Los muertos no hablan (Juegos de la mente 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

C uatro horas y un dolor de espalda después, Maggie seguía sin una sola pista.

Solo le quedaba una cosa por hacer: preguntarle a su padre.

Otra vez. Entre su padre y el niño deberían ser capaces de averiguar qué aspecto tenía aquel tipo; resultaba demencial que no hubieran sacado absolutamente nada en claro. Y, sin embargo… no lo habían hecho.

Probablemente debería renunciar a la esperanza de que su padre le resolviera aquello. No era Scooby-Doo. Y aunque con su jersey naranja de cuello vuelto acanalado daba el tipo, estaba haciendo de Velma de pena.

La brisa que entraba por la ventanilla abierta le lanzó los rizos pelirrojos a los ojos y se los arremolinó alrededor de los hombros: ese aire espeso y húmedo que se cuela antes de una tormenta.

Esperaba que no fuera una metáfora, un presagio de que su vida estaba a punto de volverse tronante e inestable.

Miró un instante los expedientes del asiento del copiloto y volvió la vista al parabrisas.

Muchas de las notas de los casos que había leído eran inquietantes; algunos pacientes tenían antecedentes de violencia doméstica, pero ninguno había asesinado a su familia de un modo que se pareciera al del asesino que perseguían.

Y, si hubieran encontrado una huella o la más mínima mota de ADN, la habrían cotejado enseguida con algún delincuente fichado.

No tenía ni idea de qué habían encontrado los forenses, pero era posible, incluso probable, que su sospechoso no tuviera antecedentes penales.

Suspiró. Papá ya debería estar despierto, y al menos podría tachar aquello de la lista.

Eso esperaba; ni siquiera eran las ocho.

¿Qué probabilidades había de que él también se hubiera despertado a las tres de la madrugada tras un sueño sexual en el que su antiguo paciente se fundía con el sumiso enmascarado con el que a veces follaba?

Habría sido una coincidencia de cojones.

Había un coche patrulla en el aparcamiento, con el agente mirando fijamente el edificio.

¿Uno de los hombres de Reid? Seguro que también habría otro por allí, vigilando la ventana del baño.

Era un alivio, hasta cierto punto… pero no lo bastante para aplacar la piel de gallina que le había erizado la espalda.

El vestíbulo del edificio de su padre estaba en silencio; el pasillo, sumido en la quietud del amanecer.

Había una enfermera nueva en recepción, ni rastro de Dorothy, y solo el carro de la medicación atendido por un celador larguirucho que respondía al nombre de «Bob», aunque en realidad se llamaba Chad. Ahí había una historia, estaba segura.

Pero Maggie se detuvo a mitad del pasillo y entrecerró los ojos al ver la nueva incorporación apostada justo en su camino.

El hombre que aguardaba ante la habitación de su padre era un espécimen corpulento, de cintura ancha y manos como mazas.

Asintió al verla acercarse y se apartó para dejarla pasar, así que sabía perfectamente quién era.

Un vigilante, enviado a vigilar a su padre; a asegurarse de que nadie pudiera hacerle daño.

Maggie giró el pomo y la piel de gallina que le recorría la columna se relajó.

Reid estaba tirando la casa por la ventana.

Tendría que invitarlo a un café para agradecérselo, quizá a una napolitana; algo menos lanzado que unas entradas para Weird Al.

Que Tristan supiera siquiera que le encantaba Weird Al ya constituía una invasión en sí misma.

La puerta se cerró a su espalda con un clic. Su padre estaba sentado en su La-Z-Boy, con las marcas del peine como arañazos entre el pelo blanco y rojizo, y la camisa de botones limpia y planchada. Estaba despierto. Pero no estaba solo.

Su mejor amigo levantó la vista del segundo sillón reclinable al entrar ella, con la cabeza calva reluciendo bajo el sol de primera hora.

Sammy era fiscal de la fiscalía del distrito; seguramente se habría enterado del ataque aquella mañana por algún compañero, ya que había ocurrido después del trabajo el día anterior.

Las letras UCLA garabateadas en el pecho de su sudadera le recordaron la sudadera de Ezra con la palabra COEXIST, y después al niño del aparcamiento que había creído que ella podía atropellarlo con el coche.

Todo el mundo preparado para el tiempo primaveral de mantita y sofá.

La televisión estaba apagada, así que Sammy debía de acabar de llegar.

O todavía no había encontrado el mando, o…

miró alrededor. La mesa rota había desaparecido, sustituida por una mesa plegable flanqueada por dos sillas a juego.

No quedaban restos en el suelo, aunque el equipo forense se había llevado la mayoría.

La noche anterior había pasado allí cuatro horas mientras retiraban los muebles y espolvoreaban para detectar huellas, y pensaba terminar de limpiarlo aquella mañana.

Pero las superficies relucían. No quedaba rastro del polvo. ¿Se había encargado Sammy?

—Eh, friki —dijo.

A diferencia de Reid, Sammy tenía derecho a llamarla friki, Mags o cualquiera de la docena de apodos que tenía.

Lo suyo era una relación cimentada a base de matones del colegio, partidas de Dragones y Mazmorras, campamentos de música y los largos días oscuros que siguieron a la desaparición de su hermano.

Sammy había pasado horas y horas en casa de Maggie, demostrándole que a alguien todavía le importaba; que, aunque Aiden se hubiera ido, ella seguía teniendo un hermano.

Aquel hombre podía llamarla como le diera la gana.

—¡Eh! ¿Qué haces aquí? ¿Hoy no toca ser abogado?

En realidad, no hacía falta que preguntara: se le notaba la tensión en torno a los ojos.

Estaba preocupado por papá. Debería haberlo llamado anoche.

Sammy y su mujer eran de los de «hasta la muerte», como dirían los chavales, aunque los hijos de Sammy no tardaban en aclararle a Maggie que nadie guay decía eso desde los noventa.

Él sonrió mientras se levantaba; sus dientes rectos y blanquísimos relucieron, pero la sonrisa no le alcanzó los ojos castaños.

—Me he levantado a las cuatro y media porque Imani ha encontrado uno de los payasos que dejaste en el botiquín y me lo ha metido debajo de la almohada.

Maggie sonrió.

—Esa es mi chica.

Parecía que la mujer de Sammy se iba a ganar un día de spa.

Sammy le lanzó una mirada elocuente y prosiguió:

—Y no tengo juicio hasta esta tarde. Hacía mucho que no me veía un maratón de Los enigmas más desconcertantes del mundo . Acabamos de terminar el tercer episodio, pero necesitaba un descansito del… volumen.

Al oír mencionar su programa favorito, su padre alzó la vista hacia el televisor, que seguía apagado.

Sammy rodeó el sillón de su padre y se acercó a ella. La preocupación que vio en su mirada le encogió el corazón. Le gustaba tocarle las narices —para eso estaban las hermanas, ¿no?—, pero odiaba verlo de verdad angustiado. Acercó el rostro al suyo y bajó la voz.

—Tu amigo el detective está subiendo el listón, ¿eh?

Sammy nunca había sido fan de Reid Hanlon.

Sammy era un hombre tranquilo y ecuánime, salvo cuando se trataba de payasos, y consideraba que el detective era demasiado intenso.

No era de los que perdonaban fácilmente a quien iba a por sus amigos, y el año anterior Reid la había presionado demasiado: la había puesto a caldo mientras contemplaban cómo ardía su casa.

Reid creía que su paciente era culpable, que Tristan había provocado el incendio para intentar matarla.

También sabía que el cadáver de su exprometida se estaba chamuscando en el garaje en llamas de Maggie.

Ella entendía mejor que nadie los cambios de conducta tan extremos que podía desencadenar una pérdida, y desde entonces Reid no la había vuelto a tratar mal.

Pero, si Sammy pudiera salirse con la suya, seguramente le pondría la zancadilla a Reid en el pasillo del juzgado y fingiría que había sido un accidente.

Siguió la mirada de Sammy hasta el fondo de la habitación. Al otro lado del cristal había un clon del hombre del pasillo, tapando el sol con su ancha espalda y vigilando el patio para asegurarse de que ningún asesino entrara por la puerta corredera.

La inquietud le punzó en el bajo vientre. Aquel nivel de protección no era de serie: creían que su padre estaba en peligro. ¿Por eso le habían permitido quedarse en el apartamento? ¿Contaban con que el asesino regresara? Pero, de ser así, aquella escolta tan visible espantaría al sospechoso.

Sammy seguía mirándola. Maggie se encogió de hombros.

—No esperaba semejante arsenal, pero me alegro de contar con él.

—¿Ya has hablado con papá del ataque?

Sammy siempre había llamado «papá» al padre de Maggie.

A su propio padre no le importaba; lo había llamado «Pap», porque él se lo pidió, hasta que murió cuando estaban en tercero de carrera.

En secundaria y bachillerato habían estado tan unidos que era una lotería saber cuál de sus padres les daría la charla antidrogas o cuál iría a recogerlos de alguna fiesta sospechosa cuando se daban cuenta de que la situación se les había ido de las manos, como les ocurría a menudo a los empollones.

—Voy a hablar con él ahora. Otra vez.

Alzó los expedientes, que de repente le pesaron en el pliegue del brazo.

—¿Te has enterado de lo del trozo de papel con su número de teléfono?

A Sammy se le descolgó la mandíbula. Maggie le contó lo que sabía y añadió:

—Por la remota posibilidad de que esto tenga que ver con alguien a quien conocía, aunque no me lo creo demasiado, pensé que unos cuantos expedientes podrían refrescarle la memoria.

Sammy asintió.

—Con algo así, toda precaución es poca. Pero, Mags… —Esperó a que ella le sostuviera la mirada—. Si me necesitas, llámame. Puedo cubrir un turno aquí encantado. Traeré a los críos. No hace falta pedírselo dos veces para que vean la tele.

Pero sus hijos odiaban Los enigmas más desconcertantes del mundo , y él lo sabía: les parecía un programa de viejos.