Capítulo 11
L a noche exhaló con ella, un anhelo sutil prendido en el susurro de su aliento. También lo sintió sobre la piel desnuda: vibraciones embriagadoras, leves como plumas. Pero allí no había plumas. No en aquella habitación. Solo cuero. Solo máscaras.
El hombre se deslizó en silencio por el suelo, pero no como una criatura que se arrastra sobre el vientre hacia una presa desprevenida.
Caminaba, callado pero impasible, resuelto y preparado.
Sus vaqueros eran negros bajo la luz tenue.
Llevaba el torso desnudo, musculado como la estatua de un dios griego.
La máscara, de un verde brillante, le cubría el rostro desde la frente hasta la garganta; por la abertura de la tela asomaban sus labios lustrosos.
El corazón le aleteó y un calor le descendió hasta los dedos de los pies, pero lo que de verdad le inquietaba era el afecto cálido que le brotaba en el pecho.
¿Le importaba? No, eso era imposible. Venía aquí para dejarlo todo atrás, incluida la vida real; los sentimientos reales.
Era el único lugar al que podía escapar, donde controlaba hasta el detalle más minúsculo de su experiencia. Porque ella llevaba la pulsera roja.
Él llevaba la verde. Siempre.
Sonrió, pero se quedó inmóvil cuando él alzó los brazos y tanteó las largas cintas de seda que sujetaban la máscara. Se le detuvo la respiración al tirar del primer nudo, el que mantenía la máscara fija a su cara. Iba contra las normas.
Pero a él las normas le daban igual. Desató la cinta y la máscara se le deslizó del rostro, cayendo al suelo con un chasquido húmedo. Tristan Simms le sonrió y se pasó la lengua por uno de sus relucientes colmillos.
Él. Sabía que sería él. Y aunque su cerebro racional sabía que aquello estaba mal, el latido en la unión de sus muslos se negaba a creerlo. El hondo pozo de su vientre solo conocía la necesidad. No habría podido luchar contra ella ni aunque hubiese querido.
Y no quería.
Abrió más las piernas y señaló. Él cayó de rodillas.
Maggie cerró los ojos y se perdió en la oscuridad, en el incesante lengüeteo de su lengua...
Despertó con el aliento atrapado en los pulmones, la piel encendida y recorrida por un hormigueo de agujas.
Joder. Otra vez no. Al menos una vez por semana se despertaba de aquellos sueños.
Era una novedad inquietante, no solo por su contenido, sino por la frecuencia con que habían empezado a atormentarla.
Maggie se apartó las sábanas de la piel, echó las piernas fuera de la cama y apoyó la cabeza entre las manos húmedas.
Tendría que haber ido al club. Tendría que haber intentado aliviar un poco esta presión.
Pero la otra parte de su cerebro replicó de inmediato: Una idea pésima. Y sabes perfectamente por qué.
No creía que los sueños fueran la clave de los deseos más íntimos de nadie, pero incluso en el club había empezado a sentirse atraída una y otra vez por el mismo hombre, solo para poder imaginar que era Tristan quien estaba atado al cabecero...
Tristan en vez de Kevin. Había empezado a ir al club precisamente por haber perdido a Kevin; incluso había imaginado que los hombres de allí olían a Kevin.
Pero ya no era así. Y cambiar el rostro de la pena por el del peligro no era ninguna mejora.
Tanto si veía a Kevin como a Tristan al cerrar los ojos, no podía tener a ninguno de los dos en su vida.
Obsesiva, Maggie. Siempre tan obsesiva.
Bajó los brazos y se irguió. Pondría aquello bajo control. Evitaría el club, evitaría a Tristan y, con el tiempo, su cerebro se serenaría. El sexo anónimo y sin compromisos dejaba de ser lo mismo si acababas..., bueno, emparejada. Aunque solo fuera dentro de tu cabeza.
Quizá debería buscarse un novio de verdad; seguro que a su madre le haría ilusión. Soltó un resoplido. Paso.
Fuera todavía reinaba una negrura brumosa cuando Maggie se encaminó a la cocina.
La casa de su padre seguía tal como él la había dejado al mudarse a la urbanización para jubilados: espartana y sobria, salvo por el papel pintado de flores.
Sin embargo, colgar fotos de arañas para fastidiar a Owen o pegar payasos de dientes afilados a la parte trasera de la puerta del baño para hacer gritar a Sammy le parecía extrañamente irrespetuoso.
No hacia Owen ni Sammy, sino hacia su padre y su rollo minimalista.
Pero había un lugar donde se desataba el infierno: el dormitorio de invitados de papá.
Aquí no había cama, solo un escritorio que tenía desde los tiempos en que ejercía, de pino nudoso, patas talladas y una vieja máquina de escribir encima.
Todas las paredes estaban cubiertas de estanterías, la mayoría altas, unas blancas y otras de madera: un batiburrillo para contener libros.
Había ediciones de bolsillo y de tapa dura apiladas en dos y hasta tres filas, desde filosofía hasta thrillers trepidantes y literatura erótica, que era trepidante de otra manera.
Ecléctico, y sin duda una fuente de entretenimiento para algunas de las mujeres que se habían alojado allí a lo largo de los años, aunque Maggie jamás podría asegurarlo: las mujeres a las que su madre derivaba solo pasaban allí una noche antes de marcharse de la ciudad.
A veces, para escapar de un marido maltratador, tenías que desaparecer.
Pero no se podía huir de su asesino. Las víctimas habían sido elegidas con sumo cuidado porque respondían a unas características físicas concretas, desde la estatura hasta el color del pelo.
Tenía que saber que toda la familia estaría en casa; incluso había vigilado y esperado hasta que Ezra volvió a colarse en su propia vivienda.
También tenía que conocer la composición exacta de la familia, las edades idénticas en cada caso: una madre, un padre, una hermana mayor y, por último, el hijo menor, aquel con quien más se identificaba.
Y ahora… los que seguían vivos.
No era un error que hubiera dejado al niño respirando aire en vez de agua, igual que tampoco era un fallo que su padre hubiese sobrevivido al ataque.
Lo del niño podía entenderlo: si el sospechoso se estaba matando a sí mismo en efigie, quizá había decidido que quería vivir, aunque fuera a través de un sustituto.
¿Pero su padre? Habría sido muchísimo más fácil matarlo mientras dormía.
Además, había irrumpido de día, algo que el sospechoso nunca antes había hecho.
Aquello no era simple casualidad. Era arriesgado.
Seguía creyendo que el ataque a su padre era consecuencia de que Reid hubiera recurrido a ella para este caso: las familias eran el centro de la obsesión del asesino.
Pero jugar así con la gente no entraba en el repertorio del sospechoso, y las palabras de Reid seguían resonando en su cabeza: Antes trabajaba con mucha gente peligrosa, Maggie.
Y aquel número de teléfono de la clínica, inservible desde hacía años… ¿a qué venía eso?
Lo más probable era que su padre lo hubiera apuntado porque creía estar en otra época.
La demencia era así de traicionera. La alternativa —que el asesino hubiera guardado aquel número o lo hubiera robado años atrás y luego lo llevara a la escena del crimen— era una locura.
Si hubiera tenido una vendetta contra su padre, habría ido a por él primero. Lo habría matado hacía mucho.
Pero no perdía nada por asegurarse. No perdía nada por echar un vistazo.
Atravesó el despacho hasta la trampilla del techo que daba al desván. Maggie se subió a una silla, giró la llave del candado y bajó la escalerilla plegable. El polvo le cosquilleó en la nariz. Le picaba la garganta mientras subía, pero era mejor que sentir cómo le vibraba la piel.
Los archivos de su padre estaban en archivadores cerrados con llave, al otro lado de la habitación.
La cicatriz de la nuca le palpitaba, como siempre que estaba estresada.
El día que su hermano desapareció fue el mismo en que la atacó un adolescente mayor que ella.
Había acabado sangrando, con un trozo menos de cuero cabelludo, pero él se había alejado a rastras de aquel encuentro con un afilado fragmento de cristal clavado en la mejilla, que le obligaba a tener la boca abierta y le atravesaba la lengua.
Esperaba que todavía le doliera cuando pensaba en ello.
Se preguntó si la bala alojada en la costilla de papá también le dolería a veces.
¿Se te ocurre alguna otra razón por la que el asesino pueda ir a por tu padre?
Las palabras de Reid resonaron en su cabeza mientras abría con llave el primer archivador.
Ante ella había un revoltijo de expedientes, algunos con papeles desbordándose por los lados, otros con las pestañas arrancadas.
La capacidad de organización de papá se había ido al garete mucho antes de su primer ictus, dos años atrás.
No sabía cuánto tiempo habría sufrido en silencio, pero seguro que era consciente de que la mente empezaba a fallarle.
Probablemente fue un alivio cuando su cerebro se rindió y acabó con aquella preocupación incesante.
Era terrible decirlo, terrible pensarlo, pero al menos pudo tirarse en paracaídas mientras aún sabía lo que era.
Sospechaba que había deseado que el paracaídas no se abriera, pero no iba a preguntárselo. En realidad, no quería saberlo.
Hija del año, Maggie. Deberían darte una medalla.
Cogió el expediente más cercano. Montones de páginas garabateadas, algunas frases escritas en notas adhesivas — alerta y orientado en las tres esferas, objetivos de tratamiento establecidos , y demás—.
En aquel no había fotos. Los únicos historiales que podían incluir imágenes serían los que tuvieran fotos policiales: los de pacientes remitidos desde prisión.
También serían los más fáciles de revisar, pues en las derivaciones por orden judicial los delitos constarían en el formulario de ingreso.
Sacó de un tirón la mitad de los expedientes del primer cajón, los dejó sobre la madera polvorienta y se sentó junto a la pila. Iba a ser un día largo.