Capítulo 9
R eid llegó al apartamento en tiempo récord. Dos ataques en un día, en ambos casos con una víctima superviviente que había visto al asesino. Y ninguno de los dos testigos podía identificarlo. La fiscalía podía sentar en el estrado al niño y a su padre, y aun así tendría difícil lograr una condena.
—¿Dónde está Ezra? —preguntó Maggie.
Había cerrado la puerta del baño para amortiguar el televisor del salón, pero seguía sintiendo que tenía que gritar para que la oyeran. Quizá solo quería gritar. Era una mierda que solo las batidoras pudieran chillar mientras trabajaban; tanto ella como Reid lo necesitaban mucho más.
—Está en el pasillo con el vigilante de seguridad. Me pareció más seguro tenerlo aquí.
Más seguro. Razón no le faltaba. Reid, igual que el resto del departamento de policía, estaba empeñado en proteger al chico, y con razón: el tipo del lunar dice que voy yo después.
Si dejaba a Ezra en su casa con otro agente y el asesino regresaba a por él…
Reid era el tipo de persona al que le costaría perdonárselo. En eso se parecían.
Reid pasó con cautela por delante del lavabo, con calzas de la escena del crimen en los pies y las manos enfundadas en guantes de látex azul.
—¿Mi padre… apuñaló al tipo? —preguntó ella—. Tiene un corte en el brazo, pero no sangraba tanto, y en el pasillo no había sangre. Lo había comprobado. Y sé que papá volvió a entrar aquí: me dijo que tuviera «cuidado con la inundación». Pero es rarísimo que dejara este desastre en el suelo.
Reid se volvió hacia ella.
—Es un maniático del orden, como mi hermano, ¿eh?
Su hermano, Tristan, tenía tendencias obsesivo-compulsivas, pero no era momento de entrar en disquisiciones semánticas. Señaló el agua frente al lavabo.
—Papá tiene una obsesión con… resbalarse.
Aiden se había partido los tres dientes delanteros contra la encimera de la cocina: charco, uno; hermano, cero. Después de que Aiden desapareciera, más bien parecía que su padre intentaba mantener vivo el recuerdo del chico, pero ella nunca había tenido valor para preguntárselo.
Reid clavó los ojos en ella: preocupación mezclada con una saludable dosis de escepticismo. Su expresión de estar atando cabos.
—Por lo que ha dicho el agente del pasillo, el personal llegó pocos minutos después del alboroto en la sala de estar. El asesino podría haber dejado el camión de juguete al entrar. O nuestro sospechoso entró por la puerta trasera y pasó por aquí antes de atacar a tu padre…
Los dos guardaron silencio, escuchando la música del programa en la otra habitación. Demasiado alta. Su padre no habría oído al asesino acercarse sigilosamente por detrás de su La-Z-Boy.
Reid frunció el ceño ante el charco al pie del inodoro.
—Y eso no parece sangre.
¿Qué creía que era? Junto al váter… bueno.
Que ella supiera, su padre no era incontinente, pero llevaba tiempo esperando que ese problema terminara por presentarse.
Quizá también se equivocaba con la secuencia de los hechos: tal vez papá simplemente había oído correr el agua, y por eso había mencionado «la inundación».
Reid pasó junto al inodoro, ladeando la cabeza hacia la ducha…
no, hacia la ventana de la pared del fondo.
Maggie siguió su mirada. Era de cristal inastillable, pero las estrechas hojas se deslizaban para dejar pasar la brisa.
Y… ah. Aquella ventana solía tener mosquitera.
Pero ya no. Demasiado alta para que su padre trepara por ella, pero un asesino delgado y atlético… quizá.
—¿Ves esas marcas bajo el alféizar? —dijo Reid, señalándolas—.
El asesino pudo entrar por la puerta trasera, darle una paliza a tu padre y luego escapar por aquí, o entrar y salir por el mismo sitio.
Pero nadie sabe cómo pudo quedar abierta esa puerta trasera: no le falta la tarjeta de acceso a nadie.
Si nuestro hombre abrió esa puerta, tuvo que robar una tarjeta y devolverla a su sitio, y eso parece imposible en un plazo tan corto: conociste a Ezra solo dos horas antes del ataque.
El personal me asegura que no hay manera de que pudiera hacerse con una copia.
Y por esta ventana hay menos riesgo de que lo vean. Da al callejón trasero, ¿verdad?
Cierto. Pero eso no era lo que la inquietaba. Al menos, no era lo único.
—Si el asesino lo planeó y trajo el juguete, eso sugiere que su presencia aquí… significa algo. No escogió a mi padre por casualidad.
¿Escogió a mi padre por mi culpa? ¿Porque hablé con el único niño al que dejó con vida?
Reid se agachó de pronto y metió una mano enguantada detrás del inodoro. Al enderezarse, sostenía algo pequeño y blanco entre dos dedos: un trozo de papel. Lo observó con el ceño fruncido y se lo tendió para que ella lo viera.
—¿Esto te dice algo?
Maggie se acercó. Vaya. Una serie de números escritos con una letra que le resultaba familiar: la de su padre. Menos familiares eran las mayúsculas garabateadas debajo: PObrE BEBÉ.
Frunció el ceño. No tenía claro qué significaba la frase, pero aquel número…
—Era el número de teléfono de la consulta de mi padre, cuando aún ejercía.
—¿Es su letra?
Asintió.
—Los números sí. De las palabras no estoy segura. Al estar en mayúsculas, es difícil saberlo.
—¿Es una frase que use a menudo?
—Yo… no mucho.
Sentía los huesos pesados. Quería apoyarse en la puerta, en el lavabo, pero no podía arriesgarse a contaminar la escena más de lo que ya lo había hecho.
—No es de los que infantilizan a la gente. Y no tengo ni idea de qué podría significar en este contexto.
Ni de por qué estaría detrás del váter.
—¿Había dado alguna vez su número de esta manera?
Parpadeó ante el papel. PObrE BEBÉ le devolvió el parpadeo.
—Sí. No siempre llevaba tarjetas de visita encima. Y ahora a veces se… confunde con el año en que estamos. Así que sí, me lo imagino garabateando el número para dárselo a una enfermera o algo así. A ti también te he visto escribir tu número en un papelito, para que conste.
—Lo hice una vez porque me quedé sin tarjetas después de una noche en la escena de un crimen.
La mirada de Reid se endureció. Fulminaba el trozo de papel como si fuera una extensión del asesino, como si pudiera darle un golpecito y esperar que el sospechoso se estremeciera.
—No me imagino a tu padre escribiendo su número en pleno ataque.
Tampoco me convence que nuestro hombre se pusiera a charlar con él; se acerca a hurtadillas a sus víctimas adultas, no interactúa con ellas.
Y el personal llegó demasiado deprisa como para que el asesino escribiera la nota después del ataque.
Le daba vueltas la cabeza. ¿Qué estaba insinuando?
¿Creía que el asesino ya llevaba aquel papel encima antes de venir allí ese día?
Había demasiados factores en juego. El patrón del asesino había cambiado de forma considerable.
Nuevas víctimas, a un ritmo mucho más rápido.
Y habría sido tan fácil para aquel tipo matar a su padre…
tan fácil. ¿Lo había intentado? A juzgar por cómo estaba la sala de estar, era posible que su padre hubiera ganado la pelea sin más.
El asesino medía entre un metro sesenta y un metro sesenta y cinco, y su padre rondaba el metro ochenta.
Reid aspiró por la nariz, y ella alzó la vista hacia él. La estaba observando. ¿La estaba desmenuzando con la mirada, tratando de descifrarla? No… simplemente le importaba.
Pero no conseguía apartar los nervios, ni obligar a su corazón a ir más despacio. ¿Cuánto le había faltado para perder a su padre?
—Los forenses están de camino —dijo Reid—. Podemos esperar en la otra habitación.
Se le retorció el estómago, pero lo siguió por el pasillo.
Las voces del televisor fueron creciendo: pasaron del murmullo apagado que se oía en el cuarto de baño a un estruendo ensordecedor a medida que se acercaban.
Su padre ni siquiera levantó la vista al entrar en el salón.
No había manera de que los oyera por encima de la tele.
Y así era exactamente como el asesino había logrado hacer...
lo que fuera que hubiese hecho en aquel baño antes de que su padre se diera cuenta y se defendiera.
Se detuvieron junto a la mesa del comedor volcada. Reid se inclinó hacia ella para asegurarse de que lo oía. Olía a chicle de canela; su aliento le abrasó el cuello.
—La enfermera dijo que entraron corriendo y encontraron a tu padre sentado en el suelo, junto al taburete del piano —señaló los cristales que aún seguían esparcidos por allí: el marco roto, la foto brillante de ella y Aiden mirando al techo.
¿Se había herido el brazo así? ¿Con el cristal?
La mirada de Reid se detuvo en la fotografía un instante más de lo que dura un parpadeo, y luego continuó:
—El camioncito de juguete en el baño, dejar vivo a tu padre pero sin que pueda decirnos quién lo hizo...
Parece más una provocación que un intento de matarlo.
Si hubiera querido matarlo, habría entrado por la ventana del baño en mitad de la noche, en vez de colarse con todo el descaro mientras veía la tele.
Ella asintió. Tenía razón: el asesino podría haberse deslizado dentro y degollado a su padre mientras dormía; además, de noche había menos personal de seguridad.
Maggie se presionó la sien con un dedo. Empezaba a palpitarle, palpitarle, palpitarle, con golpes pesados y sordos como los de una cabra embistiendo un neumático.
—Pero ¿por qué? —preguntó, odiando el temblor de su voz—. ¿Por qué venir aquí? ¿Solo porque entrevisté al chico? ¿Al asesino no le gusta que yo esté metida en esto?
No podía ser una advertencia para que se callara: aunque Ezra hubiera identificado al sospechoso, Reid estaba con ella en la consulta. Cuando el asesino llegó al apartamento de su padre, la policía ya sabía todo lo que sabía ella.
Reid tragó saliva.
—La psicóloga eres tú, pero esto ha sido excepcionalmente rápido. Dos ataques en un día es algo inaudito en alguien como él.
—A menos que siempre hubiera otro paso que se te hubiera pasado por alto. Puede que tenga un patrón más complicado: mata a una familia de cuatro y luego ataca a un hombre mayor.
Pero, como había dicho Reid, solo había visto a Ezra dos horas antes de aquel ataque. ¿Había escogido a su padre por impulso? Quizá lamentaba que Ezra siguiera respirando y había decidido darle una lección por relacionarse con una presa que había capturado y soltado.
—¿Entonces mata a una familia y luego se carga a un abuelo? —Reid resopló, miró hacia el televisor y volvió a mirarla—. Averiguaré si hubo ataques parecidos contra hombres mayores después de los crímenes anteriores. Pero ¿se te ocurre algún otro motivo por el que el asesino pueda ir a por tu padre?
Maggie se quedó paralizada. ¿Eh, quizá porque tú me pusiste en el punto de mira de un asesino en serie?
—¿Me estás tomando el pelo?
—Tu padre dijo «mi chico». Me lo contaste tú.
—Y ahora sabemos que está relacionado con el asesino, el que Ezra llamó «el chico del lunar». Es fácil pensar que papá se equivocó al hablar.
Pero ¿dos testigos presenciales usando la misma expresión tan rara? Eso era extraño.
—¿Y si no se equivocó? ¿A quién llamaría tu padre «mi chico»?
Ella negó con la cabeza.
—Nunca le he oído usar esa expresión. Jamás. Y no me lo imagino diciéndola así, sin más. Diría «gracias, señor», no «bien hecho, mi chico».
La idea era tan absurda que estuvo a punto de hacerla sonreír.
—¿Y alguien a quien hubiera tratado? Con ese número de la clínica tachado, como una tarjeta de visita improvisada...
Maggie frunció el ceño. Tensó los hombros. Ya veía por dónde iba, y le gustaba tanto como le gustaría una colonoscopia practicada por Freddy Krueger.
—Antes trabajaba con mucha gente peligrosa, Maggie.
—Yo también trabajo con gente peligrosa. Y lo que estás insinuando... —negó con la cabeza—. ¿Crees que he acabado por casualidad siguiendo la pista de un asesino con el que resulta que mi padre ya tuvo trato?
—Quizá la conexión con tu padre fue lo primero.
¿Y si nuestro sospechoso planeó los asesinatos aquí con la esperanza de que me asignaran el caso y te llamara?
Nuestra relación profesional no es ningún secreto.
Nunca había matado en esta jurisdicción, me llamaron para asesorar hace una semana y ahora ha habido dos ataques aquí en un solo día.
No estaría de más revisar los casos antiguos de tu padre.
Si vio a un antiguo paciente, puede que anotara su número por costumbre, ¿no?
Estaba confuso, como dijiste. Quizá haya algo en sus viejos archivos, alguien que encaje con nuestro perfil.
En el peor de los casos, no encontramos nada y seguimos adelante.
Se quedó boquiabierta. ¿Iba en serio?
Reid levantó las palmas de las manos en una fingida rendición.
—Si le preocupaba lo que Ezra pudiera contarte, debería haber atacado a tu padre mientras estabas en sesión o haber montado alguna otra distracción.
Hasta activar la alarma de incendios de la consulta habría bastado para alejarte del chico antes de que pudiera decir nada.
Y ahora tenemos a dos víctimas atacadas, pero no asesinadas: las dos primeras de su historial que yo sepa.
No soy el único que cree que hay una razón para eso, ¿verdad?
No, no lo era, pero estaba claro que interpretaban los datos de manera distinta.
—Ojalá supiera qué decirte.
Se le escapaba algo, alguna pieza crucial del rompecabezas. Quizá el propio asesino aún estaba puliendo su nuevo modus operandi . Y tardarían más en descifrarlo si se estaba comportando de forma errática.
—Todo esto se parece demasiado a un juego; esos juguetes no eran regalos para los muertos de hoy. Quizá se aburrió de su patrón anterior. Le dio un subidón dejar vivo al niño y decidió probar otra vez.
Reid asintió.
—Sí, le pone ir un paso por delante de nosotros. Nada hace las cosas más emocionantes que jugar al gato y al ratón con la policía: provocarnos en nuestras propias casas... en las casas de nuestras familias. Mandaré una unidad para que vigile aquí, igual que están vigilando a Ezra. Por si acaso.
Por si el asesino regresaba. Por si aquel maníaco decidía que quería matarlo.
Desvió la mirada hacia la pantalla del televisor, más allá de los sillones y de los ralos rizos blancos de su padre. Las vetas rojas de su pelo le parecieron de pronto más apagadas, un recordatorio de que nada dura para siempre.
Sí, Reid tenía razón: el asesino se estaba divirtiendo con aquello.
Y tenía a mucha gente a la que provocar.
El chico, sobre todo, y cualquiera que hubiera hablado con él desde aquella mañana.
Seguramente incluirían su casa y la de Owen en las rondas de las patrullas, aunque ninguno de los dos encajaba en el patrón anterior del asesino.
No parecía importar que Ezra no les hubiera contado nada útil.
Ahora al asesino solo le interesaba el juego. El tiempo diría si usaría un hacha en su próximo ataque, pero una cosa era segura: no dejaría la hoja de lado para siempre. No quedaría del todo satisfecho hasta volver a derramar sangre inocente.