seguía pegado a los talones, cargando con un libro para colorear y una caja de ceras demasiado reluciente para no ser nuevas.
En la otra mano llevaba un vaso de café.
¿Chocolate caliente? Reid señaló una mesa en un rincón del local, bien lejos de oídos indiscretos.
Maggie saludó al niño con la mano. Él sonrió con timidez y levantó dos dedos; los demás seguían aferrados a la caja de ceras. Después se encaramó a la silla que Reid le había señalado. La luz del sol que entraba por el ventanal hacía que su pelo claro reluciera como si estuviera lleno de purpurina.
Reid cogió una silla de la mesa de al lado y la arrastró hasta el hueco entre Tristan y ella.
Los dos llevaban traje, aunque el de Reid era más clásico, rematado con una corbata rojo oscuro y un pañuelo de bolsillo a juego.
Lo mismo de barrio alto que del centro. No tenía muy claro dónde encajaba ella, con su jersey de Velma, sus pantalones grises y su chaqueta negra de tweed; seguramente, fuera de ambos mundos. Friki-chic, pero sin chic.
—No diría que me esté rebajando precisamente —dijo Tristan—. Soy dueño de una de las mayores empresas tecnológicas de la región.
—Y aun así no te llega para un corte de pelo decente.
Maggie se volvió hacia otro lado, sintiéndose como si estuviera metiéndose en una disputa familiar.
La calle frente al local bullía de actividad: parejas que caminaban de la mano, adolescentes que se reían de camino a casa después del colegio.
Pasó un niño en bicicleta, con las mangas de una sudadera enorme remangadas hasta los codos.
Saludó a Ezra. Ezra se sobresaltó, parpadeó y volvió a colorear.
Se le retorció el corazón. ¿Volvería Ezra a relacionarse con normalidad? ¿Podría montar en bici despreocupadamente, saludando a desconocidos, o cada persona nueva le parecería una amenaza?
—Al menos yo puedo permitirme Crayolas en vez de esas ceras de imitación —espetó Tristan—. La calidad de la cera marca toda la diferencia.
¿Cera? ¿De eso están discutiendo? Bueno, una vez ella también había discutido con Alex por culpa de la cera, pero fue porque resultó que el Laboratorio de Cera Brasileña no tenía ni laboratorio ni velas.
A Maggie le gustaban muchas cosas raras, pero se plantaba ante la idea de escaldarse las partes íntimas.
—Necesito hablar contigo, Maggie —dijo Reid.
Ella apartó la mirada de la ventana para mirarlo.
Tristan se echó hacia atrás y se cruzó de brazos. El silencio se prolongó.
—Di lo que tengas que decir, Richie, para que podamos terminar el té.
Richie. Un mote de la infancia, le había contado Tristan: diminutivo de Richard, igual que en inglés «Dick» era diminutivo de Richard. Según él, Reid siempre había sido un capullo, y esa era la única manera que había tenido, de niño, de llamarlo gilipollas sin meterse en un lío.
—Me gustaría hablar a solas con la doctora —dijo Reid, alias Richie.
—Quizá sea mejor que me impliques, dado que soy yo quien está protegiendo al padre de Maggie.
Ella frunció el ceño. Tristan era tan... invasivo. Insistente y cargante, de esa clase de persona que no acepta un no por respuesta y utiliza su dinero como instrumento de manipulación. Y cuanto más trataba ella de alejarse, más presionaba él. Puaj .
¿Qué le preocupaba, de todos modos? No saldría con él aunque no hubiese sido paciente suyo.
No, aquellas conversaciones eran para asegurarse de que supiera cuál era su sitio, para dejar claros esos límites, para que entendiera que ella no estaba interesada.
En cuanto a los sueños... unas cuantas fantasías no hacían daño a nadie.
¿No? Si lo hicieran, Pete Davidson tendría un problema.
Tristan seguía observándola. Reid había bajado la vista hacia la mesa, esperando su respuesta.
—Cuando atrapemos al asesino, no tendrás que preocuparte por mi padre —dijo Maggie.
Y Reid había ido por algún motivo, para contarle algo. ¿Tenía un sospechoso?
Tristan entrecerró los ojos durante un instante apenas más largo que un suspiro y luego sonrió.
—De todos modos, ya casi me había terminado el chai —dijo mientras se ponía en pie—. Te llamo luego, Maggie.
—Preferiría que no.
¿Lo dices de verdad?
Reid observó salir a su hermano. Ezra miró a Tristan, después a Reid, y volvió a sus láminas para colorear.
—¿Así que fue Tristan quien puso a esos guardias a vigilar a tu padre?
Su voz sonaba tensa, pero lo disimuló dando un sorbo al café. ¿Estaba... celoso? No, no tenía sentido. Le estaba dando demasiadas vueltas. Otra vez. Su medio hermano sencillamente le irritaba con facilidad.
—¿Habéis sacado algo de las fotos policiales que estabais revisando? —Maggie bajó la voz, aunque Ezra estaba demasiado lejos para oírla—. ¿Algún sospechoso con lunares u otros delitos contra ancianos?
Reid negó con la cabeza.
—No. Pero ya sabemos por qué ese tipo va detrás de tu padre.
El murmullo de la sala se desvaneció hasta quedar en segundo plano. ¿Detrás de mi padre? Si el motivo no era la implicación de Maggie...
—El ADN de la mancha junto al váter de tu padre ha dado una coincidencia total.
Era sangre seca, de ahí el tono marrón más oscuro.
Podría proceder de una herida que se hizo al matar a la familia Darren, de una costra que se le desprendió, o incluso de escamas de sangre de su chaqueta que... bueno, se fundieron con el agua.
¿Sangre seca de cuando había asesinado a la familia de Ezra? A ella le había parecido más que unas pocas escamas, pero quizá el agua había ocultado la cantidad. ¿Y qué relación tenía aquello con su padre? ¿Reid se estaba haciendo el tonto a propósito?
—Has dicho mi padre...
—Nuestro asesino es un hombre llamado Colin James, al que una organización llamada Free Wes consiguió sacar de prisión hace dos años. —Se echó hacia atrás en la silla y se cruzó de brazos—. Alguien a quien tu padre ayudó a exonerar está matando niños.