Los muertos no hablan (Juegos de la mente 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

REID

P ara cuando salió de la residencia, la cabeza de Reid era un estruendo de ruido blanco…

No. ¿Cómo lo había llamado Maggie? Complejo residencial para jubilados .

Con los ojos entornados, miró la carretera a través del parabrisas del Bronco, en alerta máxima por si algún coche extraño se les echaba encima desde otro carril o un hacha surcaba la turbia noche en dirección a su ventanilla abierta.

Pero solo había asfalto reluciente y farolas.

Y, por supuesto, el niño.

Ezra no parecía darse cuenta de su angustia.

Mantenía la mirada clavada en la ventanilla del asiento trasero, el rostro inexpresivo, los labios apretados…

en silencio. Hasta entonces, la única frase que le había dicho a Maggie no les había servido de nada, pero quizá eso cambiara.

Con un poco de suerte, Phoebe habría encontrado alguna pista mientras Reid examinaba camiones de juguete y ventanas de baño abiertas y gritaba para hacerse oír por encima de Los enigmas más desconcertantes del mundo .

El coche patrulla blanco y negro aparcado en la calle, frente a su casa, le aflojó la presión entre los omóplatos.

Saludó a los agentes al detenerse a su altura y luego se metió en la entrada.

Los focos del garaje deslumbraban a través del parabrisas: seguridad, protección. Ezra entrecerró los ojos.

No le había dicho a Maggie que era padre de acogida, pero seguramente lo sabía; de lo contrario, no habrían permitido que Ezra se fuera a casa con él.

A lo largo de los años había acogido a seis niños, y a todos los había conocido en el trabajo.

Algunos tenían familiares que lograban enderezar su vida deprisa, pero los sentía a todos como si fueran suyos, por poco que durara su estancia. Eran familia.

Y eran la única familia que tenía. Su padre era un cabrón infiel, su madre había muerto y su medio hermano Tristan lo evitaba casi siempre; algo comprensible, dado que Reid lo había acusado de asesinato injustamente.

También había sido un capullo con Maggie cuando se conocieron y, aunque ella había decidido claramente no juzgarlo por sus peores momentos, no era ninguna sorpresa que los amigos de Maggie no parecieran tenerle especial cariño.

No podía reprochárselo, igual que no se lo reprochaba a Tristan.

Tampoco la culparía si lo odiara, por mucho que intentara arreglar las cosas.

Reid arrancó la llave del contacto. Ezra agarró la manilla de la puerta del todoterreno.

Lo miró de reojo: pálido como un fantasma bajo los focos del garaje, con el pelo rubio reluciendo blanco; parecía un zombi.

Cuando Ezra empujó la puerta para abrirla, Reid volvió a oír aquella única frase, susurrada entre los zarcillos de la brisa nocturna: El del lunar dice que soy el siguiente.

No daba la impresión de que el niño comprendiera del todo lo que significaban aquellas palabras. Según Maggie, no había parecido angustiado al pronunciarlas, y resultaba inquietante verlo salir disparado del coche sin siquiera echar una mirada rápida a su alrededor. Cuidado, chaval. Cuidado.

Reid abrió su propia puerta de golpe. Había olvidado lo que era cuidar de un niño pequeño, de uno al que era tan fácil distraer de su dolor, tan fácil convencer de que era invulnerable.

La mayoría de los niños que había acogido eran adolescentes y ya habían aprendido que bajar la guardia suponía exponerse a horrores incesantes.

Llevaban la hipervigilancia como una armadura.

—Espera un segundo, Ezra.

Trotó detrás de él y luego lo adelantó cuando el niño alcanzó el escalón superior del porche.

Metió la llave en la cerradura, y el chirrido se mezcló con los portazos de los coches: una cacofonía metálica que le hizo torcer el gesto.

Miró hacia atrás y vio a los otros policías cruzando el césped.

La agente Phoebe Gerew y el detective Clark Lavigne, ambos con carpetas en las manos. Bien.

Los agentes se detuvieron al pie de los escalones del porche mientras él terminaba de descorrer el cerrojo.

Ezra se coló dentro antes de que pudiera abrir del todo.

Menudo descaro. Reid se apresuró a entrar tras él — ¿Y si el asesino está dentro, esperando?

—, pero no vio nada fuera de lugar. La alarma no había saltado.

Ezra trepó al sofá como había hecho en el despacho de Owen, con los pies colgando sin tocar el suelo y la cabeza ladeada hacia el televisor sobre la chimenea.

Unas impresionantes setenta pulgadas. No era el tamaño lo que importaba, sino la cantidad de plataformas de streaming por las que pagabas, y Reid iba bien servido en ambos frentes.

Cogió el mando de la repisa de la chimenea y lo lanzó al sofá, junto al crío, mientras Clark cerraba la puerta a su espalda.

—Tú mismo, Ezra. Creo que hay dibujos animados buenos.

A los ocho años todavía era bastante pequeño para disfrutar de los dibujos animados. Aunque, claro, nada te arrancaba la infancia de cuajo como la salvaje mutilación de toda tu familia. Reid reprimió una mueca y se dirigió a la habitación contigua.

Phoebe se reunió con él junto a la mesa de la cocina, con una carpeta roja bajo el brazo y la placa reluciente como si la hubiera abrillantado de camino.

Rondaba los cuarenta, como Reid; medía metro sesenta y cinco y era de constitución delicada, con la boca ancha y una espesa cabellera negra y rizada, recogida en un moño tirante a la altura de la nuca.

Aún no era detective oficialmente, pero iba encaminada a serlo.

Quien acabara siendo su compañero tendría suerte.

Le entregó la carpeta y se inclinó sobre la mesa mientras él extendía los papeles. Clark se apoyó en la pared del fondo. Desde el salón llegó la voz chillona de un dibujo animado diciendo algo que no alcanzó a entender.

—Hay ocho personas con lunares que tuvieron algún contacto puntual con alguien de las tres primeras familias —dijo Phoebe—. Ninguna parece haber tenido trato con la familia de Ezra. Y no he encontrado a nadie con un lunar en el círculo cercano de Ezra.

Era de esperar. Si Ezra hubiera conocido al hombre que mató a su familia, habría dado un nombre en vez de llamarlo «el tipo del lunar».

—Pero no tenemos forma de saber si un cajero cualquiera del súper tiene un lunar en el culo —terminó Phoebe.

Sus ojos oscuros brillaban, pero las ojeras la hacían parecer cansada, frustrada.

—Sí, sería una rueda de reconocimiento bastante incómoda.

Y casi todo el mundo tenía al menos un lunar, ¿no? Reid tenía uno en la cara interna del muslo.

—¿Y qué hay de volver a hablar con los vecinos o con el chico que vio la sangre en la ventana? ¿Vieron a alguien con un lunar?

—Los vecinos no vieron nada. Nadie merodeando, con lunares o sin ellos. Y cuando fuimos a casa del testigo no había nadie. ¿Kole Bishop?

Esperó a que Reid asintiera antes de continuar.

—Volveremos a intentarlo.

Reid se volvió hacia Clark, un hombre negro de hombros anchos y barba espesa que parecía más hecho para luchar en la WWF que para el cuerpo de policía.

Tenía una licenciatura en literatura francesa, ojos amables y un trato cordial, pero era lo bastante alto como para hacer que el asesino se lo pensara dos veces si pasaba junto a él en coche.

Ninguna de las víctimas medía más de metro setenta y tres, y eso, sumado a los asesinatos nocturnos, había llevado a Reid a pensar que el sospechoso no atacaría si se veía físicamente superado...

hasta que fue a por Grant Connolly. Que el asesino hubiera atacado a un hombre alto y plenamente despierto suponía un giro inquietante.

—¿Tienes algo sobre los expresidiarios?

Clark asintió y dejó caer su carpeta sobre la de Phoebe.

—Ya lo creo. Demasiado. He buscado a cualquiera con vínculos tanto con Ohio como con Indiana que encajara, aunque fuera de lejos, con el perfil psicológico que me diste. Me he centrado en los que salieron de prisión durante los dos años anteriores al primer asesinato.

Reid asintió. No había conseguido relacionar los periodos de inactividad con detenciones, pero el asesino podía haber tenido otro motivo para parar. Cuidar de su propio hijo, por ejemplo, tal como había sugerido Maggie.

—Llevará tiempo ir reduciendo la lista —prosiguió Clark—. Como ha dicho Phoebe, salvo que tenga un lunar muy visible en la cara, no vamos a saberlo mirando fotos policiales.

—¿Cuántos candidatos tenemos? —preguntó Reid mientras abría la carpeta.

—Doscientos sesenta y uno, de momento.

Mierda. Con un poco de suerte, Maggie ya había decidido revisar los casos de su padre. El viejo tenía problemas de memoria y quizá estuviera equivocado de cabo a rabo en cuanto a los hechos, pero a Reid no le parecía la clase de hombre que dijera una cosa por otra: mi hombre .

Phoebe se enderezó, con su metro sesenta y cinco de estatura. Metro sesenta y cinco. Más o menos la misma altura que su asesino.

—Espero que sirva de ayuda. Estaremos ahí delante, por si nos necesitas. Y Clark ha encargado unas pizzas cuando has avisado de que volvías; estarán aquí en diez minutos.

Vaya. Lo habían pensado todo. Él y Ezra ya habían comido, pero no iba a decir que no a otro trozo de pizza.

—Muchas gracias, chicos. Os lo agradezco de verdad.

Clark le dio una palmada en el hombro. Phoebe asintió y un rizo oscuro se le escapó del moño.

Después salieron por la puerta principal, dejando a Reid junto a la mesa de la cocina, ante un montón desparramado de fotos policiales.

Cualquiera de aquellos rostros podía pertenecer al hombre que había asesinado a la familia de Ezra.

Del televisor llegó otra ráfaga de ruido y actividad.

Reid miró hacia allí y vio a Ezra recostado en el sofá, con la cabeza gacha, sin prestar atención al programa.

El niño tenía que estar agotado. ¿Debería esperar hasta la mañana para preguntarle por las fotos?

¿Lograría sacarle alguna respuesta? No había nadie más que pudiera hacer que el chico se sintiera cómodo: ningún otro familiar, ningún amigo que Reid hubiera logrado localizar.

Cuando tratabas con un maníaco homicida, cuanto antes siempre parecía mejor, pero cuando la persona a la que tenías que interrogar era un crío de primaria que no hablaba...

Dejó las carpetas y aquella colección de fotos sobre la mesa y fue al salón. Ezra no reaccionó a su presencia. No solo tenía la cabeza caída; mantenía los ojos fijos en el regazo.

A Reid se le encogió el estómago. Debería haber prestado más atención al niño en vez de plantarlo delante de una pantalla.

Seguramente estaba anestesiado, incapaz de concentrarse.

Al menos tenía helado en el congelador. A veces podías comprar ese primer resquicio de confianza con salsa de chocolate.

Pero no siempre.

Reid se sentó en el brazo del sofá y cruzó un tobillo sobre la rodilla contraria.

—¿Cómo estás, chaval?

Ezra siguió sin levantar la vista. Pero desde aquel ángulo Reid alcanzó a ver el objeto que tenía en el regazo, apretado entre sus puñitos. Algo brillante. Y de colores: rojo sangre.

—¿Qué es eso, Ezra?

El niño se encogió de hombros, pero entonces movió el brazo y el estómago de Reid se retorció aún más. Un pisapapeles de cristal. Una serpiente. Le resultaba familiar, y solo tardó un instante en situarlo: era el pisapapeles del escritorio de Maggie.

—¿De dónde has sacado eso?

Ezra lo miró y después se lo metió en el bolsillo delantero de la sudadera. La palabra COEXIST se abultó de forma extraña alrededor de la X .

Lo había robado. Tenía que haberlo robado.

—¿Puedo verlo?

Reid extendió la mano, con la palma hacia arriba.

Por fin el niño se volvió hacia él, miró su palma y entrecerró los ojos. Eran brillantes alrededor del iris, ardientes de emoción bajo aquellas pestañas espesas. De no ser por lo que sabía, Reid habría pensado que era rabia.