Capítulo 12 #2
—Te quiero, boba. Y te mantendré al tanto.
Le besó la coronilla y le apretó el hombro. Maggie siguió su espalda con la mirada hasta que la puerta se cerró detrás de él.
—¿Vamos a ver el programa o qué? —espetó su padre.
Alzó el mando — sí que lo tenía— y encendió el televisor.
Maggie se sentó en el sillón reclinable que Sammy había ocupado unos instantes antes. Aún estaba caliente, como si su culo la estuviera abrazando. Genial, qué manera de hacerlo raro.
—¿Cómo te encuentras hoy?
—Me duele un poco el brazo, pero estoy como una rosa. Eso sí, me vendría bien un sándwich de queso.
Hacía años que no podía tomar lácteos.
—¿Y si te preparo jamón y mayonesa con esos pimientos amarillos picantes?
Había heredado de él el gusto por el picante y, solo de pensar en sándwiches, le rugió el estómago. Él arrugó la nariz, como si el ruido le diera asco. Había que reconocer que no había sonado nada bien. Como si tuviera un oso grizzly cabreado en las tripas.
—Ya se me ocurrirá algo.
Acomodó los expedientes sobre su regazo.
—Anoche vino un hombre; tiró unas cuantas cosas. ¿Te acuerdas?
Su padre resopló.
—No.
—¿Escribiste tu número de teléfono en un trozo de papel?
Frunció el ceño.
—¿Mi… número de teléfono?
Nada. Bueno.
—Pobrecito… ¿Sabes qué significa eso? ¿Se refiere a ti o quizá mencionó a los niños a los que hizo daño?
Su padre soltó un bufido. Ella esperó, pero no añadió nada. La pantalla parpadeó y él pulsó otro botón, buscando el programa.
—¿Sammy ha traído la mesa plegable? —probó otra vez.
Quizá así pudiera enlazarlo con cómo se había estropeado la otra.
Aquello se estaba convirtiendo en un interrogatorio, y odiaba que lo fuera.
Pero ¿qué se suponía que debía hacer? Con tacto o sin él, no había forma de revertir la demencia.
De haberla habido, habría obligado a su padre a recordarla mucho tiempo atrás.
El volumen del televisor subió; los graves de la sintonía de apertura le latieron dentro del cráneo.
—Pobrecito —repitió, más alto.
Aquello le parecía más significativo que lo demás, aunque no sabía qué relevancia podía tener para el asesino. Quizá porque había dejado vivo a un niño pequeño: Ezra, ese pobrecito .
Maggie suspiró. Tal vez solo le estuviera dando demasiadas vueltas a todo, como siempre.
Quizá su padre había escrito aquellas palabras junto al número de teléfono y había dejado caer el papelito en el baño la semana anterior.
Tampoco es que ella se hubiera dado cuenta.
No tenía por costumbre ir a gatas detrás de su inodoro.
Su padre parpadeó ante la pantalla y ladeó la cabeza, como si no tuviera claro qué estaba viendo; quizá ni siquiera qué hacían allí, en el salón. Harris Overstreet apareció en pantalla con su andar despreocupado, los penetrantes ojos azules taladrando la cámara.
—Con su ayuda, puede que por fin resolvamos estos enigmas.
Su padre se recostó en el La-Z-Boy, con los ojos clavados en la pantalla, olvidado por completo de que ella estaba allí.
Si había apuntado aquel número, si había añadido «pobrecito», no lo recordaba.
Era de esperar, pero no por ello menos frustrante.
Le vendría de maravilla que él o el niño pudieran contarle de una vez qué habían visto antes de que muriera alguien más.
Tal vez remontarse un poco más atrás le refrescara la memoria.
Era improbable, pero nunca se sabía. Y tenía que intentarlo si quería poder dormir por las noches.
Quizá sea mejor que te mantengas despierta, Maggie. Si duermes, solo soñarás con gente con la que no deberías.
Apartó el pensamiento de un empujón y abrió el primer expediente. Esperó a que él echara un vistazo y dijo:
—¿Conoces a este hombre? En los formularios de ingreso consta que le pegó a su mujer con tanta fuerza que la mandó al hospital.
También pegaba a sus hijos. A juzgar por el resto del expediente, era más probable que sufriera arrebatos de furia intermitentes que que tuviera inclinaciones de asesino en serie, pero también tenía un lunar.
—Qué terrible —dijo su padre, acariciando el mando con el pulgar como si fuera un jerbo asustadizo.
La mirada se le desvió hacia la carpeta, a la foto policial que venía con la documentación de ingreso.
Ni el menor destello de reconocimiento. Podría estar mirando el sándwich de jamón y mayonesa de antes, y seguramente le interesaría más el jamón.
Probó de nuevo con la carpeta siguiente.
—Este tipo tiene mala pinta.
Unos cuantos allanamientos de morada a sus espaldas, lo que encajaba con colarse en casas. Aunque nunca lo hubieran detenido, era probable que su sospechoso tuviera antecedentes de acoso y robos con allanamiento antes de dar el salto al homicidio.
Otra vez, su padre no reaccionó; solo mostró aquella mirada vacía, vidriosa de desinterés. No iba a sacar nada de allí.
—¿Hay alguien a quien hayas visto últimamente que no te guste?
Él asintió y el corazón de Maggie se aceleró, pero entonces dijo:
—Ese cabrón de Rusia parece de lo más sospechoso.
Putin tenía los hombros demasiado anchos para entrar por la ventana del baño. ¿Ese es el principal problema que ves en que un autócrata ruso se presente en el piso de tu padre? ¿La anchura de sus hombros? Se tragó un suspiro.
—¿Quizá alguien que haya estado aquí en persona? ¿En esta habitación?
Él entornó los ojos.
—¿Alguien con un lunar?
Se echó a reír.
—Si Cindy Crawford hubiera venido, me acordaría.
Volvió a levantar el mando y lo apuntó a la pantalla. La barra de volumen subió. Le palpitaba la cabeza. Fuerte. Tan jodidamente fuerte .
—En este programa hay gente muy mala —dijo, casi gritándole—. Pero no encuentro el episodio correcto.
¿El episodio correcto? Le encantaban los finales felices, así que quizá buscaba uno en el que encontraran a los niños vivos.
No recordaba a su hermano, pero seguramente alguna parte de su subconsciente quería reescribir la historia.
Maggie lo entendía: ella seguía yendo a visitar la tumba de Aiden.
El cuerpo de su hermano no estaba allí, pero a los humanos se nos da de maravilla fingir cuando eso nos hace sentir mejor.
Ella también estaba fingiendo en ese momento, actuando como si él fuera a ayudarla a resolver aquello. Ni siquiera la miraba.
Maggie se puso en pie.
—Volveré luego, ¿vale?
Él la despidió con un gesto, sin apartar los ojos del televisor.
Te quiero, papá.
Fue deprisa hacia la puerta, con el corazón golpeándole las sienes con un ritmo doloroso, y la abrió de un tirón.
Dio un respingo: tenía la nariz a punto de rozar el brazo del guardia.
Muy propio de ella olvidarse por completo del tanque apostado en el pasillo.
¿Aquellos tipos tenían que ponerse de lado cada vez que cruzaban una puerta?
Maggie decidió no preguntar. Sus pasos resonaron huecos por el vestíbulo y hasta el aparcamiento. Pero, al menos, el nivel de decibelios ya no rozaba el de un concierto de rock.
Se acomodó al volante y dejó caer los expedientes al suelo, frente al asiento del copiloto.
Su viejo coche, un DeLorean, había quedado irreparablemente dañado en el incendio de la casa.
Su vehículo actual era un sensato Sebring descapotable.
Alex insistía en que era el mejor coche para echar un vistazo a quienes se asomaban por el lado del copiloto de los coches de sus mejores amigos.
El estómago volvió a rugirle, prolongado, fuerte y furioso. Comida. Pero antes...
Sacó el móvil y le mandó un mensaje a Reid:
«Intentaré hablar con papá otra vez luego; todavía no ha identificado a nadie. Muchísimas gracias por los guardias. Me quedo más tranquila al dejarlo.»
Apareció el indicador de que estaba escribiendo. Después:
«No estoy seguro de que una patrulla en el aparcamiento sea suficiente, pero es todo lo que han podido destinar. Pasaré luego.»
Frunció el ceño. ¿Los hombres del edificio de su padre no eran policías? Aquellos guardias no iban a aparecer así porque sí sin que alguien les pagara.
El móvil volvió a sonar. Abrió los mensajes. Esta vez no era Reid. Era Tristan.
«¿Has recibido mi regalo?»
Bueno, eso lo explicaba. Se le tensaron los hombros. Era un regalo práctico y necesario, y se agradecía, pero entre aquello y los regalos que no dejaban de llegar a su consulta sin venir a cuento, la cosa se estaba yendo de madre.
Y los sueños, Maggie. No te olvides de los sueños.
Maggie bajó lentamente el móvil hasta la consola. Casi podía oler su sudor. Podía verlo quitándose aquella máscara. Tristan no era Kevin, no era el hombre del club, pero ella se comportaba como si lo fuera. Y eso no estaba bien. No era sano.
Tenía que hacer algo con Tristan Simms.